Foto: Gemini

Hace un tiempo en una cuenta de Instagram preguntaban acerca de lugares que ya no existen pero que se siguen nombrando y tomando como referencia para localizar algo. Según donde vivamos -y la edad que tengamos- esas marcas irán cambiando y lo que significa una clara ubicación para unos no quiere decir nada para otros. No se trata de acordarse o no, qué negocio había o quién vivía en un sitio determinado, se trata de que, a veces, algunos lugares quedan cristalizados en la memoria con la misma apariencia, con la misma luz, con los mismos aromas de aquella vez que se fijó como punto clave. Hay quien dice “nos encontramos en  Balbi” y quizá continúe diciendo “¿viste qué bárbaro el chino que pusieron ahí?”.

Hay ocasiones en que recordamos un lugar, hablamos de él pero, en realidad, nos estamos refiriendo a ese sitio en el ’96, no es una cuestión espacial, es también temporal, por eso puede tratarse de una esquina en la que vivimos de pequeños o una pizzería a la que solíamos ir en Mar del Plata, durante las vacaciones. O puede ocurrir de pasar cerca -no exactamente por la puerta- de un lugar en el que vivieron tías o una abuela y pensar que, si caminamos las pocas cuadras que nos separan de esa casa, nos vamos a encontrar con alguna de esas tías ofreciéndonos un mate con un pedacito de pastel de queso recién preparado.  

Tener una brújula, aprender a usarla, poder orientarse más allá de la salida del sol o de las constelaciones, marcó un cambio fundamental para la humanidad. Por eso ya a fines del siglo XV se empezaba a poder navegar con más certezas, menos riesgos de naufragio, con la posibilidad de elegir mejores caminos o rutas alternativas. Saber dónde se está, darse cuenta hacia dónde queremos ir. Marcar nortes para elegir un destino. Hoja de ruta, mapas para establecer un recorrido, el derrotero que nos lleve al lugar deseado. Todas estas frases tienen significado literal pero también están  cargadas de símbolos. Cada palabra ofrece muchas aristas, puede connotar tantas cosas que  nos perdemos en un berenjenal de ideas, sensaciones y objetivos. ¿Querer llegar a un lugar o estar de una determinada manera? Justamente, para no perdernos, necesitamos de referencias, de lugares seguros, de espacios que reconocemos como firmes.  Algo que estuvo allí, de alguna manera sirve para armarnos frente a lo desconocido.

Saber que el sol sale por el este, que eso fue y será siempre así, da cierta tranquilidad.  A pesar de que, ya desde la época de Colón, justo cuando empezaron a usarse la brújula y los portulanos, sepamos que el sol está quietito en el espacio. Los que nos movemos somos nosotros, vamos montados arriba de un planeta que gira a una velocidad de  107.280 km/h a su alrededor. Casi que da mareo de pensarlo.

Por eso siempre las tenemos a mano, son las coordenadas propias frente a la volatilidad de la realidad. Y podemos seguir encontrándonos a la vuelta del Norte, frente al Guipur, cerca del Ekono o ir a los cines del Auchan.