Nicolás Maduro y Miguel Díaz-Canel, los líderes autoritarios de Venezuela y Cuba, respectivamente.

De aquel sueño encantador que proponía Néstor Kirchner, allá por el 2003, a la realidad de un gobierno que va de desvarío en desvarío, no queda absolutamente nada. Al kirchnerismo se lo comió su propio relato.

Fue tal el enamoramiento de las palabras, que ese mismo discurso terminó de romper la idea de reivindicar la política luego de la crisis de finales del 2001.

El kirchnerismo, ahora representado por la dupla Fernández-Fernández, se convirtió en todo aquello que se propuso combatir. Y de las banderas que supo levantar, ya ninguna puede sostenerse en los hechos.

De todas, la que más rápidamente se derrumbó fue la de la lucha a favor de los derechos humanos. Fue mera retórica. No más que eso. Y rompió las ilusiones que se generaron esos primeros años.

A las desapariciones y los homicidios cometidos al calor del discurso violento y represivo desde el Estado durante la pandemia, se sumó el apoyo incondicional a las dictaduras más perversas de la región y el coqueteo con los fundamentalismos de todo el mundo. Es una afrenta a la democracia y un discurso que no tienen nada que ver con la historia que había comenzado a escribirse en Argentina a partir de 1983.

En plena crisis económica y social, el oficialismo decidió apostar por la paradoja de denunciar abusos en el país que gobierna; intenta callar a la oposición y evitar que se investiguen los casos de corrupción. Y dejó en claro que de ese sueño ya no queda nada.