Madrid es inagotable y es mucho lo que me queda por descubrir, observar, presentarles. Existen aquí villas diminutas, perdidas en la sierra y en el tiempo pero llenas de vida, en las que la historia se conoce de manera más accesible, más cotidiana. Constituyen un universo fascinante, que me gusta recorrer en familia y también para ustedes.
Este sábado fuimos a Pedraza, una villa medieval amurallada ubicada en la localidad de Segovia, a 130 kilómetros de Madrid. Llegar a ella ya es un deleite, porque el paisaje bien castellano que la precede, el de la Sierra de Guadarrama, con sus vacas (de carne con denominación de origen) y sus toros bravíos en parcelas delimitadas por piedra es impresionante. En invierno -pasamos ahí Año Nuevo, pleno frío- y en verano, siempre cautivante el camino. Y al final, parece estar esperándote en la cima de la sierra, apurando los últimos preparativos detrás de su muralla a la que se sortea por una única puerta, para luego desaparecer y dejarte solo, admirándola.

Todas las calles angostísimas llegan a la Plaza Mayor, con su Ayuntamiento y la románica Iglesia de San Juan (que ay! sólo abre para la misa, muy difícil de visitar), varios bares y restaurantes en los que se impone sentarse a comer el cochinillo segoviano o cordero lechal, hechos en horno de barro. El Yantar de Pedraza, que balconea sobre la Plaza, tiene muy buena cocina y gran servicio, es una excelente opción para almorzar en este pueblo. Entre los locales hay una juguetería increíble, Crepundia, con juguetes de latón y cuerda que son maravillosos.

También está la Cárcel, a la izquierda de la puerta de acceso, en una torre vigía. Espiamos raudamente los tormentos a los que se sometía a los presos en aquella época -muchas veces por delitos menores o inexistentes- y recordamos a Edmundo Dantés y sus aventuras.
El gran pintor vasco Ignacio Zuloaga Zabaleta cumplió en Pedraza el sueño del castillo propio. Verdaderamente, compró un montón de ruinas arrasadas por la guerra y los años y le devolvió su esplendor convirtiéndolo en su casa y taller. El castillo fue inicialmente una fortaleza romana, del año 1200 y luego ampliada y engalanada por quienes fueron los señores de Pedraza en la jauja de la lana -que competía en calidad con la lana de Flandes, de ahí su gran valor-, los Fernández de Velasco, que le agregaron el muro y el foso de defensa y una torre de homenaje que debe haber sido exagerada ya que los Reyes Católicos la mandaron mochar. Amigo de Ortega y Gasset, Manuel de Falla y hasta de nuestro Enrique Larreta, Zuloaga fue el pintor de los toreros, muy aficionado a los toros a pesar de ser del Norte, retratista de Andalucía y torero frustado que toreó novilladas en Sevilla. Nos contaba el guía que recientemente han descubierto túneles subterráneos que salen del castillo hacia el río, presumiblemente para escapar de los asedios que eran la forma de tomar estas fortalezas, y nuestra imaginación echa a andar.
Pero volvimos este sábado porque se celebraba el Concierto de las Velas, mágica noche de Pedraza. Las 45.000 velas que adornan la Villa parpadean. Los locales reparten candelas y todos los visitantes -los chicos en especial- se divierten encendiendo las lucecitas que forman palabras, dibujos, personajes, caminos. En el castillo espera una orquesta que llenará de música la noche de julio y la luna llena presidirá ese festival de luces e historias.

