La semana pasada tuve una perdida grande y cerré por duelo. Y de alguna manera, es por eso mismo que vuelvo a levantar las persianas hoy. ¿Cómo pretender que ese aguijón clavado en el alma ya no pinche y, sin embargo, qué sentido tendría intentar sacarlo de ahí o con qué pinzas podría hacerlo?
Por eso te pido “gancho”. Porque sé que este es un espacio en el que nos íbamos a reír juntas de la maternidad y de sus avatares y no está en mí querer entristecerte, nada más lejos. Pero acaba de irse mi papá y entonces debo confesar que esta vez me gustaría quedarme así, bien chiquita, siendo hija un rato acá.
Así que voy a intentar escribir algunas palabras sobre él. Aunque en realidad sienta que me convertí en una analfabeta de lo que en realidad pienso, o siento, qué se yo.
Para que lo conozcas, si es que no tuviste oportunidad. O para que lo recuerdes, si en cambio llegaste a cruzártelo por ahí, con su andar despatarrado y la sonrisa pícara. Para que quede constancia (hacia la posteridad, o mejor, hacia una trascendencia “medio pelo”, como le gustaba definir a él) de que era un ser entrañable que marcó la vida de un montón de gente. Un tipo extraordinario y lleno de defectos que podía hacerte morir de risa con sus ocurrencias.

“Sidoti Juan Carlos fue un genio incomprendido”, escribió sobre sí mismo, una vez, en el archivo abierto de mi computadora. Lo hizo jugando, en junio de 2009 y yo recién lo vi al rato, pero me causó tanta gracia la travesura. No le dije nada, pero como me dio ternura la frase tuve el buen tino de guardar ese DOC con el nombre “Papi” en la carpeta Mis Documentos.

Ahora que vuelvo a leerlo mientras busco -como una coleccionista de momentos- todo aquello que pueda acercarme de nuevo a él, sus palabras asumen un significado nuevo y movilizante. Del mismo modo que todos esos recuerdos que antes sólo eran detalles mismos de la vida y ahora se convierten en cofres enormes, llenos de sentidos nuevos y de ausencia.
Pero es cierto: mi papá fue un genio. Lo fue, al menos, para mí. A través suyo aprendí a disfrutar de las flores en primavera, a sacar fotos sin que me temblara el pulso, a nadar “estilo perro” y a considerar que el sol del atardecer podía convertir en oro todo lo que tocaba a su paso.
Con él escuché por primera vez a Beethoven y también a Peter Gabriel. Y en sus charlas de domingo descubrí que existían Sartre y Kafka. Por ejemplo, un recuerdo que me viene de repente a la cabeza es que en las noches de tormenta nos sentaba al pie de la escalera a media luz para leernos, a mis hermanas y a mí, cuentos espeluznantes.
-Hoy: El gato negro – presentaba la función con tono tenebroso y sin siquiera saber de qué iba, nosotras ya empezábamos a gritar del miedo.
En su voz también escuché por primera vez hablar de átomos, de moléculas, de eclipses de luna y de sol; de Desaparecidos, de astronautas en el espacio y de la Unión Soviética unida y desguasada. Vimos juntos muchas películas: desde The Wall y La Naranja Mecánica, hasta La Novicia Rebelde y Mujer Bonita.
Con mi papá entendí lo feo que era pelear, pero también cuánta felicidad podía dar reconciliarse después. Entonces nos comíamos juntos unos sándwiches de salame con manteca.
Lo vi indignarse con los gobiernos de turno y escribir cartas a los diarios en contra de todos los políticos habidos y por haber. Lo vi decepcionarse frente a la dejadez, la desidia y esa eterna escasez de recursos humanos para cambiar, de una vez por todas, un mundo injusto.
-En este país cuesta hasta sufrir –me dijo una tarde, con conocimiento de causa: era psiquiatra.
A mi viejo lo perdían los libros, todos ellos, y los boletos capicúas. Le encantaba salir a caminar sin destino cierto, estar al sol o quedarse en el agua hasta que se le arrugaban los dedos. Le maravillaban los animales solitarios, los bichos con muchas patas, las piedras de formas extrañas y los árboles. Era un perfeccionista de temer, un apasionado de las charlas largas. Y un defensor a ultranza de las comidas servidas en porciones abundantes y, especialmente, de las bondades del vino tinto.
Está comprobado científicamente que hace bien –decía con un guiño y se servía otra copa.

Ahora que lo revivimos a cada instante junto a su esposa y mis tres hermanas, nos damos cuenta de que lo que le gustaba, en definitiva, era la vida. Y que la disfrutó a pleno y rodeado de mujeres. ¿Qué mejor?
Porque le fascinaba haber tenido cuatro hijas (de tres matrimonios distintos, hay que decirlo), aunque muchos se reían de él como si hubiera sido víctima de una rara maldición, o algo así. A lo mejor él nos quería “nenas” y no “varones” porque no le interesaba mucho el fútbol ni el rugby ni el boxeo. O quizás nos amaba tanto porque él era un hombre admirado de la fuerza inagotable de lo femenino.
Por todo eso, por esta vez, me quedo hija. Una de esas orgullosas de haber tenido un padre que dio pelea.
Y a vos Pa: gracias por la magia.
A la memoria de Tato, que nació el 10 de noviembre de 1942 en La Plata y se fue ahí mismo, después de regalarnos una hermosa tarde de sol y risas, el 12 de septiembre de 2013.
