Frente a casos como el homicidio de la señora Laura en Godoy Cruz, es llamativo cómo la sociedad dice presente, se levanta y produce un verdadero revuelo en toda la clase política dirigente. Hay que aplaudir estos aspectos que hacen que el cuerpo social goce todavía de cierta salud. Ahora bien, desde hace años que se producen innumerables homicidios, tanto o más aberrantes que el que hoy ocupa la atención de todos, y no captan la misma atención. Parecería que reaccionamos frente al homicidio de una persona de clase media.
Otros homicidios nos pueden llamar la atención pero la repugnancia, la paranoia y el hartazgo no se producen cuando el muerto es el habitante de una villa. El mismo día que mataron a la señora Laura asesinaron y dejaron tirado en la guardia del Hospital Central a otro joven pero nadie lo advirtió y si lo advertimos, no reaccionamos. Hoy mismo (24 de abril) las noticias daban cuenta de un doble homicidio en el barrio Lihué.
Y así todos los días. Nuestros representantes, cuando hay un hecho aberrante como el de la señora Laura o el de Rasjido, reaccionan, participan en patéticas escenas en las que no faltan lágrimas, insultos y propuestas demagógicas e irresponsables que necesariamente se hacen ante la ausencia de políticas serias, pero cuando matan a un habitante de nuestras favelas se apuran a atribuirlo a un ajuste de cuentas, y percibo que nosotros nos lo creemos y llegamos a pensar “mejor, así se matan entre ellos”.
Por ahí, si hubiésemos reaccionado ante el primer homicidio en el barrio Lihué, si reclamáramos el esclarecimiento de cualquier crimen que a diario se comete desde hace años en la provincia en los barrios bajos, si no nos hubiésemos conformado con pensar que todas esas víctimas eran peligrosos delincuentes que se mataban entre ellos, quizás hoy no estaríamos lamentando la muerte de una persona como nosotros, de clase media.
