–Mami, el doctor atiende en el primer piso– me dijo la secretaria del consultorio.

Recuerdo esa primera frase como si fuera hoy, porque marcó un punto de inflexión en mi historia clínica. Hasta ese momento (en realidad hasta los nueve meses previos), las cosas eran muy diferentes: sólo me decían “mami” camioneros y muchachos de la construcción y mis consultas médicas eran por las múltiples afecciones inespecíficas que me aquejaban. Lindas épocas… ¡cuánto tiempo tenía incluso para padecer dolencias!

Pero ahora era una “mami” en sentido literal y estaba a punto de conocer a un pediatra, con lo específico que era eso para la psiquis de una futura madre.

Esa tarde, quedé mirando la escalera caracol, llamativamente empinada. ¿Qué necesidad? Transitarla con mi panza a punto de explotar me parecía una invitación a un auténtico parto en fecha. Transcurría la semana 38 de mi embarazo y evidentemente, el mundo había cambiado mucho. No sólo estaba por llegar a mi vida ese ser tan esperado (ignoraba entonces cuánto lloraría), sino que además me encontraba de repente haciendo algo impensado para mi cosmovisión de primeriza con ansias de relajada: había empezado una ronda contrarreloj para conocer futuros médicos para mi hijo. Y como tenía entendido que era parte del idilio preparto, había forzado al padre de la criatura a acompañarme a las consultas.

–¿Pero para qué vamos ir a un médico si todavía no nació el paciente?– preguntó él.

–¡¿Cómo para qué?! ¡Para ser buenos padres!– respondí tres tonos más arriba de mi hablar habitual, probablemente presa de otro de esos raros asuntos hormonales.

Así fue como llegó a mí el maravilloso doctor Ernesto. Tan amoroso y servicial que me creí capaz de huir de casa con mi panza y el kilo de helado que guardaba en el freezer (para vaciar “en caso de emergencia”) a cuestas. Quizás, si me casaba con él, recibiría atención pediátrica gratuita, las veinticuatro horas, de por vida. ¡Si hasta me regaló un chupetín al terminar la entrevista!

–Ojo, que es para él– dijo y señaló mi panza, guiñándome un ojo con una sonrisa.

–Ahora se lo doy– guiñé ojo yo también, con otra sonrisa.

–Ese chupetín tiene pinta de haber estado veinte años en ese frasco lleno de bacterias– dijo mi marido al salir del consultorio… ¿Celos?

Pero qué va, aparentemente las cosas no eran tan románticas.

– ¿Qué si está bueno tener un marido pediatra? Depende. Con las guardias y todo eso, lo veo menos que a vos– me dijo por teléfono una amiga radicada en Bariloche junto al pediatra en cuestión.

–Pero a tus hijos los revisa…–aseguré; no podía concebir otra opción.

– ¡Jua!- se escuchó al otro lado.

De esa manera me enteré que casarse con un pediatra no reportaba más beneficios que cajas y cajas con muestras gratis de ibuprofeno suspensión. “Welcome to reality!”, me hubiera dicho una voz en off si mi vida hubiera transcurrido en una sitcom norteamericana. Pero igual las muestras gratis no eran poca cosa.

Ah no, así no. Yo quiero un pediatra all inclusive, pensé, y desistí de la idea de pedirle matrimonio al doctor Ernesto. Pero, eso sí, después del parto volví a su consultorio, para estrenar mi obsesión de madre hecha y derecha. “¡Felicidades, doctor Ernesto! Usted ha resultado ser el elegido para soportarme”, tendría que haberle dicho. Pero para no perder un segundo de tiempo de la consulta, largué todas mis inquietudes sin repetir y sin soplar. Tiempo… ¡ya!

–Tiene unos granitos ahí… Y una costrita acá… ¡Ah! Y ese colorcito de allá, ¿es normal? –yo.

–No es nada–el doctor Ernesto.

Quedaba claro que, mientras que yo había contraído una extraña afición por los diminutivos, en la Facultad de Medicina la materia “Oratoria” no era correlativa de ninguna otra. De hecho, desde ese día en adelante el “no es nada” se convirtió en su frase de cabecera. ¿Todo era nada? ¿Y si nada era todo? ¿No quería explayarse un poco al respecto de semejantes contradicciones? ¡¿Pero dónde había quedado aquel querible galeno que me había regalado un chupetín de frutilla, con la promesa de interesarse al máximo por mis requerimientos maternales?!

– ¿Pero y viste la tos que tiene? ¿Y los mocos?

–Es un cuadro viral, hacele vapor.

No fueron pocas las veces que entré a Google para corroborar. “Mi hijo de seis meses tiene tos”. Enter. “¡Cuidado! Su bebé podría padecer neumonía asintomática”, encontré, entre otros múltiples diagnósticos, a cual peor, sí.

–Doctor, disculpe, ¿y cómo me doy cuenta si tiene neumonía?­– por teléfono.

–No tiene neumonía­. No es nada, tranquila mami.

Ahí estaba. Una auténtica charla entre el doctor “no es nada” y “mami”, la loca.

En fin. Esas cosas. ¿Quién no soñó con tener a disposición un pediatra recibido con honores en la UBA, más un posgrado en Harvard y, ya que estamos, un certificado de calidad sellado por la NASA?

–…y una preguntita más, ¿cuándo tiene treinta y siete y medio, es fiebre?…

Pobre doctor Ernesto. Qué ingenuo en eso de darme su celular durante aquella primera consulta. Lo primero que hice fue ponerlo como número free en el celular 😉