Durante décadas, el dolor fue interpretado como una señal inequívoca de daño físico: si duele, algo está roto. Sin embargo, la neurociencia moderna cambió ese paradigma. Hoy se sabe que muchas personas continúan sintiendo dolor aun cuando los tejidos ya cicatrizaron. En esos casos, el problema puede estar en un sistema nervioso que permanece en estado de alerta.
El dolor persistente —aquel que se mantiene durante más de tres meses— dejó de ser considerado únicamente un síntoma para entenderse como una condición de salud que requiere un abordaje integral. En Argentina, el propio Ministerio de Salud cuenta con pautas específicas para su tratamiento y reconoce la necesidad de una evaluación multidisciplinaria.
Un sistema de alarma demasiado sensible
El sistema nervioso funciona como una enorme red de comunicación. Recibe información desde todo el cuerpo, la procesa y decide si existe una amenaza. Cuando una persona se corta un dedo, se esguinza un tobillo o sufre una contractura, esa alarma es necesaria: protege mientras el tejido sana. Pero en algunas personas, la alarma nunca termina de apagarse.
La neurociencia denomina a este fenómeno sensibilización central: el cerebro y la médula espinal comienzan a interpretar estímulos normales como si fueran peligrosos. El resultado es un dolor real, aunque ya no exista un daño proporcional que lo explique. No significa que el dolor sea “psicológico”. Significa que el sistema de protección se volvió excesivamente eficiente.
El estrés también duele
El estrés crónico modifica el funcionamiento del cerebro y del sistema nervioso autónomo. Cuando el organismo permanece durante semanas o meses en estado de alerta, aumenta la tensión muscular, disminuye la calidad del sueño, empeora la recuperación de los tejidos y se incrementa la sensibilidad al dolor.
Diversas investigaciones muestran que las personas con dolor musculoesquelético persistente presentan alteraciones en la forma en que el organismo modula el dolor frente al estrés, lo que favorece una mayor sensibilidad dolorosa. Por eso no es casual que muchas personas digan: “Cuando estoy estresado, me duele mucho más la espalda”. No es una percepción subjetiva: existe una explicación neurobiológica.
Cuando los músculos trabajan de más
Desde la biomecánica, permanecer muchas horas sentado, utilizar pantallas durante toda la jornada o moverse poco genera patrones repetitivos. Los músculos dejan de alternar tensión y relajación. Entonces aparecen contracturas cervicales, rigidez dorsal, dolor lumbar, sobrecarga de caderas y limitación del movimiento. Con el tiempo, el sistema nervioso interpreta esa rigidez constante como una señal permanente de amenaza. El cuerpo comienza a protegerse incluso cuando ya no lo necesita.
El movimiento también puede ser medicina
Durante años, frente al dolor la recomendación era el reposo. Hoy la evidencia muestra que, salvo situaciones específicas indicadas por un profesional, el movimiento progresivo es uno de los tratamientos más efectivos para el dolor persistente. Moverse mejora la circulación, disminuye la rigidez, estimula la producción de sustancias analgésicas naturales como las endorfinas, reorganiza los circuitos cerebrales relacionados con el dolor y devuelve confianza al cuerpo.
No se trata de entrenar hasta agotarse. Se trata de enseñarle nuevamente al cerebro que moverse es seguro. En este contexto, disciplinas como el yoga terapéutico, el ejercicio consciente, la movilidad articular y el fortalecimiento progresivo ocupan un lugar cada vez más importante dentro del tratamiento interdisciplinario del dolor persistente.
Una realidad que también afecta a los argentinos
Las enfermedades no transmisibles y los factores que favorecen el dolor persistente —como el sedentarismo, el exceso de peso y la inactividad física— representan un desafío creciente para la salud pública argentina. La Encuesta Nacional de Factores de Riesgo del INDEC y el Ministerio de Salud muestra que estos factores siguen siendo altamente prevalentes en la población adulta, aumentando el riesgo de desarrollar dolor musculoesquelético y limitaciones funcionales.
El desafío ya no es solo quitar el dolor
La medicina actual propone una mirada más amplia. Los medicamentos continúan siendo fundamentales en muchos casos y nunca deben suspenderse sin indicación médica. Pero hoy el tratamiento también incluye educación sobre el dolor, ejercicio terapéutico, manejo del estrés, calidad del sueño y recuperación del movimiento. Porque el objetivo ya no es únicamente disminuir el dolor. Es devolverle al cuerpo la capacidad de sentirse seguro otra vez.
