Una amiga hace un par de días me comentó o, mejor dicho, me hizo acordar, de la sensación que tenía ella –y que compartía con la mayoría de la gente de su entorno- hace unos meses, antes de que empezara el Mundial. Falta de espíritu, así lo llamaba la mayor parte de las personas con las que se cruzaba. Es cierto, yo también recuerdo haber tenido una especie de sentimiento anodino, nada entusiasmaba.
ꟷChe, no estoy emocionada con el Mundial. No sé, será que el otro fue en diciembre… hacía calor… no veo clima de emoción, ni nada. No sé ꟷ Eran frases que se solían escuchar. De pronto apareció una publicidad de Quilmes donde Ginóbili embocaba un maní en un vaso de cerveza y festejaban Charly, el mozo, Di María… luego trascendió que Manu embocó de una, salió en la primera toma, contaron quienes habían filmado. Ahora nos volvimos a ilusionar… empezaron, tímidamente a aparecer canciones que ocuparan el lugar de Muchachos. Difícil, muy difícil. Ya nos habíamos despertado, unos años atrás, en medio de la madrugada y en la cabeza sonaba “con don Diego y con la Tota…”. Era casi imposible tratar de recrear todo eso. Apareció el Bombón argentino, y Los Palmeras sonaban, sobre todo después de que en el amistoso con Honduras hubieran sonado algunos acordes antes del Himno. Una semana después, La cuarta estrella, de Palmito empezaba a ocupar el aire. No sabíamos quién la cantaba, decíamos “la de Gilda versión Mundial”. Por Malvinas, por el Diego, por la última de Leo… la discusión de por qué decía bicampeón si en realidad, sería la cuarta, “pero serían dos campeonatos seguidos” era la respuesta que servía de explicación. La IA hizo que la letra mundialera sonara con la voz de Gilda. Después las vidrieras de los negocios de ropa se empezaron a llenar de celeste y blanco. Las bufandas que nos poníamos en los días de más frío de julio replicaban los colores. Y hacía frío, mucho frío pero había sol y la gente en la calle tenía la sonrisa fácil. Después del partido contra Egipto salió otra canción, una versión de Astros, de Ciro y los persas, hecha por un payador y su hija, “Quiero volver a robarle un gol al ladrón”, decía la nueva letra. Se miraban todos los partidos, no sólo los nuestros, aprendimos a entender el festejo de Noruega que hacía una especie de remo colectivo al son de un bombo. Armamos menúes diferentes según el pronóstico del tiempo cuando nos juntábamos a ver a la Selección. Los partidos iban pasando, cada vez nos ilusionábamos más. Cábalas, memes, Mirta Legrand enfrentada a la reina de Inglaterra o a Tutankamón. ¿Dónde viste el partido anterior? ¡Andá al mismo lugar a verlo! Bromas acerca de tener un desfibrilador cerca, consejos médicos serios: tomar bastante líquido, comida liviana, poca sal… Cada tanto volvía a sonar Muchachos en la cabeza, se mezclaban las canciones, se unían las emociones. Hasta algunos comparaban si estaban más o menos apasionados que en el Mundial anterior. Al final, jugamos los ocho partidos, fase de grupos, eliminatorias y la Final.
Y Malvinas, siempre, en las canciones, la del 22, las del 26, en la bandera ingresada vaya a saber cómo.
Las emociones no se pueden explicar, porque no vas a entender…
Quizá ser argentino sea esto, prestar atención a lo que sentimos –hay que tener en cuenta que somos el país más psicoanalizado del mundo-, comentar si pensábamos que íbamos a tener más entusiasmo, encontrarnos que, apenas unas semanas después nos abrazamos con desconocidos. Contradicciones, alegría, dolor, sensaciones encontradas, agradecimiento, paranoia, apasionamiento…y podríamos seguir enumerando sustantivos abstractos por dos páginas más. En algún momento del sube y baja de emociones habremos escuchado o habremos dicho: ¡Qué suerte ser argentinos! Suscribo.
