Cada invierno, Mendoza vive una escena repetida. Las bajas temperaturas, las mañanas oscuras y las heladas hacen que miles de personas posterguen caminatas, deportes y hasta tareas cotidianas que implican movimiento. Lo que parece una respuesta lógica al frío tiene consecuencias mucho más profundas de las que solemos imaginar.
La ciencia explica que el organismo busca conservar energía cuando disminuye la temperatura ambiental. Desde una perspectiva evolutiva, el cerebro favorece conductas de ahorro energético: permanecer sentado, evitar salir y reducir el gasto calórico. Sin embargo, en una sociedad donde gran parte del trabajo ya es sedentario, ese mecanismo termina potenciando un problema de salud pública. Según la Organización Mundial de la Salud, el 31% de los adultos del mundo no alcanza los niveles mínimos recomendados de actividad física, mientras que la inactividad aumenta entre un 20% y un 30% el riesgo de muerte prematura por enfermedades no transmisibles.
En Argentina, el Ministerio de Salud recuerda que los adultos deberían realizar entre 150 y 300 minutos semanales de actividad física moderada, además de incorporar ejercicios de fortalecimiento muscular al menos dos veces por semana. Sin embargo, durante el invierno muchas personas reducen considerablemente ese tiempo.
Lo que ocurre dentro del cuerpo
Desde la biomecánica, el movimiento actúa como el lubricante natural del organismo. Cuando permanecemos muchas horas sentados:
- disminuye la circulación sanguínea;
- baja la producción de líquido sinovial que nutre las articulaciones;
- aumenta la rigidez de la fascia y del tejido conectivo;
- los músculos pierden elasticidad;
- disminuye la activación de los glúteos y del core, fundamentales para estabilizar la columna.
En invierno estos efectos suelen potenciarse porque el frío incrementa el tono muscular basal. El cuerpo permanece más “contraído”, especialmente en cuello, hombros y zona lumbar, favoreciendo contracturas y dolores mecánicos.
Desde la biomedicina también se observan cambios metabólicos. Al movernos menos disminuye la sensibilidad a la insulina, cae el gasto energético diario y aumenta el riesgo de acumulación de grasa visceral, uno de los principales factores asociados a enfermedades cardiovasculares.
El cerebro también entra en “modo invierno”
El sedentarismo no afecta únicamente al sistema musculoesquelético. La actividad física estimula la liberación de endorfinas, serotonina y dopamina, neurotransmisores relacionados con el bienestar emocional. Cuando disminuye el movimiento también suele aparecer:
- menor energía;
- mayor sensación de cansancio;
- peor calidad del sueño;
- aumento del estrés;
- menor capacidad de concentración.
La OMS destaca que la actividad física regular reduce síntomas de ansiedad y depresión, además de favorecer la salud cerebral y cognitiva.
El yoga: una herramienta respaldada por la ciencia
Lejos de ser únicamente una práctica de relajación, el yoga moviliza articulaciones en todos los planos anatómicos, mejora la propiocepción, fortalece la musculatura estabilizadora y estimula el sistema nervioso parasimpático. Desde la biomecánica, combina movilidad, fuerza y equilibrio. Desde la respiración, mejora la oxigenación. Y desde la neurociencia ayuda a disminuir la percepción del esfuerzo, facilitando la adherencia al ejercicio durante los meses más fríos.
No hace falta entrenar una hora. Con apenas 10 o 15 minutos diarios ya pueden observarse beneficios sobre la movilidad, la circulación y el estado de ánimo cuando la práctica es constante.
El desafío del invierno
Moverse durante el invierno no significa salir a correr bajo cero. Significa interrumpir el tiempo sentado, caminar algunos minutos dentro de casa, movilizar las articulaciones al comenzar el día o realizar una breve rutina que active los grandes grupos musculares.
Porque el frío no inmoviliza al cuerpo. La inmovilidad aparece cuando dejamos de movernos. Y justamente ahí comienza el verdadero problema.
