“Si no estuviera tan cansada de bailar, acomodaría un poco. Pensándolo bien, si lo hago ahora, Manuel se va a poner a ordenar conmigo, me conviene. Si lo dejo para mañana voy a hacerlo sola y con resaca. Me saco los zapatos y empiezo.” Marisa fue a su habitación, allí también se notaban los restos de la fiesta: una bufanda olvidada, una campera de jean desconocida para ella, un foulard de seda- ese sí sabía de quién era- y hasta un celular habían quedado sobre la cama. Pensó en tratar de desbloquear el teléfono pero prefirió dejárselo en el bolsillo, quien fuera que lo hubiera olvidado, seguro llamaría para ver dónde había quedado, si lo tenía encima lo sentiría vibrar aunque estuviera en silencio. Volvió al comedor, las copas a medio vaciar, en realidad, casi todas estaban vacías, se apoyaban en la mesa grande, en la mesita ratona y algunas estaban en el piso, al lado del sofá. Esa, la del piso, era de la dueña del foulard olvidado, reconoció el labial que formaba ese suave abanico en el borde del copón donde hubo Campari. “Manuel no viene a ayudarme, lo voy a llamar, para mí que se quedó dormido en la pieza de la nena, cuando fue a ver si Emma estaba bien tapadita.” Fue levantando las servilletas tiradas, los pedacitos de pan, los palitos de sushi caídos y se lamentó por la mancha de salsa de soja en el borde del sillón chiquito. Llevó todo a la cocina, llenó el lavavajillas, guardó en la heladera unas masitas que tenían chocolate, se comió una mientras les ponía film. Ya eran cerca de las cinco de la mañana, los últimos se habían ido hacía más de una hora, raro que no llegara una llamada o algo al teléfono olvidado. “Voy a subir, a despertar a Manuel. Primero me pongo las pantuflas, no me gusta ir por la escalera descalza.” En la habitación, Marisa buscó sus chinelas y se las puso. Al agacharse, el foulard de seda quedó cerca de su cara y sintió un perfume familiar. Un perfume de hombre. Volvió al comedor y, al pasar, juntó los platitos que habían quedado en el mueble del living. Ya todo se estaba pareciendo más a su casa. Sacó el mantel, lo sacudió en el lavadero y lo puso en el lavarropas. El programa del lavavajillas ya había terminado, lo descargó y volvió a cargarlo con las últimas cosas. Agarró el escobillón y lo pasó prolijamente por todos los rincones. Buscó su propio teléfono, le iba a mandar un mensaje a Antonella, le iba avisar que se había olvidado ese echarpe italiano tan hermoso. Con las pantuflas puestas subió hasta el dormitorio de Emma. Estaba toda destapada. La cobijó y la nena sonrió en sueños, tranquila y cómoda. “¿Dónde se metió Manuel?”. Caminó despacio hacia la habitación de juegos, ella la llamaba así, habitación de juegos, Manuel le decía playroom. Envió el mensaje a Antonella: “Ese foulard tan hermoso que te trajeron de Italia quedó en mi casa, ¡me parece que me lo quedo! Jajaja”. El celular del bolsillo vibró, un mensaje de WhatsApp recibido. Con la mano izquierda abrió el picaporte, con la derecha miró el teléfono olvidado. Manuel dormía tirado en el piso, despeinado y hermoso, tal como era él. Antonella también dormía, el pelo largo le cubría el pecho desnudo. Marisa dejó los dos teléfonos en el piso, volvió a la habitación de Emma y se acurrucó con ella.
Lo que queda de esta noche
