Esta entrevista con Lía Ricón tuvo dos momentos, como si se tratara de diferentes movimientos musicales: primero pudimos conversar con ella por teléfono, durante su estadía en Estados Unidos, adonde viajó a pasar unos días con su hija y sus nietos. De esa charla nos quedó la idea de una mujer atenta a sus afectos pero, sobre todo, racional: una intelectual brillante y una trabajadora incansable. Semanas después, bastó con cruzar el umbral de su departamento en Barrio Norte para descubrir a otra Lía, o a la misma mujer en la intimidad de su casa. Con ella entramos a un lugar en el que, además del consultorio, los libros y la computadora, la luz entraba por las ventanas y el piano y la guitarra no eran solo objetos, sino instrumentos que ella hacía sonar para entonar canciones. Más allá, en las paredes, podían verse fotos de los hijos, nietos y amigos, y unas cajitas de origami que, al igual que las cortinas tejidas, Lía hace con sus propias manos y llenan parte de sus ratos libres.

“Desde chiquita me enseñaron que tenía que encontrar placer en lo que hacía y que el sustento iba a venir después”, explica ella, con una frase-legado que busca acercar a los más chicos de la familia, sus nietos mayores que ya buscan su camino y su vocación. “Primero quise ser docente –cuenta Lía–, pero cursé el bachillerato en vez del magisterio, y una vez que me recibí de médica, pude dar clase, que me encanta. Estando allí, frente a los alumnos, lo que me gratifica es la clase en sí, lo que pasa en ese rato, o lo que me pasa cuando hago una cajita de origami, que a lo mejor sale linda. Para mí con eso ya está, se terminó. Lo mismo cuando les tejo cortinas a mis hijas. No necesito un plus. Ahora, cuando hacés algo pensando solo en ganar dinero, y querés ganar más y más, se distorsiona todo. Hay una diferencia grande entre la gratificación por la cosa en sí y la gratificación ‘para’”.

Durante los encuentros que mantuvimos con Lía, la complejidad del momento que nos toca vivir no quedó fuera de foco, sino que sobrevoló toda la charla. “El mundo está complicado, pero eso no significa que haya que vivir en un torbellino, ser joven, delgado, y que ni siquiera se pueda estar triste”, expresó la médica psiquiatra y psicoanalista de la Asociación Psicoanalítica Argentina con su voz más que experimentada luego de sesenta años de ejercicio de la profesión.

La frase respondía a una pregunta acerca de los síntomas y males de época que ve reflejados en su consultorio, y frente a eso, Ricón fue categórica y se refirió a la tristeza como a un derecho irrevocable; un derecho tapado o atropellado por una sociedad que reclama que tenemos que estar siempre sonrientes y rendir, aparentar, seguir adelante como si nada triste o malo pudiera afectarnos. “Muchas veces se dice que si se está triste, se está enfermo, y que entonces hay que acudir a un psicoterapeuta o tomar una medicación. Hay casos y casos, pero no todos requieren atención médica: la tristeza o el duelo tienen sus tiempos y hay que darles lugar, respetarlos”.

La inclinación de Lía Ricón por prestar (especial) atención a los tiempos y emociones, y evitar la medicación y las internaciones en los casos en los que no es estrictamente necesario, no es nueva. Cuando comenzó a trabajar como psiquiatra al lado de un grande dentro de la especialidad, Mauricio Goldenberg (en el equipo de Psiquiatría del Hospital Lanús, primero, y el Hospital Italiano, más tarde), la especialista abogó por instalar un método basado en un modelo biopsicosocial que integraba clínica psiquiátrica, enfoques psicodinámicos y sistémicos, terapias breves individuales, grupales y familiares, y una amplia orientación comunitaria.

Hasta recibirse de médica y especializarse en Psiquiatría y Psicoanálisis, Ricón creció en medio del campo en Bolívar, provincia de Buenos Aires, y más tarde vivió en Córdoba, donde cursó su carrera universitaria en una época en la que eran apenas veintinueve mujeres entre cuatrocientos alumnos. Luego vino a vivir a Buenos Aires, donde reside hasta ahora.

Hoy recuerda haber elegido la psiquiatría porque desde muy temprano le interesó la posibilidad de entender las reacciones y los comportamientos humanos. “Cuando estaba en la secundaria, me interesaban las matemáticas, pero con el tiempo me interesó más la gente. Quería ayudar en lo que pudiera, un aspecto fundamental para los que trabajamos como personal de salud. Así como se tiene que sentir curiosidad por el funcionamiento del cuerpo y de la mente, eso no es todo porque, si no, uno sería solo un ‘diagnosticador’. Si uno tiene interés por ayudar y busca el aspecto “reparatorio”, se puede ser un buen médico. Sin esos dos elementos juntos, el trabajo no sirve”.

Actualmente lleva diez años trabajando como psiquiatra y docente en el Instituto de Neurociencias de Buenos Aires (INEBA), un espacio que se propuso volver a unir lo neurológico con lo psiquiátrico para fomentar lo que dentro de la institución llaman “mentes creativas” como sinónimo de “mentes sanas”. Cuando habla de su trabajo diario, Lía destaca otro concepto, la empatía: “El médico no es un familiar ni un amigo, pero sí alguien dispuesto a recibir las angustias, las preguntas y la desesperación, y debe tener una actitud empática”, asegura, y agrega que lo lúdico ha sido una herramienta a la que se aferró en su trayectoria como docente: “Siempre he pensado que hay dos formas del ejercicio del poder: el poder ‘para’ y el poder ‘sobre’. Las mujeres, salvo excepciones, tendemos a ejercer el primero. En mi caso, si bien durante años me resistí a ser jefa en el Hospital y Goldenberg me decía que era una viva porque no quería hacerme cargo de muchas cosas, terminé como Jefa del Servicio de Psiquiatría en el Italiano. Lo mismo me pasó con la cátedra en la que trabajaba como docente. Un día tomé conciencia de que, si no aceptaba ser profesora titular, mi jefe no iba a dejarme ejercer la docencia a través del juego, y así llegué a tener la cátedra que tengo hasta hoy. Lo de ‘la letra con sangre entra’ conmigo no va. Voy más por la idea de que la letra con alegría entra.

–¿Cómo definiría ese otro tipo de poder “sobre” del que habla?

–El poder “sobre” es el que se utiliza para marginalizar, discriminar y dar órdenes. Uno puede sugerirle al otro qué tiene qué hacer, pero no puede decirle también cómo y con qué. Este “poder sobre” es el que ejercen los dictadores y los gobernantes que pretenden imponer su voluntad, pero siempre hay otras maneras. En cualquier caso, al poder hay que saber manejarlo porque puede ser un peso terrible y es siempre un trabajo, una gran responsabilidad.

–Antes contó que en la época de la universidad, eran muy pocas mujeres, y hace unos años escribió el libro ¿Podrían volver las diosas? ¿Los temas de género le interesan especialmente?

–Cuando estudiaba, la proporción era inversa a la que hay actualmente; hoy hay muchas más mujeres en la Facultad de Medicina que varones. Y sí, el lugar y el rol de las mujeres me han interesado siempre. Escribir ese libro me ayudó porque me liberé yo misma de algunas ideas muy arraigadas en relación con la ideología religiosa. Lo que aparece en esas páginas es que las primeras deidades fueron femeninas y que el dios judeocristiano tal como lo conocemos vino mucho tiempo después. Las primeras diosas eran femeninas y las que somos madres sabemos lo que es ese romance cuando el hijo te mira. Para ese chiquito la mamá es la diosa, la que le da todo: la que lo cuida, lo limpia, lo abriga. Evidentemente, en el mundo primero hubo deidades femeninas vinculadas a la fertilidad, que promovían la participación y el ejercicio de un poder “para”, referido al necesario “para hacer cosas”, tal como se ve en las sociedades matriarcales actuales.

–Hoy hay cada vez más mujeres en el ejercicio del poder. ¿Cómo las ve?

–En algunos casos, no veo que estén ejerciendo el poder “para” del que hablaba antes… Está el caso de Margaret Thatcher, por ejemplo, y de Merkel, la mandataria alemana, a quien no veo aprovechando esta idea del poder “para”, pero sí veo esto en Dilma Roussef o en mujeres como Bachelet. Sin tomar el ejemplo de las mandatarias, porque entramos en un tema delicado, hay mujeres a las que les encanta mandar, pero también hay otras, como Carmen Argibay, que ejercen el poder “para” y consiguen lo que quieren conseguir. Cuando hablo de perspectiva feminista en el libro, no es que crea que haya que dejar de lado a todos los hombres y, de hecho, soy amiga de muchos. Lo que digo es que las mujeres, en general, podemos conectar mejor lo emocional con lo racional y eso hace una diferencia: somos más proclives a la comprensión de ciertas situaciones. Como yo digo: el varón tiene que apuntarle al bisonte y pegarle para matarlo. Las mujeres, en cambio, a través de los años han cultivado, están al cuidado de los chicos, de la casa; cuidan la vida. Tienen una inclinación natural por ejercitar el poder sin avasallar, dominar, ni discriminar; tratan de trabajar con los otros.

–¿Qué otras problemáticas concretas refleja el consultorio en esta época?

–Lo que se ve es mucha tristeza encubierta y, entonces, aparecen las depresiones, pero hay que tener cuidado porque, así como en algunos casos hay que medicar aunque la depresión sea leve, hay otras depresiones que no hay que medicar aunque sean intensas porque la batalla no se juega allí, sino en la posibilidad de que la persona entienda por qué está triste y qué lo llevó a esa situación. Uno no puede pelear en una habitación en la que está todo oscuro y tapado con mantas. Pero si el especialista ayuda a destapar eso y “levanta la represión”, se puede mirar qué hay y tomar cartas sobre el asunto. Hoy la gente no puede estar triste porque siente presión y temor a no triunfar, a no ser exitoso. Además, hay mucha inseguridad, incertidumbre por no saber adónde va este mundo. La brecha entre los que ganan mucho y no saben qué hacer con el dinero, y los que ganan tan poco que no pueden vivir, se agranda cada vez más. Hoy pareciera que no se puede vivir sin ganar dinero, sin correr detrás del dinero y, en ese contexto, la competencia es salvaje.

–¿Siente que ha podido cumplir sus objetivos como psiquiatra?

–Mi categoría de base ha sido evitar el sufrimiento y para eso he trabajado siempre: para tratar de que las personas sean lo más felices posible. En palabras de un filósofo, los médicos y psicoterapeutas tenemos que tratar de lograr el mayor bien para la mayor cantidad de gente posible. Luego de sesenta años de práctica con pacientes sigo pensando, por ejemplo, que la internación psiquiátrica es un último recurso y que antes se puede intentar hacer muchas cosas. Como médica, desconfío de los diagnósticos y clasificaciones con los que muchas veces llegan a consultarme. La gente viene y te dice: “Soy bipolar”, y yo le digo: “Espere. ¿Quién le dijo eso? Usted se llama Juan Pérez, no bipolar. Usted no es un diagnóstico sino una persona que tiene un problema”.

–¿Ha sido feliz?

–Sí, he tenido unos padres excelentes. Fui única sobrina, única nieta, siempre mimada. Casi tengo síndrome de hija única, de malcriada que he sido. Después me casé y tuve tres hijos. Y ahora tengo cuatro nietos. Hay muchas cosas que me gustan… No me agarran sin recursos así nomás porque, además de mi profesión, tengo mis hobbies. Me encantan el cine y la literatura, y estudio filosofía. También me gusta tejer y desde hace un tiempo hago origami. Además, toco la guitarra y canto.

–¿Ha tenido momentos difíciles en su vida?

–Sí, el comienzo del trabajo es siempre complicado porque terminás la facultad y tenés que empezar a trabajar… Y en un momento de mi vida me separé. Con los años mi exmarido murió, y eso también fue difícil. Criar a los chicos trabajando fue difícil. Tuve a las chicas con diez meses de diferencia y el varón tenía un año, así que eran tres bebés. Por suerte, mi madre me ayudó porque de otra manera no habría podido desarrollar mi actividad profesional. Como madre de hija única que era, ella me ayudó mucho. De cualquier modo, el placer y la alegría más grande fue haber tenido a mis hijos. El trabajo y las investigaciones me han dado satisfacciones, pero lo más importante fue poder tener a los chicos.

–Entonces, Lía, ¿le quedan objetivos o sueños pendientes?

–No, ahora estoy con mis pensamientos y estudio mucho, muchísimo, filosofía. En este momento estoy estudiando a Spinoza y muy concentrada en su teoría, porque es el tipo de filosofía que corresponde al modelo que implemento, un modelo unitario, que implica que no solo tengo un cuerpo, sino que soy un cuerpo. Hay conflictos que se resuelven pensando en la vida como proceso, en la vida como una totalidad.

–Habla del cuerpo, de la mente. ¿Y el alma? ¿Cuál es su concepción sobre el alma?

–Como dije antes, no tengo un cuerpo, sino que soy un cuerpo. Soy una totalidad que tiene la posibilidad de expresarse a través de esto que sería el pensamiento o los sentimientos. Un presocrático, Aristarco de Samos, decía que el alma es un acorde, y que hay una combinación que tiene que darse para que el cuerpo, que es el instrumento, suene bien. El alma no es un hálito divino, sino un acorde que surge como una combinatoria de los elementos corporales, y cuando alguien se muere, se acabó el alma. No creo en el más allá. Polvo eres y en polvo te convertirás.

Lía Ricón es directora de Docencia del Instituto de Neurociencias de Buenos Aires (INEBA); miembro didacta de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA); profesora titular del Departamento de Salud Mental de la Universidad de Buenos Aires; profesora titular de Salud Mental IV de la Universidad Favaloro y directora de la carrera de médicos especialistas en Psiquiatría de la Facultad de Medicina de la UBA.