Tal vez hemos comenzado a transitar la parte final del camino de la descolonización de nuestros pensamientos, etapa que iniciamos en 1983 al entrar nuevamente a nuestra vida constitucional. Antes, por cualquier motivo, nos decían que era tremendo para la vida del país y un golpe militar interrumpía la vida constitucional.

    Así, desde 1983, hemos aprendido:
– Que la dictadura que terminó en 1982 dejó un país hipotecado.
– Que con la democracia “no se come ni se levantan las cortinas de las fábricas”. La democracia es un medio y no un fin.
– Que la “revolución productiva y el salariazo” no sólo se declama, sino que hay que realizarlo con idoneidad, voluntad, sentido común y, tal vez a sí, se pueda “alcanzar el primer mundo”.
– Que por más que se compliquen las cosas, como en el 2001, aplicando la Constitución se van solucionando los problemas a medida que se producen, sin necesidad de ningún mesiánico ni golpe de Estado. Luego hubo un pequeño período de varios dirigentes en el Gobierno, que con la misma estrategia de mentiras fueron ganando tiempo.

    Y llegamos al 2003. Tal vez, en estos años de vida constitucional en nuestra nueva educación democrática se haya agudizado la “conciencia crítica patriota” y, además, hayamos comprendido que la violencia, la intransigencia, la verdad absoluta o el autoritarismo tienen que desaparecer. En el 2003 se comenzó a plasmar un plan de crecimiento denominado “Modelo K,” que para muchos es irrefrenable y llevará al país al desarrollo sustentable.

   Para otros nos llevará a un punto muerto. No obstante, pase lo uno o lo otro, tal vez nos lleve a seguir construyendo esa nueva cultura donde nos despojaremos de los convencimientos de la politiquería; estamos experimentando lo que la mayoría quiere. Sólo es preciso que aceptemos las voces disidentes, continuando la vida democrática.