Durante estos días, los argentinos hemos podido asistir a un espectáculo de la política nacional, la discusión sobre los alcances de la ley ómnibus con la que el Gobierno nacional quiere desregular la economía.
Las situaciones que se pueden observar en la sesión de comisiones dan, en ciertos momentos, vergüenza ajena y mucho que pensar sobre cómo llegaron algunos representantes a ocupar una banca en el Congreso. Principalmente, porque estas vidrieras que se montan no le sirven a nadie si todo es un fogueo de chicanas sobre lo que el otro hizo cuando era oficialismo -o no hizo-.
No ayuda al Gobierno que quiere avanzar o al menos convencer a los que dudan, no ayuda tampoco a sectores de la oposición que han asumido su rol de control, pero terminan haciendo –en ciertos casos- el ridículo. Hay quien aplaude que se haya hecho trabajar a los legisladores nacionales en verano, pero esto implica tener la vara muy baja.
En estas horas se han escuchado argumentos malos, que apuntan más a generar videos cortos pero de impacto en las redes sociales. Los cambios que se han enviado al Congreso afectarán la vida de los argentinos hasta en lo más sensible.
Como en toda discusión legislativa, se pueden esperar tanto los cuestionamientos como el rechazo, pero no una discusión de vuelo bajo. Y, ojo, también el Ejecutivo nacional tiene que esforzarse aún más por lograr el consenso, ya que no basta con simplemente apagar el micrófono de aquellos que no piensan como uno.
