Estamos atravesando un momento crítico debido a la mora que tiene Argentina, producto del congelamiento de los fondos que giró el país para abonar los vencimientos del 30 de junio, y que Griesa dispuso que no se permita su uso para pagar.

Como todos sabemos, las frutas de estación tienen un precio que está directamente vinculado con la oferta disponible de las mismas.

En mi caso, esto se aplica particularmente a la sandía. Suelo consumirla abundantemente en verano, y si bien no es barata, me puedo dar ese gusto. Durante el invierno, afrontar su costo resulta prohibitivo, dado que una cosa es que me guste, y otra que, para comprarla, tenga que desembolsar una fortuna.

Resulta curioso pensar qué sucedería si yo fuera el único en mi barrio que poseyera sandías exactamente en el momento en que se conoce que no habrá durante todo el verano. ¿Qué pasaría con el precio?

Simple: va a subir, ¿cuánto? Subirá todo lo que los compradores estén dispuestos a pagar por ella. Estos estarán relativamente menos entusiasmados apagar cualquier precio si apareciera una fruta sustitutiva, supongamos, el melón. En ese caso, es probable que el precio de la sandía siga siendo más elevado que cuando la cosecha es normal y abundan dichas frutas, pero no será desorbitado, porque los consumidores sabrán que si la sandía se encarece demasiado siempre pueden comprar melón, que hay en abundancia y es más barato.

Ahora bien, si en lugar de sandías, lo que tenemos son dólares, podemos intentar pensar qué pasaría si Argentina entra en cesación de pagos. Sería algo así como recibir la noticia de la magra cosecha de sandías, ya que nos veríamos imposibilitados de acceder con fluidez al mercado de crédito internacional.

Esa falta de dólares, en perspectiva a futuro, elevaría su precio en el presente, primero presionando sobre el dólar ilegal y, luego, el oficial. Este último siempre puede restringir la demanda, ya que el cepo limita su acceso, igual que la férrea administración de las importaciones.

Sucede que esto tiene un límite, dado que seguiremos necesitando dólares para afrontar vencimientos y pagar las facturas de energía que importa argentina.

La salida de dólares sin ingreso será como el efecto de la sandía; para que eso no se desmadre, el Estado ofrecerá melones, es decir subirá: la tasa de interés. Este mecanismo podrá funcionar pero el costo será el del encarecimiento de los créditos al consumo, ralentizando aún más la demanda de bienes durables; y, por otro lado, elevará el costo del capital para invertir. Esto, junto con el desaliento de una demanda débil, seguirá brillando por su ausencia. Lo que sigue sería ver cómo se resiente el nivel de empleo.

Otro camino posible es que nos convenzamos de que la sandía estará antes de lo previsto entre nosotros, porque va a aparecer de algún lado, y, por lo tanto, nadie esté dispuesto a pagar demasiado por ella. Esto, en el mercado de cambios sucedería si la señal por parte del Poder Ejecutivo fuera clara en cuanto a los plazos necesarios para volver a recuperar crédito internacional, que hoy no tenemos, y que necesitamos para que no se evaporen nuestras reservas.

También nos pueden tratar de convencer de que las sandías no son ricas y que comamos alguna fruta mas autóctona, por ejemplo, limones, ya que somos líderes mundiales en su producción. Eso sería como volver a confiar en el peso, lo cual es altamente deseable, sólo que luce poco probable.

Finalmente, siempre esta el recurso de suponer que quienes analizan el curso de los hechos (aun desde su propia subjetividad) son los responsables de las consecuencias de los actos de gobierno. Pero ese sí seria el argumento económico de un verdulero, ¿o no?