¿Vos también hacés todo mal? ¡Enhorabuena! Feliz coincidencia, entonces. Somos malas madres y a mucha honra. O a poca, en realidad, pero qué más da. Tampoco es cuestión de andar ventilándolo a los cuatros vientos, para que todo el mundo se anoticie de cuánto nos pesan nuestras propias miserias. Y para que después no vengan esas madres perfectas, graduadas sin título en la universidad de la vida, que conocen al dedillo todos los temas de crianza (¡y es que la pucha si leyeron libros sobre traer hijos a este mundo!) y nos digan que tal vez deberíamos correr más, comer menos carbohidratos, tener una baby sitter con cama y encontrar la armonía necesaria entre ser madres amorosas y ponerle la cantidad necesaria de límites a nuestros hijos. ¿Pero en qué quedamos, muchachas?
-Tu problema es que tenés la energía baja– dirán ellas.
Ja, qué plato. Mi problema, la verdad, es que tengo demasiada paciencia. Y poca valentía para responder:
–Sí, la energía baja y altas las ganas de huir en este mismísimo instante. ¡Adiós!
Y claro que me gustaría decir cosas así de contundentes, alguna vez. Pero no puedo, soy amable por naturaleza. Aunque sueño con ver sus expresiones de espanto de solo de verme transitar las calles llevando a mi hijo hecho un bollo en su cochecito destartalado (bueno, es que no salió de la mejor calidad… y además hubo que darle trajín “a la hora de las brujas”). Mientras que ellas llevan a sus bebés desde que nacieron a un quiropráctico, para evitar problemas a futuro. Con respecto a eso: si los problemas cervicales se gestan desde la más tierna infancia, necesito un buen abogado para hacerle juicio por malapraxis a mi mamá. ¡Seguro que me hizo dormir en colchones apelmazados que me arruinaron la columna!

Esas cosas, qué se yo. ¿Qué te estaba diciendo? Ah, sí, que soy mala madre. Quién no lo es, un poco, un rato. En algún punto, serlo hace bien al buen funcionamiento familiar: así, una va sumando defectos suficientes para que los hijos al crecer tengan material suficiente para recriminar todas las cosas terribles que su progenitora les hizo y que marcaron a fuego el acontecer de su vida, como por ejemplo…

A veces, ni siquiera es una cuestión de mala calidad intencional. Es de vida o muerte. O mejor dicho: son decisiones tomadas más por instinto de supervivencia, que por plena conciencia maternal. Como aquel fatídico mes de octubre en el que los cólicos transformaron a mi hijo en el monstruo de la laguna Ness. O en Nahuelito, si te gustan más las criaturas autóctonas. (Y si no me creés, porque te parece que tiendo a ser exagerada, podés consultar a mis vecinos sobre el tema).

Quien esté libre de pecado, que arroje la primera piedra. ¡Que yo tiro una roca de Mar del Plata o la piedra movediza de Tandil! Pero es que tengo a quien salir: a mí también me hacían cosas de las que hoy todavía puedo quejarme, como para no perder la oportunidad de ejercitar mi derecho a despotricar por deporte, elevando las banderas de ser hija.

Por eso, queridas madres perfectas, no rasguen sus vestiduras ni tiren, alocadas, de sus largos cabellos alisados. Sépanlo: hago lo que puedo. Porque les juro que a mí, ni por las tapas se me hubiera ocurrido la posibilidad de someter a mi niño a distracciones electrónicas a temprana edad. Pero cuando al borde de un ataque de nervios probé y descubrí sus poderosos efectos, ya no pude resistirme nunca más a la tentación de tener un respiro de esos que duran lo que un video de Youtube.

Vamos, amiga, valor. Tal vez te sirva de consuelo saber que yo tampoco estoy nunca a la altura de las circunstancias. Entonces se entiende cómo, de madres como yo y como vos, luego crecen hijos discontinuos, agobiados por los extraños vericuetos de la dialéctica. Chicos que no entienden por qué después de que una les revoleó una alpargata por la cabeza, reciben de nuestra parte un abrazo que los deja sin aliento. ¿Culpa? Tal vez. Más bien, incoherencia hecha y derecha, ¿no?

Gracias querida, una vez más, por acompañarme en estas líneas. Y si te dan ganas de sumarte a la causa de las mamis imperfectas, avisame que convocamos. ¿Qué te parece el siguiente hashtag para las redes sociales? #SoyUnaMadreDesastrePeroMeLaBancoyTengoAguante
Ah, las rimas, cosas de mi alma de poeta truncada por la falta de talento…
Sigan así y hasta la próxima 😉
