Hubo una primera vez que me cambió la vida para siempre. Fue cuando tenía cinco años y me subí a un pony. Hasta ese momento, creía que era valiente y que podía hacer cualquier cosa que me propusiera. Pero arriba de ese pony alquilado en el bosque de La Plata me sentí mareada y creí que iba a vomitar. Bah, no creí, vomité, pero ya estaba abajo cuando lo hice.
Y no fue culpa del caballo miniatura, no señor. El pobre apenas si avanzaba, del agotamiento que tenía ese domingo concurrido de primavera, mientras una decena de chiquilines insoportables como yo hacían fila y gritaban: “¡Quiero subir al caballitoooooo!”
Más bien fue culpa del vértigo que me provocó sentirme tan libre de repente. ¿Y ahora qué?, calculo que pensé, o eso lo pienso ahora que soy grande, porque en ese momento parece que sólo atiné a gritar: “¡¡¡Bájenme!!!”

A partir de entonces, me di cuenta de que los ritos iniciáticos podían abrir las puertas a mucho más que primeras veces en algo. Podían dar paso, por ejemplo, a conocer las propias limitaciones y entrar en la habitación subterránea de los miedos profundos. O también, a las ganas de salir corriendo de una situación o de un lugar en el que no nos sintiéramos felices. Por ejemplo, la vez que entré en una peluquería a teñir mis primeras canas, me pasó exactamente lo mismo, salvo que maté el malestar estomacal comiendo chicles y caramelos.
Pero fuera como fuera, las primeras veces siempre dejaban la puerta abierta a un camino real: el de elegir por fin un recorrido más o menos viable, o no tan intrincado. Porque así fue como el recuerdo de mi primer paseo en pony me hizo desistir, años más tarde, de aquel loco sueño de convertirme en jocketa.
En serio, te juro que se me cruzó, parece que hubo un tiempo en que me creía Pocahontas. Pero con mi metro setenta y dos de altura adquirido a temprana edad (¿viste lo del famoso “estirón”?) y mis actuales XX kilos (las dos X no son un error de tipeo, son deliberadas), ¿qué futuro podía tener? Quizás, que el caballo corriera carreras sobre mis espaldas. Eso sí que hubiera sido un cuadro vistoso y prometedor…

Ahora que soy madre y ya tuve muchas primeras veces (ni falta que hace ahondar en el asunto), miro a mi hijo y encuentro en él esa fascinación consternada que producen ese tipo de vivencias. Por un lado, la emoción. Por otro, el miedo ante la novedad. Pero en medio, la adrenalina de estar haciendo o presenciando algo absolutamente insospechado. Como aquella tarde en que el primer perro de peluche de su vida se acercó peligrosamente hasta él. Resultado: primero asombro, después inquietud y, por último, llanto a gritos.

O su primera cena, un zapallo hervido, aguado, pisado, sin aceite y sin sal, que él recibió con cara de pocos amigos, pero con la esperanza de que yo incurriera en un descuido para poder meter las dos manos adentro del plato.

Por suerte, el tiempo no pasa al divino botón: Félix comprendió enseguida que había primeras veces a las que se podía disfrutar plenamente, a pesar del susto o de la conmoción. Y así lo hizo.

Aunque, claro, no me puedo olvidar de su primera caída con chichón, cuando todavía no tenía los meses necesarios como para rodar y sin embargo misteriosamente cayó desde mi cama hasta el piso, porque –de pésima madre que soy, nomás- aproveché cinco minutos de su siesta para colgar la ropa en el tender. Qué te cuento: al volver lo encontré desparramado sobre el parquet y me puse a llorar. Llamé al pediatra, a mi mamá, a mi papá, a mis hermanas, a mis suegros y a una amiga para preguntarles qué hacer. Y hubiera llamado al mismísimo Papa (y eso que todavía no era Francisco) para que intercediera por mi perdón por dejarlo ahí solito.
Pero fijate que él simplemente quedó quieto en el suelo, extrañadísimo de haber vivido un vuelo semejante y recién lloró al ver mi expresión de espanto cuando lo levanté. Luego, se empezó a reír a carcajadas, mientras un bulto violeta crecía en su frente y yo, todavía con espasmos de llanto, pensaba que iba a venir a buscarme una asistente social, o la policía.
Nada, que es un poco eso: todas aquellas primeras veces que nos dan susto o nos duelen, son apenas una anécdota, una foto que -como máximo- quedará impresa en color sepia, como la del pony en el bosque (una antigüedad, lo sé). Y ya que estamos románticas, hasta te diría que yo creo, más bien, que son puntos de partida; comienzos de cuento que en el mejor de los casos nos deparan un relato feliz y lleno de sorpresas.

(Ok, si creés que es mi última frase es uno de esos típicos mensajes de autoayuda de libro de oferta de supermercado, no me hagas caso. ¡Pero decime si no te parecen divinas algunas primeras veces, picarona! Jejejejeje).
