El martes 6 de agosto de 2013 quedará para siempre grabado a fuego en las entrañas de Rosario, mi ciudad. Fue el día en que explotó un edificio por una negligencia compartida entre varios, poniendo fin a la vida de 21 personas, hiriendo a muchas más y dejando a decenas desposeídas y desalojadas.

En el momento de la tragedia, sólo ayudé con mi cautela y silencio para favorecer la remoción de los escombros en búsqueda de sobrevivientes y aporté una pequeña contribución monetaria… Casi nada comparado con lo que hicieron rescatistas, bomberos y otros voluntarios que le regalaron su vida a esa cuadra por una semana entera.

Recordé por ellos el lema de la fundadora de la congregación encargada allá por el 1800 de recoger niñas y adolescentes desamparadas y darles un hogar y un propósito, las Hijas de Nuestra Señora de la Misericordia, Santa Josefa María Rosello: “El corazón a Dios y las manos al trabajo” y entendí en el esfuerzo de esos seres especiales la fuerza exacta y simple de su literalidad.

Cuando nadie creía que el panorama podía ser peor, el sábado siguiente hubo otra tragedia producto de la negligencia: en el parque más grande y bello de la ciudad, uno de los canastos de la rueda gigante se desprendió trayéndonos más muerte, horror y angustia.

Ahora pienso que el parque de diversiones era casi lo único abierto y funcionando ese sábado cuando la ciudad entera estaba “cerrada a la alegría” y a los festejos y la desgracia lo envolvió y vistió de negro, cobrándose la vida de dos niñas.

El lunes 12 de agosto, las sirenas anunciaban que terminaba la labor de búsqueda y comenzaba una nueva etapa: la reconstrucción, bendiciéndola con las lágrimas de todos los que participaron en las tareas de rescate.

Hoy puedo decir que no conocía personalmente a ninguna de las víctimas ni a sus familias, sólo referencias remotas. Soy, como la mayoría, una de las menos afectadas de la ciudad. Aun así, todos los que habitamos esta urbe estamos desde entonces invadidos por una sensación de tristeza, impotencia y miedo. Cuando hablamos del tema, tenemos un nudo en la garganta y un pesar en el alma que nos hermana.

Y aún así, late.

“Rosario Es pura y exclusivamente por el esfuerzo de los rosarinos” dijo una vez una de mis profesoras en una clase del posgrado de Derecho Inmobiliario y Urbanístico de la facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Rosario, y la frase pasó de largo para casi todos pero algunos pocos resonamos con ella y estos son los momentos en dónde creo adquiere su mayor sentido.

Para el que no conoce Rosario, basta con decir que la llamada “zona cero” está enraizada en uno de los paseos más hermosos y elegidos por todos nosotros, los rosarinos, que los fines de semana solemos deambular por allí con niños, bicis y mascotas, aprovechando los beneficios de una ordenanza municipal que convierte la calle en peatonal.

Reconozco con orgullo que mi ciudad es la segunda ciudad más importante del país (o tercera, dependiendo si quien lo dice tiene cantito al hablar o se come las “s”, en una folclórica competencia con Córdoba); pero lo que la enaltece es que se hizo desde su propio fondo, emergiendo desde sus inicios precarios como simple paraje de carruajes y carrozas, sin acto fundacional ni fundador, sin ser capital de provincia (aunque más de uno haya reprobado geografía por caer en ese error), sin demasiados adeptos más allá de los que se enamoraron del lugar y se quedaron a proveer a los “que pasaban” y, claro está, del General Manuel Belgrano que eligió las orillas del Paraná a esta altura para enarbolar nuestra bandera patria.

El esfuerzo de los rosarinos, que sigue manifestándose cuando albergamos a miles de estudiantes de los alrededores en nuestras universidades y le damos abrigo, contención y en algunos barrios todavía unas siestas silenciosas apenas interrumpidas por la corneta del churrero, ese mismo que en verano pasea ofreciendo helados.

Si Rosario pudo levantarse del anonimato y la precariedad de ser apenas un paraje de paso para convertirse en una urbe orgullosa de sus bulevares y avenidas, de su costanera, de su río, de su Parque Independencia y otros igualmente maravillosos, de sus grandes equipos de fútbol, de un puñado generoso de artistas, científicos, legistas de renombre y profesores reconocidos mundialmente, entonces no dudaré en vaticinar que de esta catástrofe sin precedentes, mi ciudad saldrá airosa, pintándole a la tragedia una sonrisa.

Rosario sangra y sana por autogestión, ayudada también por sus hermanas cercanas, las ciudades lindantes que para el rosarino son casi como sus barrios, si a ellas se llega por nuestras calles más importantes! Y recíprocamente, todos los que pueblan los alrededores quieren a la ciudad como cualquiera lo hace con su madre luego de emanciparse.

Rosario fluye con su río y vibra con su gente…

Se nutre del Paraná, que la abraza en casi todos sus puntos cardinales.

Boulevard Oroño, ese por el que viajando al sur llegamos a Buenos Aires, nace en el vasto torrente de agua dulce que nos malcría y nos muestra diferentes paisajes; su cantero central alberga, además de los ojos tristes que miran el horror de lo sucedido, la alegría y la cultura de nuestra sociedad local: he visto sobre él peñas y festivales, manifestaciones, salidas en familia, deportes, egresados de colegios y facultades festejando ese último examen aprobado, patines, triciclos, bicicletas y mate…

¿Cómo nos levantamos de esta? De un ladrillo a la vez. El ser humano en su expresión más sanadora y reparadora… sobre los escombros sucios, limpiando, buceando, buscando.

Para terminar, cuento una anécdota luminosa en contraste con la oscuridad vivida: en su ardua e impecable tarea, los rescatistas encontraron entre los escombros retorcidos a un canario en su jaulita pertrecha y a dos peces en una pecera milagrosa que, vaya a saber uno por qué leyes de la física, lograron sobrevivir.

Contaron entonces que eran las mascotas de una familia de una vivienda lindera al edificio derruido que había sufrido daños materiales totales: una familia que pierde todas sus posesiones materiales pero conservó “LA” Vida.

Con esa imagen elijo quedarme porque desde la vida todo es posible. Lo sucio puede limpiarse, lo roto arreglarse, lo demolido reconstruirse… La desposesión es sólo mental, todo lo que realmente necesitamos lo tenemos “puesto”: aire en los pulmones para respirar hondo y no sucumbir, manos fuertes para reconstruir, acariciar, abrazar y ceñirse a la esperanza, ojos para ver el futuro, piernas para caminar el presente, mente para redoblar la apuesta y corazón para darnos el valor y coraje necesarios para aferrarnos a la vida, desde la vida misma.

Fotos: Diego Bontempo.