Divorciar significa separar judicialmente un matrimonio. Con frecuencia, cualquiera de los integrantes de la pareja suele efectuar, entre las múltiples medidas cautelares, una particularmente llamativa. Consiste en cambiar la cerradura de la puerta del que fue el hogar para impedir el ingreso del cónyuge. Curiosamente, en estos días, el señor interventor de un reconocido y tradicional partido político procedió solemnemente, cual real cerrajero, a efectuar la clausura del edificio del comité, dando por terminado el romance, digamos, por incompatibilidad de caracteres.

    Mi ingenua pregunta es: ¿quién se quedará con la llave? Tengo la curiosidad de saberlo, pues el amor que se profesaron durante históricas luchas políticas de golpe se transformó en odio. ¿No será que las miserias humanas como los celos, las envidias, los apetitos y las mezquindades han calado tan hondo que ahora parecen indignados rivales? La ciudadanía observa desconcertada cómo a nuestras espaldas se cocinan tenebrosos pactos y nombramientos a puro dedo. Qué habrá sido de aquella gauchesca frase usada en infinidad de discursos: “Cuando se pelean los de adentro, los devoran los de afuera”. Parece que los votantes seguimos siendo convidados de piedra.

    Rescatemos una expresión histórica: “El pueblo quiere saber de qué se trata”. ¿No nos estarán haciendo cruzar el río sin botas? O, tal vez, querrán hacernos creer que los sigamos, que no nos van a defraudar. O aquello de que el pueblo no se equivoca. Ellos también, se supone, son parte del interés común, como especifica la Constitución. Observarán que, de paso, me he referido a lemas de varios partidos de dispar ideología. ¿No seré apolítico, resultando como la bosta de paloma, no oliendo ni bien ni mal?