Érase una vez una madre de un niño con pelo largo y dientes que todavía le daba la teta a su hijo… Bueno, eso: que no hace mucho que desteté a mi criatura de 2 años. Quise ponerlo en términos de fábula para que no me digas qué horror. Es que escuché ese tipo de comentarios varias veces y desde las dos vertientes posibles, además. De un lado, las que me decían que se la estaba sacando muy tarde y, del otro, las que criticaban que lo había hecho demasiado pronto, presionada por la (in) cultura del desapego.

-¿Todavía le seguís dando la teta? Ah, pero qué asco…­­ –unas.

-¿Y para qué se la sacás, pobrecito? Ahora los médicos dicen que hasta los 3 pueden tomar. ¡Tampoco va a seguir prendido cuando tenga 18! Dale, dejalo, no seas mala… – otras.

Pero no fue nada meditado, ni siquiera hubo dolo eventual. Fue un día, hace unos tres meses más o menos, cuando al volver del trabajo, agotada y con dolor de cabeza, me abstraje de la escena: yo, derrumbada en el sillón, con la cartera todavía puesta, y encima él, tomándome por asalto para encontrarse con su merienda viviente.

Debo decir que, a mis 36, nadie se había abalanzado nunca tan furtivamente sobre mí como ese otrora bebé devenido en ser de trece kilos y medio. Y confieso que si no sé si fue una ligera mordida suya o un clic interno mío, pero me dije que ya era hora de despegar nuestro amor de la lactancia. Porque querernos, nos íbamos a querer toda la vida, ¿o no? Salvo que de grande tuviera el mal tino de casarse con la presidenta del Movimiento de Liberación de Suegras (MLS).

Así que sacarle la teta a Félix fue una decisión vital, podría decir ahora. Pero igual lloré como tres días. Bueno, cuatro. Todo a escondidas, por supuesto, porque antes que nada tenía que consolarlo a él, que iba de un lado al otro de la casa, agarrándose la cabeza y gritando:

-La tóoooo! ¡La tó no tene máaaaas!

(Traducción: “La teta no tiene más”).

Una tragedia de proporciones catastróficas.

Yo no sé si fue que mi mamá me amamantó apenas cuarenta y cinco días (mi hermana dice que, de alguna manera, las hijas de los años ’70 fuimos como Rómulo y Remo, pero en vez de loba tuvimos el auspicio de una leche de fórmula). La cosa es que el concepto de la lactancia se instaló fuerte en mí, sobre todo desde que la puericultora de la clínica en la que parí me visitó tres veces en una noche para cerciorarse de que despertara a mi hijo recién nacido para obligarlo a succionar.

-Vamos “mami”, a prenderlo a la teta ahora mismo!– me predió ella la luz.

Y yo digo que sí, que ni hablar, que lo volvería a hacer, una y mil veces. Aunque la idea de tener tantos hijos no me resulta viable dadas las circunstancias físico-emocionales ni tampoco de acuerdo a las variables espacio-económico-temporales (¿se entendió algo?).

Es que darle la teta a un hijo es una experiencia única y maravillosa, salvo por algunos sinsabores que nadie te cuenta, como que al principio te duele de una forma insólita, o que sostener la lactancia en el tiempo es hermoso, pero te deja más agotada que nadar hasta Colonia ida y vuelta.

Además, nunca entendí por qué hay mujeres que gustan de acosar a aquellas otras que, por la razón que sea, no logran sostener la lactancia.

-¿Y no será que no sabés cómo conectarte con la maternidad? –le preguntó a mi amiga Liz su mismísima suegra.

Ella, que no producía leche suficiente y sufría cada visita al pediatra por el bajo peso de su beba, ya tenía de por sí un sentimiento de culpa un poquito más alto que la cima del monte Everest y sin embargo, en vez de preguntarle por qué raro mambo ella había amamantado a su hijo hasta los casi 4 años (aunque tampoco estaba claro si había dejado de hacerlo todavía), se largó a llorar y le pidió perdón por ser una mala madre para su nieta. Esa cosa de hormonas reviradas de las recién paridas.

-Qué pesada, tendría que haberla mandado al cuerno– se ríe Liz hoy, con su hija convertida en una nena gigante y preciosa, sin ningún tipo de trauma visible ocasionado por la brevedad de la lactancia.

Qué sé yo, a cada una lo que le venga mejor y le toque en suerte.

En mi caso particular, la vida transcurrió. Cierto es que anduve largo tiempo amantando por bares, restaurantes y plazas, aunque sin dejar de preguntarme algunas veces si estaban dadas las condiciones socio-culturales de la situación (los mirones me hacían dudar sobre si estábamos preparados para ese tipo de eventos, tanto ellos como yo). Por no decir que a lo último ya me daba un poco de vergüenza y me ocultaba en lugares oscuros o debajo de pulóveres.

Pero ahora me parece que fue hace como mil años cuando yo misma me daba ánimos para poner fin a la lactancia, diciéndome que alguien capaz de comer empanadas de carne cortada a cuchillo ya había tomado teta suficiente.

-Ya tó ande, mamá– me dice desde entonces él.

(Traducción: “Ya estoy grande, mamá”).

Ay, qué lindo que crezca… ¡¡¡Buaaaaa!!!

Un psicólogo a la derecha.