Hace casi 30 años que venimos caminando por la senda de la democracia y hemos visto que se puede cambiar un gobierno que no guste, por otro, por medio del voto. Además, los grandes conflictos institucionales se pueden solucionar pacíficamente, aplicando la Constitución (como en el 2001). Por eso, siendo el pueblo el actor permanente, la legalidad se afirma. Así, la democracia nos está enseñando, aunque lentamente, que si no se crean las condiciones espirituales y políticas que nos lleven a un verdadero estado de concordia, seguiremos en el caos, el odio y el estancamiento. Sólo nos falta una revolución mental, ya que venimos viendo que, si continuamos con las estructuras económicas tradicionales, llegaremos a los mismos fracasos de siempre. También se aprecia que con sólo la estructura agroexportadora (hoy se depende, sobre todo, de la soja) solamente se consigue un cierto progreso, pero se vuelve a la disminución de las reservas, al crédito internacional cuestionado, la inflación que sube, los servicios públicos desmantelados, una cierta desindustrialización y una desocupación en aumento. Por eso, entendiendo que el pasado no justifica el presente, simplemente explica por qué también en ese tema se ha tocado fondo. Percibiremos que si se incrementa solamente la producción agraria, es depender de los mercados exteriores y del buen o mal tiempo climático. Necesitamos una economía integral, que explote todos nuestros recursos naturales e industriales. En otras palabras: hoy sólo nos falta entender que no tenemos otra salida que el desarrollo en democracia.
