Poco antes de morir, en 1917, el filósofo y psíquico francés Emile Boirac (que había nacido en 1851) publicó un libro titulado “El porvenir de las ciencias psíquicas”, en cuyas páginas propuso un término que se iría divulgando con el tiempo: déja vu. Se trata de esa inexplicable e inatrapable sensación de que algo que parece novedoso ya lo hemos vivido. Dura apenas segundos, no más de 30, y se esfuma. Nos deja con alguna incertidumbre: esto ya lo escuché, aquí ya estuve, a esta persona la conozco, tuve antes esta sensación. Boirac estaba interesado en el estudio de la percepción extrasensorial (eso que solemos llamar intuición, videncia, telepatía, premonición), motivo que lo llevó a internarse en el fenómeno que bautizó de una vez y para siempre.

Sobre el déja vu se han tejido desde entonces diversas explicaciones. Freud veía allí deseos reprimidos, Jung lo vinculaba con emisiones del inconsciente colectivo y para la ciencia neurológica pura y dura es una falla de la memoria (la llama paramnesia), que crea un falso recuerdo. Tenga el origen que tuviese, en estos días del año suele acometerme el déja vu. Y de una cosa estoy seguro: no es un falso recuerdo. Ya escuché una y mil veces los deseos y propósitos que ahora oigo, no me resultan nuevas las urgencias por concretar encuentros antes de que termine el año (los mismos encuentros que postergamos o eludimos durante once meses y medio), reconozco las promesas (en labios de las mismas personas) de abandonar el cigarrillo, adelgazar, iniciar o completar estudios, mudarse, cambiar de trabajo, inaugurar un emprendimiento, y me es familiar el alud de “buenismo” que llega de palabra, a través de imágenes, en textos escritos o en mensajes virtuales. Todos repiten ciertas ideas: tener un año de paz, comprendernos, ser solidarios, vernos como hermanos, volver al espíritu navideño original, etcétera.

El déja vu seguirá en enero, al ver la velocidad con la que se evaporan tantos deseos y buenas intenciones, la voracidad conque tantos vuelven al consumismo apenas suena el gong de las vacaciones, la brevedad de las promesas y la sensación, apenas transcurrido marzo, de que el año será, otra vez, una cuesta a subir que no dará tiempo a ocuparse de lo que importa (eso que no se ve, no se mide en números, en cuotas, en peso ni en pesos), no dará tiempo a cultivar los afectos, a honrar los vínculos, a escuchar las voces internas que claman por ser oídas.

Las fiestas no serán felices porque así lo deseemos. El año no será próspero por una simple declaración. La felicidad es siempre un punto de llegada y no de partida. Una consecuencia y no una intención. Es el resultado de una manera de vivir los valores (no de declamarlos), de estar presente en las relaciones que nos importan, de encontrar sentido en la tarea (rentada o no) a la que nos abocamos, y también es, en perspectiva, fruto del modo en que afrontamos y comprendemos las situaciones dolorosas que nos tocan vivir. Si hay felicidad, ésta se presenta siempre en momentos, algunos muy breves y significativos, como epifanías. Y si hay felicidad, ésta tiene que ver con el año que termina más que con el que se inicia. No se trata del deseo de ser felices en el año próximo, sino de la paz que puede darnos el haberlo sido en momentos del que termina. Felices fiestas quiere decir, en ese caso, misión cumplida. Y se refiere a las misiones que la vida nos fue proponiendo a través de diferentes situaciones en las que, como hilo conductor, el otro siempre jugaba un papel. El otro, el prójimo, el semejante.

El déja vu, me doy cuenta, es sobre un éxodo masivo. La fuga hacia adelante, la desesperación por dejar atrás (por vía del consumo, de la sucesión de encuentros forzados y fatigosos, del proyecto obsesivamente propuesto) un año más. Dejarlo atrás como si no hubiera existido. Borrón y cuenta nueva. A concentrarse en lo que viene. Allí estará, esta vez sí, la llave de la felicidad. Pero si borramos todo no tendremos recuerdos ni referencias. No habrá aprendizaje. Giraremos siempre en la rueda de la repetición y el olvido. Una mirada consciente y paciente (no a las apuradas) sobre el ciclo que se cierra acaso nos tranquilice, nos aparte un poco de la agitación, nos dispense de hacer tantas promesas y nos permita seguir nuestro camino en calma, sabedores del rumbo elegido y responsables por ese rumbo.

Quizás le debemos más al año viejo de lo que el año nuevo nos debe a nosotros. Y no está de más reconocerlo y agradecerlo. Reconocer, también, que sólo nos acercamos al final de un año, no al final del mundo. Acaso, para que el año próximo el déja vu no vuelva al calor de las mismas promesas y urgencias de siempre, resulte una buena idea ir haciendo a lo largo del año todo aquello que después, por haberlo dejado pasar, tenemos que prometer frenéticamente para el año siguiente. Como decía Einstein, repetir las mismas acciones no produce resultados diferentes. ¿Qué haremos de nuevo de aquí en más? No es necesario responder en este lugar ni en este momento. Quedan doce meses por delante para eso. O el déja vu.