“Una manera de definir la evolución, el crecimiento o la madurez es cómo vas derribando prejuicios. En la vida y en la profesión, me he reciclado muchas veces y pude ponerme en el lugar de otros. Encarnar a distintas mujeres me ha permitido descubrir otras maneras de ver mis propios preconceptos y luchar contra ellos”, dice Mercedes Morán: la actriz, la madre, la hija, la abuela y la esposa.

Sentada en un sillón, a cara lavada (antes de la producción de fotos), Mercedes proyecta una imagen de mujer serena, bien plantada, y se muestra dispuesta a entablar una charla franca, a corazón abierto, en la cual se tomará tiempo para bucear en su interior y reflejar, sin jactancia, esa madurez que ha sabido conquistar.

Una apasionada de las ideas y las palabras, Mercedes transmite confianza y, también, sentido del humor o agudeza cuando habla del devenir, de las marcas que le dejó el paso del tiempo y del amor, la fe y el futuro. Todo esto, para terminar mencionando a la alegría como un antídoto contra toda enfermedad, angustia o crisis que pueda aparecer en el horizonte. “Con los años empezás a ver que los malos ratos te enferman y que la risa te cura, y yo ya no tengo tolerancia para la tensión. Durante años viví con mucha tensión. He aprendido a salirme de eso”. 

Un breve repaso por su historia deja saber que Mercedes vive en Buenos Aires desde la adolescencia y que nació y pasó sus primeros años en el pueblito de Concarán, en San Luis. Hija de una maestra rural y un militante peronista que llegó a ser diputado provincial, a los 17 años ya se había casado con el padre de sus dos hijas mayores. “Fui muy precoz y me separé también temprano. Desde chica fui de seguir mis deseos y así viví muchas cosas. Cuando terminé el colegio, sabía que quería estudiar y creí tener otra vocación. Empecé estudiando Sociología, pero vino el golpe de Estado del 76, los planes de estudio cambiaron y las materias que había rendido quedaron en el aire. Como era mitad de año y estaba un poco perdida, me metí en unas clases de teatro por curiosidad. Ahí descubrí mi vocación de actriz”, cuenta Mercedes, que se formó con maestros como Augusto Fernández, Carlos Gandolfo y Lito Cruz, entre otros.

“Evidentemente, ya estaba detrás de algo que me impulsara”, dice Mercedes, que desde que decidió desdoblarse en mil mujeres a la vez, fue construyendo un estilo de actuación que hace hablar y moverse a sus personajes con una gran naturalidad. Ese talento, infrecuente y generador de empatía en el público, la volvió tan prestigiosa y respetada por los críticos como popular entre sus fans. No solo en programas de televisión del prime time y en comerciales, sino también en obras de cine y teatro de culto.

Abrir la cabeza

Por estos días, Mercedes acaba de terminar con las funciones de Buena gente, la obra de teatro que protagonizó y escribió junto a Claudio Tolcachir, director de la pieza; se prepara para protagonizar Betibú, film basado en el libro homónimo de Claudia Piñeiro, y en las últimas semanas se sumó al elenco del unitario En terapia, en Canal 7. “Tenía muchas ganas de volver a la televisión pública, el canal donde empecé en una época en la que había unas ficciones brutales. Mi primer papel fue en 1980, en Rosa de lejos”, recuerda.

–Ahora venís de interpretar a Margarita en Buena gente, una obra que dio tela para cortar. ¿Cómo fue encarnar a esa antiheroína tan llena de luces y sombras?

–La obra nos dio muchas alegrías porque provocaba una gran movilización en el público. Ahí los personajes no solo son antihéroes o simples heroínas o héroes, sino que están atravesados tanto por egoísmos como por actos solidarios. Margarita es una mujer que, con las mejores intenciones, comete las peores equivocaciones del mundo. Está en una situación crítica por su falta de trabajo, tiene una vida desgraciada, pero la salva el humor. De ella me conmueve que no tenga un discurso para defenderse. Carece de un discurso en una sociedad donde eso hace zafar a gente que comete actos horrorosos. Esto la pone en una situación de vulnerabilidad que a mí me dio mucha piedad.

–En su momento dijiste que la obra nos invitaba a ser menos prejuiciosos.

–Sí, cada prejuicio que derribás es un paso hacia delante, y agradezco que esta profesión, preciosa por muchos motivos, sea un instrumento genial para derribar prejuicios. A la hora de abordar ciertos personajes, tenés que “operarte” de tu capacidad de pre-enjuiciar al otro. Si lo hacés con un grado de conciencia, eso puede modificarte como persona. Más allá del disfrute que da encarnar a muchas mujeres –algo que para la insatisfacción femenina está buenísimo–, este trabajo ofrece un instrumento que puede ayudarte a evolucionar en tu propia vida.

–Alguna vez contaste que con algunos personajes hacés catarsis personal.

–Sí, no lo hago casi nunca en forma consciente, pero suelo elegir personajes que, por algún motivo, necesito comprender. Al jugar a convertirme en esas mujeres, establezco un vínculo intenso con ellas y muchas veces resuelvo situaciones personales encarnándolas, como si hiciera una meditación activa sobre algunos asuntos. Hay personajes que me ayudan a abrir la cabeza.

–¿Hacés o hiciste terapia?

–Sí, hice durante muchos años y me resultó una herramienta muy valiosa. Gracias a eso siento que pude avanzar varios casilleros en menos tiempo. Después de muchos años, cuando llegó el momento del alta, me resistí un poco porque no quería quedarme sin esa “protección”, pero lo dejé. Igual, no siento que sea algo que se haya terminado definitivamente. En algún momento podría sentirme cómoda en un ambiente de ese tipo.

–En esta etapa, ¿te sentís protegida o seguís buscando protección por algún otro lado?

–Hoy creo que no existe tal protección, sino que uno se cree cosas o llega a construirse escudos o celdas invisibles para sentirse mejor y, en realidad, a veces te quedás más solo… Lo importante es asumir que somos vulnerables, que la vida pende de un hilo y que eso la hace valiosa. Hoy creo más bien en estar atenta y despierta. Y otras veces me parece interesante estar distraída.

–¿Cómo viviste la llegada de los nietos?

–Mi primera experiencia como abuela fue con Ema, que está por cumplir 3 años, y ahora llegó León. No imaginaba la calidad de felicidad o alegría que te dan los nietos. Estos chicos me reciclaron el futuro de una manera tremenda. Ema es la hija de María, mi hija del medio, y León es el hijo de Mey, la mayor, que como varón viene a romper una larga dinastía de mujeres. Con mis dos hijas mayores, durante mi juventud protagonizamos un triángulo femenino muy fuerte y cerrado que, en algún momento, tuvimos que abrir. Estuvimos tan juntas, tan apretadas… Ahora estos dos niños son la máxima concreción de que algo se abrió.

–Manuela, tu hija menor, ¿también vino a abrir una ventana?

–Sí, lo que ocurre es que entre las dos mayores y Manuela (N. de la R.: Hija de la relación que Mercedes tuvo con Oscar Martínez) pasaron veinte años, y mi hija menor me agarró en una etapa en la que yo no era tan joven y no tenía tantos miedos. Estaba más tranquila y con ella fui más permisiva, más abierta. A Manuela nunca la usé como escudo, algo que a los veinte, con dos chicas sola, sí hacía. Armé un club cerrado donde las tres nos autoprotegíamos, nos retroalimentábamos y eso fue lo que nos permitió sobrevivir. A eso en algún momento hubo que romperlo, con mucho amor y vocación de libertad. Ahora, cuando veo a las chicas con sus hijos y a Manuela tan grande, siento que algo floreció.

–El año pasado te nombraron Personalidad Destacada de la Cultura de Buenos Aires y recordaste a tu papá, que falleció hace poco…

–Sí. A mi padre lo recuerdo siempre porque fue el hombre más maravilloso que conocí. Lo extraño mucho, a pesar de que se murió siendo muy viejito. A diferencia de otros reconocimientos, esta vez me entregaban la distinción en el Congreso y pensé mucho en él. Mi padre fue diputado y, de alguna manera, fue quien me introdujo en mi interés por lo social. A través de él entendí eso de que una persona no puede estar satisfecha ni tranquila si no se ocupa de su comunidad. Cuando era chica, él estaba muy abocado a meter en el Congreso leyes que tuvieran que ver con los caminos. Bregó mucho porque la gente dejara de estar aislada y me llevaba al campo, a visitar a las familias. Por eso, ese día estaba en el Congreso y sentí que mi viejo se me puso de pie. Y mi madre… mi madre también tuvo una vocación social fuerte, era maestra rural. Los dos me marcaron por diferentes motivos.

–¿Vos pudiste desarrollar tu propia vocación social?

–Siempre fue un tema para mí y lo he desarrollado de diferentes maneras, según mis circunstancias y lo que fui pudiendo hacer. Cuando era chica milité en política y trabajé en los barrios. Después entré en crisis con eso, y con el tiempo –dictadura de por medio– me volví muy descreída y escéptica. Ya en democracia, fui retomando poco a poco y dándole otros cauces. Ya no volví a la militancia política, pero a partir de mi actividad como actriz y como persona pública, tengo algunas posibilidades y trato de llevar a cabo acciones, a veces de manera anónima. Tengo un grado de participación en muchas organizaciones y fundaciones.

–Hablabas de abrir caminos y en la obra Buena gente aparecía muy fuerte la idea del progreso y la posibilidad de “escalar” socialmente.

–Sí, hay un mandato de progreso a nivel social, de escalar posiciones y jerarquizarte con el trabajo, lo cual implicaría jerarquizar tu salario. Pero, paradójicamente, con los años uno empieza a dudar de todo. Y progresar socialmente no siempre va de la mano con evolucionar. Hay gente que ha escalado socialmente y no ha evolucionado en lo más mínimo. Me refiero a la conciencia, a una dimensión más espiritual. Escalar socialmente no da garantía de evolución, y creo que la felicidad, la alegría, el bienestar o como lo queramos llamar tiene que ver necesariamente con la evolución de un pensamiento. El progreso, en todo caso, tiene que ver con que las personas puedan desarrollar sus capacidades y potencialidades al máximo.

–Mercedes, ¿el paso del tiempo pesa más en una profesión de alta exposición como la tuya?

–No puedo compararlo con otras mujeres que no están expuestas, pero sí me importa, me duele, me da risa, me enoja y otras veces me parece genial. A medida que te vas acercando a la vejez, y salvo que tengas una capacidad de negación grande, esto va siendo más relevante. Se mueren los viejos, se mueren los amigos y uno sabe que está ahí, en la fila. La vejez y la muerte ya no son esos misterios que te acompañaron de lejos durante toda la vida. Y si el paso del tiempo no trae un poco de sabiduría o tranquilidad, acercarte ahí debe ser espantoso. Lo único que lo hace tolerable es sentir que estás mejor que a los 20, a los 30 o a los 40. Si te pasa esto, implicaría que has hecho las cosas que tuviste ganas de hacer; que has tenido el valor de ser vos misma; que has jugado a eso y si te quieren, te quieren, y si no, mala suerte. En ese sentido, yo estoy tranquila. Siento que mi cabeza está mejor hoy que a los 20 y a los 30.

–En un momento contaste que tu mamá, en la infancia, te trajo la fe. ¿Qué pasó después con la fe? ¿Seguís siendo creyente?

–Creo que no podría soportar la idea de la existencia si no pensara que somos parte de algo más grande, y si uno está un poco atento, siempre hay experiencias que te lo corroboran. Esa capacidad de asomarte al misterio y decir: “Hay cosas que no manejo, no somos omnipotentes”. En cuanto a mi fe, pasé por distintas etapas. Nací en un hogar católico y tuve una primera infancia con un grado alto de práctica religiosa. Tenía una intensa comunicación con Dios y era una niña muy mística. Después, hacia la adolescencia, empecé a alejarme de la Iglesia y tuve una etapa de agnosticismo total. Y ya de adulta, volví a lo místico más puro. Cuando era chica, pensaba que había un Dios, después pensé que Dios no existía, que lo importante era el hombre, y ahora creo en un Dios mío, como yo lo concibo. Seguro que mi época intelectualmente más pobre fue ese momento en el que todas mis fichas estaban jugadas al hombre como la expresión más alta.

–¿Qué te gusta hacer cuando no trabajás? ¿Hay algo que habrías querido ser de no ser actriz?

–Ah, yo sería un ama de casa feliz. Me encanta estar en casa, no padezco el tiempo de no trabajar. Tengo listas de cosas para hacer, no me aburro ni me deprimo, sino todo lo contrario. Mi trabajo me hace muy feliz, pero adoro mi tiempo de no trabajar. Poder dedicarme a mi familia, a mi marido (N. de la R.: El artista plástico Fidel Sclavo, su socio en el amor y en algunos trabajos de escritura porque adaptaron textos de teatro juntos), a viajar, leer, cuidar las plantas o cocinar platos para los que quiero. Mis períodos de vacaciones siempre me resultan cortos. Nunca digo: “Estoy esperando volver a laburar porque ya no sé quién soy”.

–¿Sentís que la vocación era esta? ¿Quedó algo pendiente en cuanto a elecciones profesionales?

–Bueno, a diferencia de cuando era muy joven y decía: “Dios mío, si no trabajo de esto, ¡qué depresión sería!”, hoy veo todo diferente. Si la felicidad en un trabajo te la da la dedicación y el compromiso, creo que podría poner eso en otras cosas. Cuando sos joven, pensás que hay una sola vocación, y no es así. La necesidad de expresión en mí es fuerte y seguramente escribiría o pintaría, cocinaría o haría jardinería. Pasa el tiempo y te ponés menos radical con muchas cosas. A los 20, pensás en “el amor de tu vida” y después te das cuenta de que no hay un solo amor. Hay distintos tipos de amor. Yo encontré a mi compañero. ¿Te hablé de mi marido, Fidel? Los cuadros de mi casa son de él, un artista maravilloso. Estamos juntos desde hace ocho años.