Foto: Gemini

Hay lugares en los que la gente se suele acumular porque es necesario hacer un trámite, un reclamo o recibir algún tipo de servicio: los bancos, los aeropuertos antes de despachar el equipaje o pasar por el scanner, las oficinas públicas y hasta algunos supermercados en fechas de mucho consumo como Navidad o previos a algún día festivo. Para ordenar y evitar conflictos, quienes están a cargo de esos sitios, ponen unas cintas negras que se extienden desde un soporte a otro. Son bajitos como unas mini columnas con una base pesada para que no se caiga al piso cuando se desenrolla esa cinta hasta llegar al otro soporte. Así delimitan el recorrido que debe hacerse, yendo y viniendo varias veces hasta llegar a la ventanilla de atención. A veces, no hay tantas personas, tres o cuatro nada más y ahí se genera una especie de vacilación, de duda con el propio comportamiento. ¿Qué hacer? El recorrido está perfectamente marcado: si la decisión es ir, tal como está señalado, se siente una sensación de ridiculez caminando ida y vuelta, ida y vuelta, ida y vuelta casi como un muñequito a cuerda. Algunas personas miran, observan si hay alguien delante de ellos y, por fin, deciden agacharse y pasar por debajo de las correas. Los más osados, los que son rebeldes por naturaleza, ni siquiera se agachan, simplemente sacan la cinta del soporte y la vuelven a colocar, se adueñan del espacio, hacen el camino corto, actúan con la seguridad de quien sabe que no hay nada malo en lo que se está haciendo.

Esos laberintos inventados sirven para ordenar o para ver las diferentes actitudes. Parece un contrasentido, un laberinto para saber a dónde ir, cómo llegar a destino. Seguramente cuando tenemos que tomar decisiones, los pensamientos, las emociones, las dudas, el deseo, el miedo, se nos agolpan en la cabeza, nos embarullan, nos hacen estar casi decididos en un sentido y, luego, otra idea nos hace recular, volver a pensar, dar otra vuelta. ¿Existirá un sistema de correítas para que todo ese lío se ordene sin que la cabeza explote? Hay personas que no tienen tantas vacilaciones, que no titubean, no cavilan frente a lo que les ocurre, esas no necesitan laberintos de cintas para ordenar sus ideas, lo tienen más fácil, van directo a la ventanilla porque siempre saben qué necesitan. Hay otras, en cambio, que imaginan escenarios diferentes, suponen resultados ante un cambio, fantasean con las distintas posibilidades y se pierden en meandros mentales, caminos sinuosos por donde van y vienen sin que nada marque un camino para llegar a destino. Lo peor es que ese tipo de mecanismo puede establecerse en la cabeza de una persona cuando quiere decidir algo fútil como el color de una campera hasta cosas esenciales como mudarse de país, elegir la escuela de los hijos, renunciar a un trabajo o separarse.

Hace unos meses leí una novela de una escritora nigeriana. La protagonista, una inmigrante en Nueva York, trabajaba como niñera en la casa de una familia de muy buen pasar. La madre le preguntaba a su hijita de cuatro años si prefería ponerse una remera blanca o una amarilla o una rosada. La niñera reflexionaba, sin decirlo, que ofrecer opciones y dejarle la carga de tomar una decisión a una niña es privarla de la dicha de la infancia. A lo mejor es sano que tomen las decisiones los grandes y armarse mejor para la adultez. Quizá sea la terapia, el psicólogo quien se encarga de poner columnas pequeñas con cintas para ordenar las ideas. Claro que siempre está la posibilidad de que el deseo, el miedo o el deber ser se cuelen, avancen más rápido, levanten las cintas y dejen a las tribulaciones dando vueltas, que para eso nacieron, intentando entender el sistema, el recorrido posible. Mientras escribo, recordé algunas canciones que se relacionan con todo esto: una se llama Los molinos de tu pensamiento, de la segunda no sé el título, pero dice en una parte “en la cabeza yo tengo un molinete” y la tercera es la que, finalmente, viene a poner orden: las hormiguitas van marchando de una en una/ las hormiguitas van marchando de dos en dos/ iban marchando de tres en tres, la más chiquita se fue al revés…

Dejo de tararear y elucubrar cosas, la fila avanza y ya me toca a mí el despacho de equipaje.