Luang Namtha es un pequeño pueblo de montaña al norte de Laos, ubicado casi contra la frontera sur de China. De día se cultivan el arroz y el bambú. Por las noches las calles se visten de artesanos y puestos de comida. Al día siguiente, bien temprano, mientras el sol despunta, los monjes dejan sus monasterios para ir en busca de las ofrendas que la población entera sale a entregarles como agradecimiento.
Para una mujer urbana es difícil imaginar el esfuerzo que hacen estas mujeres para sembrar, cosechar, tejer y sostener la vida en sus manos. Da orgullo verlas desplegar tanta energía. Ellas son madres, esposas, hijas, y trabajan incansablemente sin importar su edad: es común ver a ancianas y niñas trabajando; todas participan, unidas como en una comunión. En plena luz, sus cuerpos pequeños muestran una enorme voluntad porque son ellas, en buena medida, quienes se hacen responsables de la mayoría de las tareas de la vida en Laos.

Día a día van y vienen por la tierra, en silencio, movidas por esa fuerza interior que se adivina poderosa, por caminos que suben, que bajan, que serpentean. Avanzan una detrás de la otra transportando leña, cultivos y alimentos que recogen de la selva, y lo hacen siempre suavemente, con la mirada fija en el sendero.
Existe una conexión espiritual entre esas mujeres y el tiempo y el espacio que habitan. Aman la tierra que trabajan y se desviven en el cuidado de sus hijos, que juegan descalzos en la calle polvorienta. Una vez en casa, se encargan del hilado de la fibra del banano con telar, o simplemente atan los hilos desde su cintura hasta un poste cercano. De pronto, en esos tejidos, aparecen el encanto y la hermosura que permanecían ocultos en las madejas.
Atravesar el camino entre las humildes casas rurales propone una experiencia sensorial. El paisaje, el silencio alternado con el suave movimiento de sus manos laboriosas, la risa de los niños… El fuego se enciende a la hora en que el sol se sumerge detrás de las montañas y, entonces, los primeros aromas empiezan a llegar: el chili, los caldos, el arroz al vapor y el bambú invaden la atmósfera calurosa y húmeda de la aldea.
En las afueras de los asentamientos urbanos, los campos de arroz se vuelven interminables a la vista y aparecen salpicados por pequeños montes de caña de bambú, ese noble cultivo que aprendieron a aprovechar para hacer muebles y artesanías que luego venden en mercados locales.
No es fácil la vida de las mujeres rurales que habitan este país ubicado al sur de China y al oeste de Vietnam. Y aunque la Constitución dice que ante la ley son iguales que los hombres, ellas no participan por igual de la cosa pública. De hecho, muchas son analfabetas, una realidad que, sin embargo, aseguran estar modificando, ya que cada día trabajan para mejorar, con fe y, sobre todo, con esfuerzo.
Como Nu, una artesana que observa con profunda calma y al sonreír inunda todo de inocencia. Su armonía es tan natural como el verde de la selva o el tono azul grisáceo que inunda el cielo durante la quema controlada de cultivos, típica de la temporada seca. Aunque no habla inglés, se adivina lo que quiere transmitir a los turistas inquietos. “Tranquilos… todo es perfecto”, es el mensaje de las mujeres de este lugar en el que la paz es la lengua oficial y la humildad, el tesoro sagrado.
Viaje por Laos
Su nombre oficial es República Democrática Popular Lao y está ubicada en el sudeste asiático. Fue colonia francesa hasta lograr la independencia, en 1949, y luego atravesó una guerra civil que terminó en 1975. A partir de entonces, su régimen de gobierno es comunista, aunque existen la propiedad privada y una economía descentralizada. La mayoría de la población se dedica a la agricultura de subsistencia. La lengua oficial es el lao, pero también se habla francés. El budismo es la manifestación de la espiritualidad de casi la totalidad del país y los monjes son muy respetados. A lo largo del recorrido se encuentran un sinfín de templos, algunos de ellos de más de quinientos años.
