Dios te bendiga, le dijeron. Este mal consuelo era porque muchos tenían la certeza de que no se salvaba. Quién iba a prever que la salida al dique, quizás, dejaría tantos sueños a la mitad para el Hernán. Su mamá le tocó la cabeza por última vez mientras la camilla pegaba en las puertas vaivén de terapia. Entró al quirófano y los médicos tenían escasos minutos para cortar semejante infección. Empezaba en su pierna izquierda y estaba por llegarle al corazón. –Se salva. Este pibe es fuerte, es fuerte de alma, y lo voy a sacar de puro huevo–, lanzó el médico furioso detrás del barbijo. Justo ahí, el Hernán empezó a soñar de nuevo.
Mucho más deformado, pero con las palabras exactas, llegaron las imágenes de la última vez que fue al club, donde el viejo Sosa, maldito en sus palabras, le derrumbó todas las ilusiones. –Mirá, nene, esto es fácil. Hay personas que están hechas en la vida para algo. Unos son buenos estafando, por ejemplo. A mí, Dios me dio la virtud de ver y elegir talentos en la cancha. Otros cantan bien, otros son lindos nomás, no hacen nada y les va bien. Como las minas de la tele, ¿entendés? Seguramente vos algo bueno debés tener pero, para jugar a la pelota, no vas. Buscá otra cosa para hacer en la vida, porque como futbolista no vas a llegar a nada. No va, nene. El Hernán odiaba esa breve palabra. Los grandes suelen usarla así, medio despectivamente. Nene esto, nene lo otro.
Y al Hernán le daba por las bolas que le dijeran nene, si ya tenía 17 años y más ganas de jugar a la pelota que nadie en el mundo. No era virtuoso, es cierto. Era rápido, muy rápido, pero torpe. Entonces, si ganaba una pelota no pasaban tres o cuatro segundos que se la quitaban de un suspiro. Una vez, metió un pique estupendo por el lateral, el Peño vio el hueco y se la dio a los pies. Quedó solo con el arquero y le pegó tan feo que la mandó al lateral. –Yo que vos, Hernancito, me dedicaría a ayudarle a tu viejo en la verdulería un poco más. No sólo que vayas a la feria a la mañana.
O qué sé yo, probá con otro deporte, vos sos muy rápido nene, por ahí quizás sobresalís en el básquet o en el rugby, que usan más la fuerza. ¿No te gusta el rugby, nene? Fue ahí cuando el Hernán miró para la calle y entendió que ya no volvería a pisar el club. El maldito viejo Sosa fue crudo y destructivo. Y esta charla del sueño se repetía igual a la de la realidad.
Solamente que ahora al Hernán lo pasaban a buscar en una lancha, que venía con dos de sus amigos. –Dale, Hernán, subite, boludo. Dale que nos vamos a pescar–, le dijo el Martín. La lancha era amarilla y roja y atrás iban dos rubias barbies y una morocha tan bella como pulposa. Esta escena se potenció en la camilla de terapia.
–Escuchame, ¿compraste el asado?–, lo increpó el gordo Diego apenas se subió a la lancha. –¿Pero no nos vamos a pescar? Hola, chicas… –Sí, ¿y? –¿Y no nos vamos a comer los pescados? –Ni en pedo, la pesca es un arte, hermano, ¿cierto, chicas? Además, lo lindo es hacer el asadito ahí al lado del lago, hermano. Hernán, yo entiendo que a vos te gusta el fútbol, pero las salidas dejámelas a mí. Además, qué pescados, si nunca pescamos un carajo ¿Che, y qué te dijo el viejo agreta del Sosa? –Me dijo que le ayude a mi viejo más en la verdulería. Que no me iba a tener en cuenta para esta pretemporada, que el fútbol no era lo mío. No sé… ¿vos qué decís, Gordo? –Que el viejo ese no sabe nada de la vida.
No te hagas drama, Hernán, nos vamos a pescar con las chicas y te olvidás hasta el lunes de todo. De todo, hermano. Cuando quiso mirar para atrás, ya las chicas no estaban y ya no iban en una lancha, sino en una banana inflable, de esas que se usan en la playa y en las que varios ñatos se suben como si montaran a pelo a un caballo. Cuando se cayó al agua, vino el golpe del electroshock y su corazón volvió a latir. Se estaba por morir y ni soñó con luces blancas, ni con cielos que lo convocaban para que se fuese para arriba.
Ni soñó con su abuelo, al que tanto quiso siempre. Clínicamente, el Hernán había tenido un paro cardíaco, pero en pocas horas se estabilizó y, en definitiva, se salvó. Ese mediodía, tratando de desenredar la tanza lo había picado una víbora de nombre difícil. El Gordo Diego y el Martín lo subieron a la Chevy sin perder tiempo, dejaron todo tirado, el asado a medio hacer, los ferné bien llenos. Nada les importó más que su amigo. Esa mañana no habían rubias, ni estaba la morena pulposa, sólo un aguaribay que les daba una sombra generosa junto al dique.
Llegó pálido al hospital, pero se salvó. En una semana ya tenía el alta y le aconsejaron usar muletas, porque el dolor que tenía en su pierna izquierda era tremendo. –Che, cuando estaba internado, un día soñé que me pasaban a buscar por el club en una lancha, con tres minas para ir a pescar como fuimos a pescar. –¿Pero te internaron o te drogaron? –Y viste como son los sueños. Deseos reprimidos. La Chevy era una lancha y las minas lo que siempre añoramos los tres. La morocha era para mí, las rubias para ustedes. –¿Estaban buenas? –Estaban más buenas que faltar a la escuela.
–No la pasaste mal en terapia, hermano. Ojalá a mí me pique una víbora todos los días para soñar con esas minas aunque sea. El Hernán sonrió porque volvió a escuchar como siempre que el Gordo Diego le decía hermano. Ya estaba todo bien, sólo un susto que jamás imaginó. Qué carajo iba a pensar que una víbora le cambiaría la vida.
Tres meses pasaron y el Hernán sólo hacía jueguitos en el fondo de la casa y, ahora, curiosamente la pelota jamás se le caía de la zurda, que ya no dolía. Armó el bolsito prolijo y se fue a probar al Atlético Argentino. Preguntó por Aroldo Cortenova y le pidió una oportunidad.
¡Y cómo don Aroldo no se la iba a dar! Cuentan que a partir de ese día algo cambió. Algo en el alma del Hernán y en el corazón de San José. El pibe de 18 años pidió la pelota cuando lo bajaron poco antes de la medialuna del área. La acomodó dos veces con sus manos. Y le dio con la parte de adentro del empeine, algo suave pero preciso. La rosca de la pelota fue tremenda y se clavó justo abajo del travesaño.
Un título más de campeones para el Boli, gracias al Hernán. Fue de zurda y llena de veneno.
