En los últimos meses, los conceptos FOMO y JOMO ganaron espacio en redes sociales y en debates vinculados al bienestar digital. Ambos términos reflejan modos contrapuestos de relacionarse con la tecnología, en un contexto atravesado por la hiperconectividad y la exposición constante.
El FOMO, sigla de Fear of Missing Out, refiere al miedo a quedarse afuera de experiencias, eventos o situaciones que otros están viviendo. Esta lógica se expresa en la necesidad de mantenerse conectado de forma permanente, revisar notificaciones de manera reiterada y sostener una presencia activa en redes sociales para no perderse nada.
Especialistas señalaron que este comportamiento se asoció a mayores niveles de ansiedad, estrés y sensación de urgencia, alimentados por la comparación social y la presión por estar siempre disponibles.
Desde la psicología, indicaron que si bien el FOMO se popularizó en el discurso cotidiano, también fue abordado por la investigación académica: “En psicología, el FOMO se definió como una aprehensión persistente a que otras personas estuvieran viviendo experiencias gratificantes de las que uno estaba ausente, junto con el deseo de mantenerse continuamente conectado a lo que otros hacían”, explicó la psicóloga Sofía Florencia Karzovnik Scriffignano (M.P. 5628).
De acuerdo con la especialista, cuando el FOMO se activó funcionó como una señal de amenaza social que disparó conductas de verificación constante del celular. Si bien ese chequeo alivió el malestar en el corto plazo, cuando se volvió recurrente derivó en un circuito de dependencia y ansiedad.
En contraposición, el JOMO, Joy of Missing Out, alude a una lógica opuesta. El concepto refiere al disfrute consciente de elegir no estar presente en todo, priorizando el descanso, el tiempo personal y las actividades fuera de las pantallas, sin sentimientos de culpa.
“El JOMO puedo funcionar como una herramienta saludable cuando implica una elección intencional orientada al bienestar”, señaló Karzovnik Scriffignano, aunque aclaró que no toda desconexión resultó positiva. En algunos casos, advirtió, pudo encubrir conductas de evitación o aislamiento.
El debate se profundizó en plataformas como Instagram, TikTok y X, donde usuarios de distintas edades compartieron experiencias sobre el agotamiento que genera la conexión permanente y, a la vez, el alivio asociado a establecer límites en el uso del celular.
En este escenario, especialistas coincidieron en que el desafío consiste en construir una relación más equilibrada con la tecnología, que permita aprovechar sus beneficios sin que la conectividad se transforme en una fuente constante de presión o malestar.
