Hay personas que se expresan con la mirada. Otras cuyo vehículo son las palabras, los gestos, las inflexiones de la voz. Y después están las que se comunican con el cuerpo entero: esa es Mabel Dai Chee Chang, coreógrafa argentina de padre chino y madre suizo-alemana, dueña de una impronta que rehúsa clasificaciones. 

Vientos rojos, A punto de ebullición, Como agua que fluye: las obras de Mabel tienen la particularidad de despabilar la mirada. Nada es lo que parece; cada gesto, cada movimiento de sus bailarines muta y se transforma antes de que el ojo pueda capturarlo y catalogarlo.

En Como el agua que fluye, obra estrenada en Teatro San Martín hace dos años, desplegaba en escena unas mujeres-pájaros que se armaban y desarmaban, se enfrentaban y se fundían unas con las otras en hipnótico contrapunto. 

Como se intuye viendo sus obras, la formación de Mabel es heterogénea. Si bien estudió danza contemporánea con maestros de la talla de Ana Itelman y Renatte Schottelius y actuación con Carlos Gandolfo, también recorrió caminos alternativos como el yoga, el tai chi chuan, la eutonía y el contact. Redondeó su formación en rincones remotos del mundo: gracias a una beca de la Fundación Antorchas pasó un año estudiando danzas rituales en la India, y otro año aprendiendo de eminencias en Holanda.

Pero Mabel no pone el foco en lo académico. “Desde mi mirada, la danza no tiene que ver con pasos pre-establecidos o técnicas a las que se accede a través del pensamiento. El cuerpo, todos los cuerpos, naturalmente danzan, vibran, gritan, y de este modo existen. El movimiento de un cuerpo es su identidad”, subraya.

En su faceta de maestra Dai Chee Chang invita a sus alumnos a descubrirse en cada movimiento. Y completa el desafío sumando el sonido, en talleres que bautizó, enigmáticamente, “Cuerpo sonoro”. Quien piense que la voz sólo sirve para enhebrar pensamientos se sorprenderá en sus talleres aullando, gritando y poniéndole el cuerpo a sentimientos ocultos o desconocidos.

“Tanto en mis obras como en mis clases, la danza no está restringida al ‘bailarín’ sino que se construye como una herramienta vital para todo aquel que desee bailar desde sus deseos, necesidades y posibilidades.”

Esta libertad queda en evidencia en estas imágenes de su taller “Cuerpo Sonoro”; te invitamos a verlas. 

¿Cómo se siente crear una coreografía?
Se parece a caminar a oscuras, tener los ojos tapados y tantear, tentar, jugar y perderse. A veces es sólo un espacio vacío y un signo de pregunta flotando. Otras veces aparece una certeza. Y hay movimientos e imágenes que vuelven, insisten; me ha pasado de elegir movimientos que estuvieron años esperando a ser descubiertos.

¿Por dónde empezás a buscar?
Por mi propio cuerpo, a veces frente al espejo. Escucho sensaciones, doy lugar a lo instintivo, a los impulsos, al juego. Cualquier cosa puede ser el inicio de una idea coreográfica, todo es válido: un verbo, una foto, una música, un objeto. Cuando aparece algo que me interesa, tiro del hilo y me dejo sorprender.

¿Y qué objetivo perseguís en tus clases?
Que mis alumnos se abran al gozo de expresarse, de dejar que sucedan cosas. Que lo que está guardado, dormido, muerto casi, se despierte. Cuando alguien suena o se mueve evoca una geografía. Ver cómo esa geografía se despliega es fascinante.

¿Por qué es importante que todo el mundo busque esta conexión con el cuerpo?
Creo que para todos es importante estar presente en la casa-cuerpo, y la danza es un buen puente para lograrlo. Pero también lo es canto, la música en general.

¿Qué te dejo tu experiencia de baile en la India?
La importancia de lo ritual. Allí la danza tiene un sentido religioso, está dedicada a los dioses. Pero no como algo lejano sino como una forma de gracia y de festejo comunitario. El saludo “Namasté” significa “Mi divinidad saluda a tu divinidad”; esto lo expresa todo.

Quienes asisten a sus clases dan cuenta de esta influencia, o acaso esta confluencia que la inspiró a elegir ese destino. Hay hasta en sus clases de yoga una intención de explorar el cuerpo pero a la vez de trascenderlo, dedicando las prácticas a un ser querido que lo necesite, vivenciando el trabajo con amor como una forma de entrega.

¿Podrías sugerir un ejercicio simple para ayudar a quien no baila a reconectar con el cuerpo?
Podría simplemente acostarse en el suelo boca arriba, exhalar vocalizando una ‘A’ larga, y dejar que el cuerpo respire por cada célula. Luego inhalar por la nariz, recibiendo oxígeno y nueva energía, y agradecer ese alimento, tomando conciencia de que ese aire estuvo en millones de seres antes que en uno y que estará después en millones de cuerpos más. Este ejercicio nos recuerda la conexión con otros y con el universo entero. El cuerpo es el vehículo. Pero es un gran vehículo, porque el cuerpo está vivo. 

Les dejamos un ejercicio de Tai Chi que Mabel demostró para todas ustedes:

Para conocer más de su obra, sus clases y talleres, sugerimos visitar su blog:

http://mabeldaicheechang.blogspot.com.ar/