1. Vas a tener que escuchar todo lo que el resto de las madres tiene para decirte.
Aunque quieras, no vas a poder zafar de las mamis. Ellas están por todas partes, agazapadas como esas bacterias que no vemos. Plazas, salidas del colegio, consultorios de pediatras, fila del super… Y siempre tienen algo para contarte que te hace sentir miserable. Sus bebés duermen, el tuyo no. Sus hijos son buenos alumnos, el tuyo anda todo el día papando moscas. A su entender, vos sos demasiado permisiva o castradora o estás fuera de onda. “Se te nota demasiado estresada. ¿Por qué no te relajás un poco?”, pueden llegar incluso a decirte.
2. Pero a vos la gente no quiere escucharte todo el día hablando de tus hijos…
Ni lo intentes. ¿Para qué alejar a los demás seres vivos de tu lado? Dejá esas preciosas foto de tus gordos que tenés guardadas en el celu para que la vean sólo los parientes y amigos más cercanos. Y hasta por ahí nomás. Porque incluso muchos de ellos pueden llegar a bostezar varias veces al oír tus anécdotas “graciosas” sobre cómo Luli se comió un caramelo con papel y ni hablar de la cara de horror que van a poner si les decís que tenés un nuevo video de Toto bailando en calzones para mostrarles (que dura 53 minutos, además). Dale, el ser humano es un animal social, no te prives de ese beneficio.
3. Que no te confunda el marketing maternal: traer un hijo al mundo es maravilloso y a veces también un incentivo para querer huir.
No te engañes ni dejes que lo haga el engranaje multicolor de la cultura materno-infantil, con sus muestras gratis de optimismo. Sí que es lindo tener hijitos, cómo no. Y claro que estás feliz de la vida y no cambiarías por nada tu situación actual. Pero… un martes a las doce y media de la noche, cuando esos chiquilines divinos no se duermen con nada y saltan a tu alrededor como los caciques enfurecidos de una tribu caníbal, ¿no te tomarías un avión a Toronto? Ojo que la cacciola y la bicisenda también sirven a los efectos de salir cuanto antes de la vida materna.
4. Ese bebé, regordete y sonriente, que solías ver en las publicidades de pañales, a veces no es el mismo que te toca en suerte.
No digo que eso tenga que pasar, porque nada más lejos de mí que querer ser pájaro de mal agüero. Sin embargo, es mi deber cívico y moral contarte que tal vez puedas encontrarte frente a frente con otro tipo de bebé al volver desde la sala de parto hasta tu casa. Si te sirve de consuelo, mi hijo lloró alrededor de nueve meses a pulmón desplegado. Primero por los cólicos, después por la angustia del tercer, quinto y octavo mes (y del cuarto, sexto y séptimo, también). Tanto, que sentí que bautizarlo “Félix” le había jugado en contra.

5. Nunca vas a dejar de preocuparte por tus hijos. ¡Nunca!
No es una maldición, es una realidad. ¿O no estás llamando cada dos por tres a tu casa para ver cómo están cada vez que salís a cenar (que justo coincide con los años bisiestos) o te retrasás en el laburo? Y la preocupación es con garantía extendida: no importa qué edad tengan, cada cosa que les pasa te carcome el corazón. ¡Si incluso los defendés en tantas causas perdidas!
(Ah, y esto vale también para esas tías, seres que de repente empiezan a interesarse por saber cómo les fue en el pediatra a los hijos de sus hermanos o de sus amigas. Hermosas…).
6. Dormir, vas a volver a dormir algún día. Pero ya no va a ser como antes.
Quizás no lo recuerdes ya, pero hubo un tiempo (que fue hermoso, sí) en el que dormías como un lirón, si los lirones duermen lo que vos en aquella época de camas comodísimas: las de la soltería. Sin importar donde estuvieran, ni la marca del colchón, le pegabas derecho como nueve horas sin parar. Nada más para decir al respecto, salvo preguntarte: ¿No sabés dónde está la rueca que dejó knockout a la bella durmiente? Necesito posar ya mismo mi dedito ahí.
7. Ser madre te da muchas certezas y te plantea algunas dudas.
Las certezas: amor incondicional, felicidad sin fin, disfrute pleno de la vida, hasta en su más mínima expresión. ¡Si hasta una invasión de hormigas en la cocina te parece genial, al ver la escena a través de la expresión de asombro y alegría con la que la observa tu hijo!
Las dudas: ¿en qué estabas pensando cuando te embarcaste en un proyecto así sin contemplar la opción de revolear un par de repasadores por el aire cada tanto?
8. Tener un hijo te cambia la vida. Tener dos…
Yo no lo sé fehacientemente, pero me lo contaron quienes pasaron por la experiencia. Gente que asegura que se trata de algo indescriptible. “Al segundo hijo te separás sí o sí”, me espantó alguien, ya ni recuerdo quién, porque al fin y al cabo todos a mi alrededor reincidieron: tanto mis hermanas, como amigas y colegas. Algunas, incluso, con el fabuloso (y aterrador) número de… tres. ¡Y hasta cuatro!

9. Tu mamá es una maravillosa postal de lo que podrías llegar a ser en algunos años.
Ella es un amor, se sabe. Y nadie en su sano juicio te pediría que la critiques acá, porque ése es un trabajo sumamente rentable que hay que dejarle a tu terapeuta. Pero decime la verdad: ¿no te espanta tener la –al menos remota- posibilidad de ponerte tan instensa como tu madre con tus propios hijos? Sabelo: el mismo día que les digas una de sus frases matadoras para hacerlos sentir culpables, estás frita.
10. Cualquier plan con tus hijos es mucho mejor si estás tranquila y de buen humor.
¿Para qué inventar un picnic en el Parque Pereyra Iraola si andás a pata, llueve y acaban de decirte que no te van a aumentar el sueldo? Tranquila, ya van a soplar vientos que te despeinen un poquito menos. Mientras tanto, una peli en casa es siempre un plan divino.

