Ése era el título de una sección de la revista femenina Idilio que se publicó en Buenos Aires entre 1948 y 1963. En realidad, la sección de psicología duró hasta 1951, un total de 136 números. Durante esos tres años, mujeres de distintos lugares del país enviaban cartas contando sus sueños, las imágenes que las abrumaban mientras dormían, y la revista publicaba una interpretación. Una frase invitaba a las lectoras a enviar sus consultas: “Queremos ayudarle a conocerse a sí misma, a fortalecer su alma, a resolver sus dudas, a vencer sus complejos y a superarse”. El que respondía, ofreciendo una explicación a la consulta enviada era el “profesor Richard Rest”, en realidad era el seudónimo que usaban Gino Germani y Enrique Butelman. Ellos dos redactaban una interpretación y un breve consejo, para “Alma afligida”, “Madre de Dock Sud” o para “Resentida”, “Franca”, “Dora de Tucumán” o “Petigrin”, todos nombres de fantasía para no revelar la identidad de la mujer que escribía. Germani y Butelman fueron intelectuales reconocidos, el primero fue el creador de la carrera Sociología en la UBA y Butelman, el fundador de Editorial Paidós. La respuesta iba acompañada con una ilustración realizada por Grete Stern, una fotógrafa y diseñadora alemana de origen judío que debió exiliarse tras la llegada de Hitler al poder. Grete armaba fotomontajes para poner en imágenes el inconsciente femenino con un estilo surrealista y crítica social. Las láminas son dignas de ver: una mujer mirándose en el espejo con cara de terror y su cara desdoblada en varias facetas, otra flotando en el espacio entre planetas, un tigre enorme amenazante, alguien tratando de sostenerse para no caerse en un peñasco o una chica cargando una roca enorme subiendo la ladera de una montaña.
¿Cómo se representarían los sueños que tenemos hoy? Un tren que se va y no alcanzamos a tomarlo, un examen que hay que rendir y en medio del sueño nos acordamos de que ya nos recibimos, una ruta que se termina, un lugar al que hay que llegar y tomar el colectivo equivocado que va en sentido contrario… ¿Serán diferentes las imágenes con el paso del tiempo? ¿Soñaremos cosas parecidas a las que soñaban las mujeres de la década de 1940? ¿Serán sueños distintos los de varones y mujeres o el género no interviene en el inconsciente? Son preguntas que no tienen respuestas seguras, no hay manera de contrastar esos datos. Pero si miramos esas imágenes que acompañaban las cartas de lectoras podemos reconocer algunas sensaciones que setenta años después seguimos sintiendo. Probablemente la vulnerabilidad es propia de las personas, es un rasgo humano de todos los tiempos y se manifiesta en forma de sueños porque es el momento en que “bajamos la guardia” estamos menos alertas, más relajados y usamos esa vía para descargar miedos, inquietudes, tensiones.
El poeta Federico García Lorca, del que ayer se cumplieron 128 años de su nacimiento, usaba mucho la idea de lo onírico: “El sueño va sobre el tiempo/flotando como un velero. / Nadie puede abrir semillas / en el corazón del sueño.” Lo que flota, lo que no se puede prever ni manejar, los sueños siguen caminos sin que podamos dirigirlos, son nuestros, los habitamos, pero no los podemos controlar, hasta terminan cuando ellos quieren, aunque hagamos el esfuerzo de cerrar los ojos fuerte para seguir soñando.
A veces se usa la palabra sueño como sinónimo de anhelo, de cosa deseada, de ideal. Materializar los sueños, volverlos reales, que ocurran las cosas que soñamos, que se cumplan tus sueños… ¡mientras no sean esos en los que no se llega a tiempo y el corazón se agita!
Quizá el psicoanálisis ayude, quizá no pero preguntarnos cosas, seguramente ayuda a conocernos, a fortalecer el alma, a resolvernos dudas, a vencer complejos y a superarnos, tal como proponía la revista Idilio.
