Foto: Gemini

Nunca había tenido habilidad con las manos. De hecho, era más bien torpe. Desde chica, cuando Juliana levantaba algo frágil, la mamá corría a quitárselo de las manos para evitar roturas. “Tiene dedos de manteca”, decía la madre. Vaya a saber por qué extraña razón después de que se fue de su casa natal, Juliana se convirtió en una mujer a la que se le daban bien las actividades manuales. Pinterest era su red social de cabecera.

Trabajaba mucho. Organizada, pasaba las siete horas y media de su jornada en el banco con orden, serenidad y buen humor.  “Tuvo suerte en conseguir ese empleo”, explicaba la madre cuando comentaba que la habían contratado porque había sido el segundo mejor promedio en la secundaria. “La mejor alumna quiso ser médica y claro, desechó el trabajo de bancaria, lógico. Tuvo suerte Juliana, ¿qué iba a conseguir sino?”. Cuando pasaron nueve o diez años, ya tenía bastante dinero ahorrado así que buscó un departamento y se fue a vivir sola. Segundo piso por escalera, a unas quince cuadras del banco Macro, ese en el que había conseguido entrar porque su compañera se había inclinado por la medicina. “¿Se habrá recibido?” pensaba a veces, no la había vuelto a ver. Se levantaba temprano, la alarma le sonaba a las 7:11, le gustaban los números impares. Preparaba el café en la cafetera eléctrica, y lo dejaba filtrando mientras se iba a duchar. Al salir se ponía crema para rulos en el pelo y se dejaba secar natural. Ese, fue un cambio de los últimos años, antes siempre llevaba el cabello recogido en una colita baja, sino se veía desprolijo.  Para las ocho menos diez ya estaba cambiada, lista para desayunar. Siempre lo mismo, un café con apenas de leche, una tostada de pan de semillas, media palta, un huevo. Mientras desayunaba miraba Instagram y se quedaba prestando atención a los reels de decoración de platos que incluían flores o animalitos de porcelana; lo que le gustaba, más tarde lo buscaba en Pinterest como para tener más detalles. Después regaba la albahaca que tenía plantada en una maceta en el balcón y una suculenta que le había regalado una compañera del banco, “malamadre se llama”, le había contado. Tiene unas hojas carnosas y en el borde le salen una especie de rositas. En realidad son plantitas nuevas, la planta grande las deja caer y crecen solas por ahí, donde encuentran algo de tierra. Por eso se llama malamadre, las deja caer, no las cuida. Juliana regaba todo, aunque esas plantitas chiquitas le invadieran la maceta del romero, la de la albahaca y la de los tomatitos cherry. “No me da arrancarla” pensaba, “en todo caso la trasplanto”. Después de la tarea botánica, limpiaba la mesa, lavaba la taza y el plato de la tostada, pasaba antigrasa en la mesada con rollo de cocina y ponía el lavarropas con las prendas del día anterior, al volver del banco lo extendería en el tender. Después doblaba bien prolija la ropa que ya estaba seca de anoche. La guardaba, la ropa interior en el cajón de la mesita de luz, las remeras, en el estante del placard, los pantalones a la percha y, si había algún vestido,  entonces ponía la plancha y lo “frenteaba” le pasaba un poquito de plancha por adelante, que se viera más prolijo. Para las nueve menos diez ya tenía todo listo, hasta había pasado el escobillón por el comedor y  había extendido la cama. El baño lo había repasado ya al ducharse. Iba caminando al banco. Esas cuadras las hacía en menos de quince minutos así que un rato antes de las 9:45 ya estaba en su puesto de trabajo. En una época había estado en atención al público, no le gustaba, la ponía nerviosa, a veces la gente se quejaba, o porque le parecía mucha la espera o porque la jubilación que cobraba era muy magra o porque los impuestos eran altos. No sabía lidiar con eso, hacía ya tiempo que estaba en canales digitales. Su trabajo era soporte y mejora de home banking, apps móviles y pagos con QR. Casi de casualidad se fue especializando en áreas cada vez con más peso. Era ella la que capacitaba a cada persona nueva que entraba al sector. Estaba haciendo carrera y Juliana no se daba cuenta, hacía cursos, sabía cada vez más de temas candentes, pero cada tanto recordaba que estaba en el banco Macro porque su compañera, la de mejor promedio, había elegido Medicina y por eso ella estaba allí. ¿Qué habría hecho sino? Nunca se había preguntado qué le gustaba, simplemente aceptó ese empleo que había recibido como suplente. Un martes, como todos los martes, al salir del trabajo fue a comprar a la carnicería pero de camino pasó por la puerta de una librería artística en la que ofrecían talleres. Porcelana fría principiantes y avanzados. Dejó para otro día la carnicería y entró. Martes y jueves de tarde, “las chicas van llegando a las cinco, la profe está desde más temprano, si comprás los materiales aquí te podés quedar hasta que cerramos inclusive” le dijo el muchacho que atendía. Ya se quedó esa misma tarde, “como un sanguchito de cena y listo” se dijo. Juliana estaba encantada con esa actividad, hacía fuentes, platos decorados para adornar las paredes y hasta alguno para servir alguna cosa especial, sólo había que tener cuidado al lavar pero, justamente por eso, se podía usar en pocas ocasiones.

Para el cumpleaños de sesenta de su madre, le pidió a Juliana que le hiciera la torta y que se la presentara en una bandeja redonda, decorada con flores de porcelana fría. “Ya que ahora hacés esas cosas tan lindas, dedicale algo a tu madre”, le pidió. El día del cumpleaños Juliana llegó con la torta que había mandado a hacer, bien linda y decorada en la gama de colores que le gustaban a su madre y que hacían juego con ese plato especial que ella misma había hecho en el taller de los martes y los jueves. Cuando la abrió para servirla, después de la cena, la madre miró la presentación y le dijo que estaba encantada, que era un trabajo precioso, que la torta estaba hermosa. Después le dijo que se recogiera el pelo, que podrían quedar pegados en la torta, tanto rulo suelto. Juliana, se llevó el cabello hacia atrás, sin poner broche ni colita. Cuando se acercaba a la mesa, la bandeja redonda se desplazó de las manos un poco transpiradas de Juliana y todo -torta y bandeja- terminó en el suelo. “Siempre tuviste dedos de manteca”, dijo la madre al tiempo que le acercó una bandita elástica negra  con la que, finalmente, Juliana se recogió el pelo en una colita baja.