Lo primero que aclara Jazmín Chebar es que a la moda no hay que tomársela en serio. “Las prendas tienen que tener humor. Sin ese toque, ¿cuál es el sentido de vestirse?”, indaga, y cualquiera podría pensar que, al momento de la charla, ella lleva un sombrero estrafalario, o algo así. Por el contrario, luce absolutamente natural. Cómoda, en jean y remera de algodón, demuestra entonces que la cuestión radica en darle al tema la importancia que merece. O, mejor dicho, la que cada una tenga ganas de darle. “Para mí es un juego y me encanta. Creo que no hay que darle a la cuestión más importancia de la que en verdad tiene. Es algo que acompaña, que adorna. Pero nada más”.
Entonces, ¿cuál es para ella el sentido de hacer moda? “Crear ilusión”, responde enseguida, sin dudar. Y se ve que es su propia ilusión la que sigue intacta, puesta en seguir haciendo de ese “truco de magia” una marca registrada. A través de ella (o, más bien, de la empresa que lleva su nombre), cientos de mujeres de distintas edades juegan a eso de verse bien, eligiendo según su personalidad y, sobre todo, viviendo las prendas como una forma más de expresión, en cada caso singular. “Me encanta la gran variedad de mujeres que compran en nuestros locales, porque cada una de ellas es mucho más que lo que se ve. A través de la ropa que eligen se adivina su personalidad, su manera de ser y pensar. No quiero lograr que las mujeres se vistan de ‘Jazmín’, sino que se lleven algo nuestro de acuerdo con su look y lo usen como tengan ganas, a su manera. Por eso, no propongo que alguien se haga la moderna o la romántica. Para mí no importan ni la edad ni la forma del cuerpo; lo que prevalece es la actitud”, señala.
La marca Jazmín Chebar lleva quince años en el mercado local, con una exitosa expansión al mercado internacional. La mujer y la empresaria, en cambio, vienen de más lejos: Jazmín nació en 1973, en Buenos Aires, y al parecer vino al mundo con el destino marcado de vivir rodeada de ropa. Sus padres eran dueños de la prestigiosa boutique La Clocharde, y desde que ella tiene uso de razón recuerda haber vivido rodeada de prendas, percheros y probadores. “En mi casa el sentido estético siempre estuvo presente. A mamá, si bien le interesa mucho la moda, nunca le gustaron las mujeres duritas ni pretenciosas a la hora de vestirse. Ella siempre remarcó que para verse bien había que estar relajada y yo heredé esa idea. Pero tanto mi papá como mi mamá me enseñaron que lo más importante de todo, hiciera lo que hiciera de mi vida, era trabajar y poner todo mi amor en eso”.
Por aquellos años, Jazmín tenía el sueño de salir al mundo para reinventarse. Así que cuando terminó el colegio, se mudó a Nueva York para estudiar Fashion Design en la Parsons School of Design y luego hizo un posgrado en Fashion Merchandising. “Estudiar afuera me sirvió para muchísimas cosas, pero considero que tuvo más incidencia en mi vida personal que en mi carrera. La universidad fue genial, pero acá en la UBA también se hacen cosas increíbles… Lo que rescato de la experiencia es que fue nutritiva: salía de mi cuarto y me sentía perdida en el centro del mundo; estaba sola frente a todos y a nadie en particular. Entonces, fue como volver a hacerme de acuerdo con mis gustos y posibilidades, lejos de aquello que los demás esperaban que fuera”.
En Nueva York Jazmín también trabajó para grandes marcas, como Valentino y Donna Karan. “Empecé de cero. En Valentino atendía el teléfono; mi frase de cabecera era ‘Valentino, how may I help you?’. Y en Donna Karan servía el café y contaba los botones. Pero aproveché la experiencia como una vidriera de lujo, en la que pude mirar y aprender todo lo que necesitaba”, cuenta, y asegura que en aquella época no se le pasaba por la mente siquiera crear una marca propia.
Pero la suerte estaba echada y al poco tiempo de volver a la Argentina estaba abriendo un local con su nombre frente al zoológico. Años más tarde, de la mano de su socio, Claudio Drescher (antes fundador y director de marketing de Caro Cuore y director ejecutivo de Vitamina), la empresa se expandió por todo el país y logró imponerse además en el exterior. “Fue una época de transición entre ser una diseñadora y convertirme en una marca. No es fácil y para lograrlo tiene que haber un clic. Hay que escuchar más a los que saben y dejar de lado el ego; abrir la cabeza, volverse accesible. La cuestión está en bajarse del pony y no pensar que el diseñador es el único que sabe, el que hace arte. Para que una empresa sea exitosa es tan importante el que diseña como el que lleva los números, el que atiende un local o el que distribuye”, destaca.
Jazmín recibió premios y menciones especiales por sus creaciones y, sin embargo, asegura que su momento de mayor placer es ver cómo las mujeres reinterpretan sus prendas. “De la ropa siempre me gustó que sea fácil, práctica, canchera. Nunca me intrigaron los diseños rebuscados ni la cosa despampanante. ¡Con el estilo de vida que tengo quiero estar cómoda! Linda y femenina, sí, pero nada más. Una cartera chiquita es imposible para mí: siempre ando con bolsos enormes llenos de cosas”, explica al respecto de su realidad como madre de tres hijos: Félix (8), Jaime (7) y Simón (4).
“Combinar trabajo con familia es difícil, porque uno está con muchas cosas en la cabeza. Todos los trabajos son parecidos en algo: la responsabilidad te ocupa. Gracias a Dios, tengo la suerte de trabajar de lo que me gusta, lo cual es un logro increíble. Antes de tener hijos, nada me gustaba más que quedarme en la oficina hasta cualquier hora. Después aprendí a dividirme y a duplicar esfuerzos, porque también me divierte estar lo máximo posible con ellos. Eso me hace correr un montón, obviamente… Igual, creo que soy una mejor mamá si trabajo y tengo una vida aparte de casa”, destaca, y antes que pensar a futuro, prefiere ir viendo paso a paso, como hasta ahora. “No sé si voy a seguir siempre en esto. Pero hoy puedo decir que estoy chocha de la vida”.
