Esa frase es parte de un tango del poeta Enrique Cadícamo y que tiene música de Aníbal Troilo. Se llama “Pa’ que bailen los muchachos” y hace clara referencia al bandoneón mayor de Buenos Aires, Pichuco.
Esta cuestión de darle vida a los instrumentos, de hablarles como si tuvieran sentimientos y emociones no es privativa del tango. Una canción de George Harrison, While My Guitar Gfully Weeps, “Mientras mi guitarra llora dulcemente”, también usa ese recurso. La guitarra lagrimea, el bandoneón se queja y quienes escuchamos nos conmovemos por esos sentimientos que transmite la música.
La cuestión es que hoy, 11 de julio, se celebra el día del bandoneón, en homenaje a Aníbal Carmelo Troilo que nació ese día en 1914. Algunas anécdotas -dentro de las muchas que circulan acerca de su vida- servirán para recordarlo: José Colángelo era pianista, había empezado a tocar desde muy joven. En 1968, con 28 años, llegó el momento de su debut en la orquesta de Troilo. Tocaban en una boite que se llamaba “Relieve” en la calle Diagonal Norte, entre Cerrito y Libertad, en Buenos Aires. Colángelo tenía un carácter afable, bromista. En una de las presentaciones un hombre del público se le acercó y le dijo que antes sonaba mejor, cuando estaba Osvaldo Berlingieri – que era quien lo había precedido en la formación de la orquesta- como pianista. A partir de ese momento Colángelo se volvió triste y sombrío, se deprimió. Troilo lo llamó:
ꟷ ¿Qué le anda pasando? ꟷ le preguntó.
Colángelo le contó lo que había sucedido.
ꟷ ¿Cómo se llamaba ese, el que le dijo eso?
ꟷ No sé el nombre, Maestro.
ꟷ Yo me llamo Troilo y lo elijo en mi orquesta.
A pesar de darle ese respaldo, se dio cuenta de que lo que necesitaba su pianista para dar vuelta esa página, era un espaldarazo del público. A Pichuco se le ocurrió una idea: La Cumparsita duraba menos de tres minutos, le pidió que tocara un solo de piano de unos veinte segundos.
ꟷ ¿Y qué hago?
ꟷ Usted arme algo. Ponga, pibe.
Al tiempo, en una presentación hizo el solo, al terminarlo, la gente lo aplaudió a rabiar. Y después continuó el tango que terminó en una ovación. Pocos años después se presentarían en el Teatro Colón, con la versión extendida por Colángelo, que había vuelto a ser el de siempre.
Otra anécdota cuenta que en 1967 se hizo un recital especial porque la orquesta cumplía treinta años. El evento fue en el Teatro San Martín. Alfredo Alcón fue a verlo y al saludarlo lo llamó “Maestro” a lo que Troilo respondió:
ꟷ No, acá el maestro es usted, estamos en el San Martín, yo aquí soy un simple laburante y vengo a hacer lo mío…
Una historia más. Al final de cada recital, Pichuco solía recitar, decir unas palabras, casi como si estuviera conversando:
Mi barrio era así, así… así…
Es decir, ¡qué sé yo si era así!
Pero yo me lo acuerdo así,
Y luego continuaba:
Alguien dijo una vez
que yo me fui de mi barrio…
¿Cuándo?, pero… ¿cuándo?
¡Si siempre estoy llegando!
Y si una vez me olvidé,
las estrellas de la esquina de la casa de mi vieja
titilando como si fueran manos amigas,
me dijeron: Gordo… gordo, quedate aquí,
quedate aquí.
Después de eso, la última canción -la que esperaba todo el mundo-, sonaba “Quejas de bandoneón”, aunque el instrumento no se quejara porque esa noche, esa noche tocaba él.
