A menos de 24 horas de despedir a su padre en la Bombonera, Ignacio Russo, delantero de Tigre e hijo de Miguel Ángel Russo, transformó el dolor en homenaje. Viajó a Rosario para jugar ante Newell’s, pese a que tenía la posibilidad de ausentarse, y le rindió el tributo más sentido que un futbolista puede ofrecer: un gol cargado de lágrimas, memoria y amor.

Si no juego, se levanta y me caga a puteadas, había dicho Nacho antes del encuentro, dejando entrever la fuerza que lo impulsaba a estar en la cancha. Durante el minuto de silencio en honor a su padre —dispuesto por la AFA en todos los partidos del fin de semana— no pudo contener la emoción: rompió en llanto mientras miraba al cielo, acompañado por el aplauso general y el abrazo de sus compañeros. También tuvo un encuentro emotivo con Cristian “Ogro” Fabbiani, entrenador de Newell’s, quien había despedido a Miguel Ángel con un mensaje afectuoso en redes sociales.

El momento más conmovedor llegó a los 21 minutos del primer tiempo. José David Romero desbordó por izquierda, arrastró marcas y asistió a Nacho, que entraba solo por derecha. Definición simple, corazón desbordado. Gol. El delantero se arrodilló en el césped y lloró, rodeado por todo el plantel de Tigre.

Después, miró a cámara y mostró un tatuaje grabado en sus costillas: “Todo se cura con amor”, una de las frases más recordadas de su padre, pronunciada en 2018 cuando Miguel Ángel superaba su tratamiento contra el cáncer. Luego besó el brazalete negro en señal de luto.

Fue un gesto que trascendió el fútbol. En ese instante, el homenaje de un hijo a su padre se volvió símbolo de toda una carrera marcada por la templanza, la fe y la enseñanza. Miguel Ángel Russo partió dejando una huella imborrable; Nacho la honró del modo más genuino posible: jugando y amando este deporte como él le enseñó.