Es una semana especial para la política argentina, puesto que el domingo se vota en las PASO y millones de ciudadanos irán, en algunos casos movilizados por los aparatos políticos, a sufragar. Sea como fuere, por estos días se cierran las campañas, hay mucho fervor, bastante expectativa –dependiendo de la fuerza–, también hay más de un nervioso, y bastante cotillón. Se alquilan estadios, se montan escenarios y se llevan, de un lado a otro, militantes y no tanto con el bombo. Hay discursos fuertes, de trinchera, negadores de la realidad o que prometen hasta lo imposible fiscalmente porque se está lejos del poder. En medio del descontento social se busca contagiar alegría pero, por fuera de los discursos, lo cierto es que lo que predomina es el descontento y la apatía generalizada. En tanto, por lo bajo, preocupa que disminuyan los niveles de presentismo ante las urnas. Los resultados, más allá de quien resulte ganador –es el filtro para llegar a las elecciones generales, pese a todo–, deben contemplar también este mensaje: los argentinos están cansados del circo, que se retroalimenta cada dos años, sin que los problemas estructurales se resuelvan sino que, por el contrario, se profundicen.
Cansados del circo
