Las redes sociales pueden ser herramientas fabulosas para advertir sobre riesgos, realizar campañas solidarias o hasta, simplemente, divertirse de la manera más sana.  Ni hablar de que ya en esta etapa de pospandemia han consolidado su presencia para trabajar y estudiar. 

Por allí como usuarios vertemos mucha información sobre nuestra vida privada y a menudo no sabemos qué puede ocurrir con todo eso: si alguien desconocido, en otro país o en la misma provincia, puede estar utilizando esas fotos o videos para cualquier otra situación e intereses.

Es un cono oscuro sobre la información en el que se ubican riesgos impensados. Uno de ellos es el que conforman las redes de pedofilia, que tienen la capacidad para secuestrar las imágenes y darles una finalidad ilícita. Aunque a veces esas fotos que se compartan no sean explícitas, operan de la misma forma. Más allá del espanto que puede generar este tipo de situaciones, el miedo no sirve para luchar contra ellas. 

Por el contrario, de lo que se trata es de estar atentos a estas ocasiones de peligro potencial, porque incentivan el intercambio de material de abuso de menores.

Quitarle el teléfono a un chico para que no se saque fotos y las muestre en las redes, a esta altura, ya resulta inútil. Que los niños o adolescentes reconozcan este tipo de situaciones a las que pueden enfrentarse en las plataformas es la alternativa. Que tengan criterio para que eviten experiencias indeseadas y estén advertidos de que  otros buscan comerciar con sus posteos o provocar acercamientos delictivos.