Cada vez que Patricia Talevi alza a Marianita, una nena de un año y cuatro meses que está en proceso de adopción y vivió en esta casa hasta diciembre pasado, la nena se calma, sonríe, se ilumina. Por momentos, entre ellas ocurre una especie de milagro de amor que escapa a cualquier descripción en palabras. Cuando Marianita se acurruca sobre su pecho y la fiebre empieza a ceder, a Patricia se le caen las lágrimas. Su emoción va a brotar muchas veces a lo largo de esta entrevista.

Desde 1994, Patricia es miembro de la Asociación Familias de Esperanza, y en el marco de esta entidad, hoy más de sesenta familias reciben a chicos en situación de abandono o riesgo, convirtiéndose en hogares de tránsito para que puedan recibir amor y contención hasta ser entregados en adopción o ser restituidos a sus padres o familiares directos.

Contra lo que podría suponerse, después de “ahijar” a tantos chiquitos, después de haber criado a cinco hijos y contener y acompañar a tantos otros como “madre de tránsito”, cuando Patricia habla de los nenes, sus ojos se llenan de agua, se nublan, se enrojecen… “¿Sabés que pasa? –dice–. Lo que me dan estos chicos es mucho más de lo que yo puedo darles a ellos. Están un tiempo en casa, como uno más. Y cuando se van, el día que logran regresar a su familia o encuentran a su familia adoptiva, es tanto lo que nos dejan que sólo tratamos de pensar que todo el cariño que les dimos valió la pena. Las familias de tránsito no somos familias de héroes, sino personas comunes. Esto es contagioso, las personas que van sumándose sólo se dejan contagiar por amor”, explica.

Patricia nació en la provincia de Buenos Aires, dentro de una familia de clase media baja, y comenzó a trabajar muy temprano, a los 15 años. A esa edad, también conoció a su marido, Rubén, que se ganaba la vida en la carpintería familiar. Juntos llevan recorridos treinta y cinco años y tuvieron cuatro hijos. En el año 2000, al clan familiar se sumó Mayra, la hija adoptiva del matrimonio.

Lo cierto es que desde el momento en que se convirtió en madre por primera vez, a los 22 años, esta mujer de voz suave y ojos muy celestes, vivió con tanta naturalidad su instinto maternal y su espíritu solidario que, en los años noventa, cuando entró al programa de familias de tránsito, no dudó en dejar su trabajo como profesora de Literatura para dedicarse a su familia y a los chicos que iban llegando.

Hoy, doce años después, su tarea dentro de su casa y en los hogares-resguardos de Familias de Esperanza hace sentir endeble o pequeño a cualquiera. Entrar en esta casa del barrio de Olivos y ver la relación entre adultos y niños o visitar los “resguardos” donde hoy viven más de cuarenta chicos, además de movilizar y sacudir al recién llegado, deja una sensación de hogar y de ambiente familiar que aleja rápido el fantasma de otros hogares de niños más tenebrosos que todos tenemos en nuestro imaginario.

–¿Cómo recordás el momento en que te convertiste en madre de tránsito?

–Yo trabajaba como profesora de Literatura y me apasionaba, pero también tenía pendiente hacer algo más en lo social. Un día, en misa, me puse a hablar con una conocida a la que siempre veía con diferentes bebés. Cuando le pregunté por ellos, me contó que era parte de un programa de familias de tránsito, y sentí que eso era lo que quería hacer. El tema quedó ahí, pero a las dos semanas, esta conocida me llamó para decirme que tenía un problema familiar, que ya no podía cuidar de la beba y si yo quería tomarla… Cuando decidís ser familia de tránsito, todos los integrantes deben estar de acuerdo, así que hablé mucho con mi familia y pronto recibimos a la primera beba, María Luján.

–¿Cuántos chicos pasaron por tu casa desde entonces?

–No llevo la cuenta, pero son muchos. En aquel momento, los tránsitos eran muy largos. Después de María Luján, vinieron dos varones, y después tuve a una nena que se quedó dos años. Aquella vez la separación fue muy difícil. Como familia de tránsito, nunca te acostumbrás al momento de la partida. Con los años, puedo decir que hoy logro sentir una enorme gratificación por el tránsito en sí, por esta bendición de poder ser un puente entre el momento en el que llegan y ese otro momento en que se van.

–¿Cuánto los ha transformado como familia esta experiencia?

–Completamente. Cuando sos familia de tránsito, ubicás las cosas en otra dimensión. Es una experiencia muy gratificante desde lo espiritual; nuestros propios hijos se han formado de una manera diferente. Hay que verlos relacionarse, cómo los nenes que van llegando se enriquecen con los tuyos y aprenden unos con otros. 

–¿Qué pasa si una madre en tránsito tiene un bebé durante un tiempo prolongado y quiere adoptarlo?

–Como madres de tránsito, no podemos adoptarlos. Somos las cuidadoras de estos chicos que llegan a nuestras casas. En los únicos casos en los que puede ocurrir una adopción, es cuando pasa muchísimo tiempo sin que la causa se resuelva y el juez evalúa que el sufrimiento por la separación puede causarle al chico un daño irreparable. También puede darse una adopción en el caso de que el chico tenga una enfermedad o un problema serio de salud… Si el tiempo de estadía en la familia de tránsito se extiende, un cambio puede repercutir en su salud. En este caso, tampoco existen muchos postulantes que acepten adoptar a una criatura con dificultades.

–¿Hay un máximo de tiempo estipulado para acoger a un chico “en tránsito”?

–En Familias de Esperanza no establecemos un máximo de tiempo, pero lo ideal es que ese chico encuentre a su familia definitiva antes del año de vida. Llegado un momento, el paso del tiempo es inmanejable. Nosotros estamos preparados para afrontarlo, pero para el chico puede ser muy doloroso. Aun así, nuestro deber es empujarlo, con todo el amor del mundo, hacia su familia definitiva.

–¿Cómo nacieron los hogares que coordinás en Familias de Esperanza?

–Cuando empezamos, en los noventa, decidimos alquilar una vivienda con otras familias para recibir a grupos de hermanos que no podíamos albergar en una sola casa. En mi caso ocurrió que, en el año 2000, entró un grupo de hermanos, y hasta que se definió la adopción, pasaron cuatro años. Cuando vinieron los psicólogos de diferentes equipos, se encontraron con que los chicos habían formado un vínculo con diferentes personas. Y entre ellas, estaba yo. Como entre los hermanos había una nena que venía a casa y estaba muy apegada a nuestra familia, el juez me convocó para informarme que no podían dar en adopción a todos juntos y me preguntó si quería adoptar a la nena. En pocas palabras, hoy esa nena, Mayra, es una de mis hijas.

–¿Cuál es la historia de Marianita, la nena que tenés en brazos?

–Marianita llegó al mes de vida y tuvo muchos problemas de salud; tuvimos que internarla varias veces. Cuando vino estaba desconectada, ni miraba, no me apretaba el dedo y casi no succionaba. Cuando el pediatra la revisó, me dijo: “No tiene muchas ganas de vivir”. Después de escuchar eso, la tuvimos durante un año a upa y, con besos y besos, el contacto cuerpo a cuerpo hizo que se recuperara. Hoy se encuentra, felizmente, en proceso de adopción; está viviendo con su nueva mamá, María Victoria. Como ella trabaja, hay días en las que me la trae un ratito y acá la tengo.

–¿Siempre se da un tiempo de adaptación entre tu familia y la mamá adoptiva?

–Gracias a las familias que pasaron por acá, siempre hubo una buena adaptación. Yo jamás tironeo de los bebés; los quiero como a mis hijos, no puedo quererlos diferente, y tengo claro que tengo que dejarlos ir porque para eso hago lo que hago. En el caso de María Victoria y Marianita, los tiempos están siendo especiales por los problemas de salud que tuvo la nena, pero tenés que verla con Vicky… su instinto maternal te conmueve. A veces ocurre que los papás que sufren mucho buscando un embarazo están un poco ensimismados y no ven las necesidades de la criatura. Yo los entiendo, pero acá hay que ponerse en el lugar del bebé, darle tiempo.

–¿Qué pasa en los casos en los que el programa de familia en tránsito fracasa?

–Si la familia entiende bien el tránsito, eso no ocurre. Pero cuando hacés esto, tenés los sentimientos a flor de piel y el corazón en la mano… es difícil saber cómo puede reaccionar una mamá. Lo que tenés que saber es que tenés que estar dispuesto a correrte. Cuando se evalúa si una familia puede ser de tránsito, se considera que estas personas no tengan ningún vacío propio que llenar y que deseen hacerlo sólo por una necesidad de dar. Los chicos no vienen a llenar ningún vacío; somos nosotros los que tenemos que reparar el vacío que ellos puedan traer.

–Finalmente, Patricia, ¿qué hace falta para ser una madre solidaria?

–Hay que ser madre y dejar que eso fluya. Ser madre sin posesión y saber dejarlos ir, ponerte siempre en su lugar, saber que ellos siempre van a estar antes que vos.

La entrevista va llegando a su fin y empieza la sesión de fotos. En el último rato, llegaron Mayra y María, las hijas menores de Patricia, que juegan con Marianita y con Juan, el nuevo bebé de cuatro meses que Patricia y su familia “acogieron” en esta casa. Además, vino María Victoria, la mamá de Marianita, que mientras la baña en la cocina, se alegra de que le haya bajado la fiebre. Ver a Marianita pasar de los brazos de Patricia a los de Victoria con entusiasmo hace pensar en un milagro de amor difícil de describir con palabras. La vida sigue. Ayudar a otros está al alcance de la mano. Y la niñez en riesgo no es un problema de una asociación ni de una red voluntaria de mujeres, sino de todos. Depende de nuestras ganas de mirar, de dar y amar.