Diarios de escritores, diarios de hazañas, diarios que registran acontecimientos históricos, diarios de la infancia. El ser humano descubrió hace ya muchos años que la vida era más interesante, y menos solitaria, si se hacía el hábito de volcar sus experiencias, reflexiones y sentimientos sobre papel. Y aunque la historia fue facilitando tantos otros modos de comunicación, cada vez más universales y accesibles, lo cierto es que nada reemplazó este ritual antiguo de la pluma.
No falta quien señale que hoy es posible perpetuar el mismo hábito en archivos de computadora, y sin duda muchos ya lo hacen. Pero los diaristas avezados se niegan a hacer el traspaso, seguros de que algo de la magia de ese instante confesional se perdería al sacrificar la materialidad del acto: el cuaderno que se abre, ofreciendo una nueva hoja en blanco, la mano que corre, los garabatos que se suceden transformando el papel, las tapas que se cierran y ponen a resguardo la ofrenda íntima y reflexiva.
“Una vida no examinada no vale la pena vivirse”, dicen que dijo Sócrates. Valga la pena o no, lo cierto es que legiones de diaristas han encontrado solaz, intuición, guía y auto-conocimiento a través de esta práctica tan simple en apariencia. Tanto es así que cada vez más profesores recomiendan esta actividad como complemento a cualquier proceso de aprendizaje.
¿Por qué resulta valioso escribirse a sí mismo? Por empezar, porque este simple acto promueve un diálogo interno, aún cuando quien escriba pueda estar imaginando que le escribe a un tercero, o incluso a la posteridad. Este diálogo permite percibir cambios, patrones, tendencias y maneras de reaccionar ante los acontecimientos que resultan iluminadores. Releer viejos diarios es acaso la mejor manera de tomar nota del crecimiento, o la falta de él, en el tiempo transcurrido, y de reencontrarse con quien uno ha sido.
Los psicólogos también hicieron su parte, y afirmaron a través de diversos estudios la relación entre llevar un diario íntimo y una mejora en la función inmune, reducción del estrés y mayor bienestar general. Incluso se correlacionó con una mejor adaptación curricular en estudiantes universitarios, y en una prueba piloto con profesionales, a los que se les pidió que escribieran acerca de su quehacer cotidiano, se constató en todos los casos un desempeño optimizado.
Por supuesto, para lograr estos beneficios no alcanza con apenas registrar los acontecimientos del día con paciencia de notario. Las experiencias más ricas sobrevienen en el diarista que piensa, se emociona, ríe y llora entre las páginas de su cuaderno, que pinta y dibuja si así lo mueve el espíritu, o pega imágenes recortadas que resultan evocativas, que consigna sueños, y pide y promete cosas, y da rienda suelta a su alma para que se muestre en toda su humana magnitud.
El diario de Frida Kahlo, la tempestuosa artista mexicana, es un buen ejemplo de esa soltura con la pluma y el pincel que engendró un registro tan colorido, tortuoso y apasionado como ella misma.
Pero acaso no hubo una instancia más clara de la riqueza de este medio como la de Carl Gustav Jung, el famoso psiquiatra suizo, y su Libro rojo, recientemente publicado en español. No fue una obra fácil de escribir para Jung, ni lo es hoy para el mundo decodificarla, pero ese inspirado viaje a las honduras del alma fue para el psiquiatra la llave que abrió la puerta a toda su obra posterior, y su legado al mundo. Y sólo ocurrió porque él pudo permitirse, en la más recóndita intimidad, ese diálogo sin tregua consigo mismo.
También han tenido peso histórico los diarios que dejaron testimonio de hechos impactantes o estremecedores. El de Ana Frank, acaso el diario más famoso, mostró el mundo una de las épocas más oscuras que haya vivido la humanidad a través de los frescos ojos de una niña de 13 años. Ella misma consignó entre sus páginas, anticipándose al asombro que ese cuaderno despertaría en sucesivas generaciones: “Quién pensaría que el alma de una niña podría albergar tantas cosas”.
Diarios de escritores
Virginia Woolf, Fyodor Dostoievskyi, Franz Kafka, Thomas Mann, Leon Tolstoy. Desde hace más de un siglo, los escritores que escriben diarios personales saben que es muy probable que algún día esos diarios sean publicados. ¿Son confiables esos relatos autobiográficos? Los mismos escritores han dicho en ocasiones que sus diarios son simplemente otra máscara más, otro género de escritura, amén que confesional. Pero, ¿esto los hace menos valiosos?
Basta con repasar algunas reflexiones de diaristas conocidos para entender la importancia que les han otorgado a esas obras en sus vidas.
“Nunca viajo sin mi diario. Uno siempre debe tener algo sensacional para leer en el tren.” Oscar Wilde
“Una ventaja de llevar un diario es que uno se tiene una claridad tranquilizadora respecto de los cambios que constantemente sufre.” Franz Kafka.
“El hábito de escribir para mis ojos solamente es una buena práctica. Afloja los ligamentos.” Virginia Woolf.
“Creo que el problema con los diarios, y la razón por la que la mayoría son tan aburridos, es que cada día vacilamos entre examinar nuestras uñas encarnadas y especular sobre el orden cósmico.” Ann Beattie.
“Si mi médico me dijese que me quedan seis minutos para vivir, no desesperaría. Tipearía un poco más rápido.” Isaac Asimov
Y sobre todo, la declaración de principios de la vehemente Gertrude Stein: “Un diario significa “sí, por supuesto”.”.
Para convertirse en escriba
Hay personas que tienen tiempo para sentarse a escribir cuando sea que la inspiración se presenta, y otras –especialmente mujeres con hijos- que deben robarse algún ratito que quede al final del día. Hay quien siempre está lleno de cosas que decir, y también quien se acuerda de escribir sólo cada tanto. No hay una forma que sirva para todos, pero sí hay algunos consejos que pueden ayudar a iniciar y establecer el hábito.
– Optar por un tema. Hay diarios de viaje, diarios de sueños, diarios de rezos y meditación, diarios de citas (con nombre del autor y de dónde se extrajo cada una), diarios de duelo y sanación (dedicados a recordar u homenajear a un ser querido ausente, a quien se recuerda con poemas e imágenes; especialmente en aniversarios y fechas significativas).
– Hacer el esfuerzo de sentarse escribir a la misma hora cada día, aunque sea por un rato breve. Esta disciplina afianza el hábito al punto de que se lo empieza a extrañar cuando se lo saltea.
– Crear un ritual en torno a la práctica. Elegir un lugar agradable, y acompañar el momento de escribir con una taza de té, o música suave. Hacer una breve meditación o unas respiraciones profundas antes de empezar. Leer una poesía.
– Recordar que no hay una manera equivocada de escribir un diario. Es mejor concentrarse en el fluir de las palabras y no en el texto que resulta. Un diario personal es, por definición, un espacio de desahogo y auto-expresión. Siempre es posible volver y editar un texto si surge la idea de darlo a conocer de alguna forma; el diario es la cantera, la fuente de la que fluyen las imágenes, ideas y pensamientos sin razón ni restricción.
– Si cuesta empezar, recurrir a una pregunta disparadora como “¿qué estás sintiendo en este momento?” La escritora Anais Nin sugería la siguiente: “¿Qué te resulta vívido, cálido o cercano en esta instancia?”. Otra forma es comenzar simplemente, con “Siento…”, “Quiero…”, “Necesito…”.
– No convertir el escribir el diario en una obligación más. Si uno se saltea unos días, semanas o meses, basta con aceptar que el diario personal, como la vida, es imperfecta, y retomar cuando surjan ganas.
– Releer. Cada tantos meses es muy útil volver atrás y releer. Buscar patrones entre el nivel de estrés de cada momento y la salud, o el estado de ánimo. Observar cuando uno suena más feliz, y buscar los hechos u acontecimientos que precedieron esas entradas. Aprender de la propia experiencia, y volver a reflexionar sobre los pensamientos e ideas anteriores desde la persepectiva actual.
– Hacerse amigo de uno mismo. A medida que uno avanza en la escritura va descubriendo cosas de uno mismo que no sabía. Esto despierta curiosidad y ganas de seguir escribiendo, dejando nuevas huellas para explorar más adelante, creando una suerte de alianza entre el consciente e inconsciente. Pronto uno comienza a sentir que se sienta a escribir… a su mejor amigo.
Quizás el mejor aliciente para abrir el cuaderno y dejar correr la tinta sea recordar las palabras del novelista inglés William Makepeace Thackeray: “Hay miles de pensamientos enterrados en una persona que ésta no conoce hasta que toma una lapicera, y escribe.”
