Existen padres que se resisten a las modas, me refiero a aquienes no creen que sus hijos necesiten un celular (y menos uno caro y complejo) a los 8 o 9 años de edad. O creen que no es oportuno que estén chateando o aferrados a la computadora a la medianoche (cuando es el tiempo en el que la mente y el cuerpo piden reposo). O están en contra de las “previas” regadas de alcohol y de salidas nocturnas sin horario de regreso. También descreen de viajes de egresados (en realidad apenas están ingresando en el torrente de la vida) cada día más onerosos, con destinos cada vez menos justificados y con ausencia de orientación adulta que les dé algún sentido. Tampoco creen que un “autito” (aunque sea usado) sea la recompensa adecuada para un adolescente que hizo lo que debía (terminar el secundario, por ejemplo) o que una fiesta de 15 para la nena deba ser algo parecido a la coronación de una reina, para no resultar menos que la amiguita.

Esos padres, los escucho a menudo, hablo con ellos, suelen tener argumentos sólidos, razonables y adultos, para pensar como piensan y para oponerse a lo que se oponen. Pero muchos de ellos (demasiados en mi opinión) terminan cediendo. Temen que, de lo contrario, sus hijos serán excluidos por los amigos y compañeros o que se conviertan en el hazmerreír de éstos.

Y aquí entra el querido Groucho ¿De qué “club” serían excluidos esos chicos? De uno en el cual la admisión depende de lo que uno tiene, de lo que uno muestra, de lo que uno hace y no de lo que uno es. El club de la ostentación, la exhibición, la transgresión, la ausencia de límites. ¿Es al que se quiere pertenecer? ¿No sería mejor ser miembro de un club más pequeño y modesto, en el cual las personas se valoran y respetan por lo que son, independientemente de lo que tengan o no tengan, hagan o dejen de hacer?

Pero no queda allí la cuestión. Si estos padres manifiestan con claridad ante sus hijos las ideas y los argumentos por los que están en desacuerdo con ciertas modas, tendencias y “exigencias”, pero luego terminan cediendo para que el nene o la nena no sean “excluidos”, o para que no anden con mala cara, o para que no los consideren papás “malos”, “amarretes” o “antiguos”, están educando peligrosamente. Les enseñan a sus hijos (a través del ejemplo, base de la buena o la mala educación) que los principios y los valores son negociables a cambio de una “inclusión”. Y si finalmente acceden por temor a que sus hijos los quieran menos, a que dejen de quererlos o a que les cuelguen el mote de “autoritarios”, estarán convirtiendo el amor en materia de transacciones. Todo será, al fin de cuentas, negociable. Un mensaje que refuerza los tonos más oscuros de una sociedad que cada vez más opera como mercado antes que como espacio de encuentro y desarrollo humano, y en la que las personas son cada día menos ciudadanos y más consumidores.

¿Qué pasaría si, finalmente, estos padres fueran coherentes con sus principios y tomaran el timón del vínculo con sus hijos marcando claramente los sí y los no para ayudarlos a crecer como personas autónomas, con valores y capacidad de elegir? Nada grave. No sobrevendría ningún trauma irreversible. Acaso esos chicos tengan menos amigos, pero serían amigos verdaderos (no meras “relaciones”) en un vínculo de persona a persona y no de consumidor a consumidor. Por otra parte, infancia y adolescencia son etapas breves y de transición, en las que se completan procesos de maduración y se comienza a forjar la identidad. No serán “excluidos” de por vida y de todos lados. Como padres criamos y educamos para una adultez madura y autónoma, no para una adolescencia eterna. La adultez es la etapa más larga de la vida, allí se definen los destinos y se plasman los sentidos de una existencia. Ser fieles como padres a nuestros principios como personas contribuye a entregar al mundo personas con valores del espíritu y no del mercado. Lo que el mundo necesita hoy ¿Cuál sería, entonces, la respuesta a la pregunta de Groucho Marx? No.