Hay rastros de encierro en Plaza Mayor. O preparativos para uno, que tendrá lugar a finales de julio. Toros y novilladas. Nos persigue un calor agobiante recorriendo el pueblo al sol. Los chicos se cansan, se quejan, tienen sed. Sólo hay que llegar al Parador, pienso. Quedan unos pocos metros de callejuelas empedradas, el ceño arrugado, la piel húmeda, el bolso pesado. Y una escalera despareja y empinada, de bloques de más piedra mejorada por los años y el uso. Al fin, arriba, el premio. El paraíso. El aire fresco de la galería sombreada. La música cristalina de la fuente del centro del claustro. Un laberinto fragante: buxus, rosas, glicinas. Sprite con hielo. La magnificencia del convento agustino que hoy es Parador de Chinchón -con sus fantásticos azulejos y esculturas- parece un sueño. Así de mágico es Chinchón.

Para que entiendan por que ejerce sobre mi tal magnetismo este pueblo, que está a escasos 50 kilómetros de casa, no basta con mostrarles fotos de su divinisima Plaza Mayor, ni del retablo de Goya que preside la nave en Nuestra Señora de la Asunción. O del convento que acabo de describirles a pura sensación. Lo entenderían mucho mejor si les cuento que un día de finales de febrero, hartos ya de que Madrid nos recibiera con el invierno más húmedo de los últimos treinta años (lluvia y más lluvia en una ciudad que se insinuaba maravillosa), gracias a Dios, salió el sol. El cielo celeste, esa luz única de los climas secos. Por casualidad, enfilamos para uno de los pueblos que nos habían recomendado conocer. Y esa incógnita, que localizamos con el GPS entre miles de posibilidades, nos alegró el día, la semana, el alma abatida por la emigración: nos reconquistó España de la mano de Chinchón. Porque esa ciudad -título que le concedió Alfonso XII en 1916- tiene magia.
La joya de Chinchón es, sin lugar a dudas, su Plaza Mayor. Esta plaza de terreno irregular, rodeada de edificios de tres pisos con balcones de madera pintados de verde, fue proclamada la cuarta maravilla del Patrimonio Cultural Material de la Comunidad de Madrid por voto popular en 2008. Y agregan los locales que es “una de las más bonitas del mundo”, ya sin citar la fuente que así la declara. Es que, de verdad, es maravillosa. Ordenada, espaciosa, alegre, con una fuente tan elegante y una tropilla de burritos para darle una vuelta.

Miren los banderines que cuelgan para resaltar aún más su belleza.

Se puede comer en la Plaza Mayor y también fuera de ella. Me encantó La Casilla porque el menú es correcto y el lugar único, con sus cuevas subterráneas con enormes tinajas del célebre anís de Chinchón.
Chinchón ha sido testigo de toda la historia de España, ya que se han encontrado asentamientos humanos de la época del Neolítico (estamos hablando de 7.000 años AC), pasaron los romanos dejando rutas y caminos, los árabes y sus sistemas de riego y, desde el inicio de un sistema político mas actual, cabe destacar que tuvo una íntima relación con la monarquía. Los Reyes Católicos, por su lealtad a la causa isabelina, nombraron señores de Chinchón a Andrés de Cabrera y Beatriz de Bobadilla. Ella era la mejor amiga de la reina Isabel y su marido, un converso que se desempeñaba como tesorero real. En este mundo globalizado, me atrevo a recomendarles una serie de televisión para ponerle caras y “novela” a estos datos históricos, que fue furor en España y está disponible online y gratis en la página de Televisión Española: www.rtve.es. Se llama Isabel, y estamos todos esperando el estreno de la tercera temporada, hasta los actuales reyes fueron al estudio a conocer a los actores y se confesaron fanáticos de la serie! Pero además de ellos, la ciudad sufrió daños en la Guerra de Sucesión, la visitó Juana la Loca… si estos muros hablaran!
Vale la pena pasar por el Castillo de los Condes por las vistas, porque no puede visitarse. Y por la Torre del Reloj, que es lo único que se reconstruyó de la antigua Nuestra Señora de Gracia, incendiada por tropas francesas. Y cómo está al lado de la espectacular Nuestra Señora de la Asunción, dice el refrán que Chinchón tiene una torre sin iglesia y una iglesia sin torre. Desde allí, se ve toda la ciudad, sus tejados y su horizonte agrícola.

De recuerdo, podemos llevarnos a casa algunas especialidades de las hermanas clarisas del Convento de la Purísima Concepción. Las pastas del almendra son riquísimas.
