Foto: Gemini

Cuando el hijo de Anabella ya se puso mayorcito, a ella se le hacía complicadísimo ayudarlo con la tarea escolar. Algunas materias sobre todo. Tenía la idea de que si ella no estaba detrás, Facundo terminaría llevándose mil materias y, a la larga, repitiendo el año o teniendo que compensar eternamente. Así que no dudaba en sentarse pacientemente con el libro de biología y prepararle resúmenes. Los hacía con letra chiquita para que ocupara menos espacio y poder decirle que apenas eran dos carillas, que se sentara y se las aprendiera de una buena vez. Hasta los gráficos los copiaba para que tuviera el tema todo junto: la célula vegetal y la animal, la procariota y la eucariota. Eran temas un poco más difíciles comparados con los que ella había tenido que estudiar en su propia secundaria. Un día se reía sola pensando que antes la ameba no tenía un reino para ella sola. Pero era incansable, terminaba cada resumen y lo ponía dentro de un folio para entregarle a Facundo el trabajo completo y ordenado. Letra clara, prolija, en tinta negra trazo grueso por si quería compartir la imagen con sus compañeros. Tenía compulsión por estar en todo. Hay que reconocerlo, el marido y el hijo descansaban en esa obsesión de Anabella, se quejaban de tenerla siguiéndoles los pasos en todo momento pero,  todo sea dicho, les resultaba fácil la vida cotidiana con alguien que les dejara desde la ropa hasta el maletín ordenado. La cuestión, se puso difícil cuando en matemática empezaron a trabajar con polinomios. Hasta la palabra le resultaba hostil. Pero Anabella no se daba por vencida así nomás. Después de almorzar se ponía tutoriales de You Tube, seguía a un profesor de matemática peruano y a otro de España, pero le costaba, porque se empastaba la voz, no entendía qué pronunciaban, y la verdad es que nunca se le había dado bien ese tipo de materias.

“Cuadrado del primero más o menos doble producto del primero por el segundo más el cuadrado del segundo”, eso le recitó una excompañera de la secundaria que era profesora de matemática. La llamó pidiéndole ayuda porque no podía entender el cuadrado de un binomio. Después de decirle eso, le dijo que estaba apuradísima porque tenía que ir a la escuela a dar clases, que otro día hablaban. Binomio, bi es dos, eso lo entendí…pensó en su amiga profesora, pensó que corría para ir de una escuela a otra, se dio cuenta de que ella se apuraba también, todo el tiempo corría, pero su periplo ni siquiera incluía un transporte público.

Mientras buscaba videos explicativos le apareció la imagen de un cuadro de Picasso, “Mujer ante el espejo”. Leyó la descripción, era temprano, tenía tiempo de navegar un rato por fuera de lo que quería aprender. La pintura estaba dedicada a Marie-Thérèse, que era la amante de Picasso hacia 1932, tenía apenas veintidós años,  “la misma edad de cuando me casé con Jorge”, pensó. Miró los colores, las líneas, las diferencias entre la imagen y el reflejo.  María Teresa – a esta altura Anabella ya había  traducido para sí el nombre de la protagonista del cuadro-  se miraba al espejo con atención, el rostro se veía natural algo maquillada, joven pero,  proyectada en el espejo, la cara estaba llena de sombras y parecía que se asomaba una lágrima. Anabella se levantó de la silla, se acercó al espejo limpísimo de su dormitorio, y se miró. No estaba maquillada. La luz del sol empezaba a entrar por la ventana, le iluminaba el lado izquierdo y su mitad derecha quedaba a oscuras. “¿Esa soy yo?” Se fue del dormitorio a la cocina a calentarse un café. “¿Quién soy yo?” Dejó la hornalla encendida y arrimó la cafetera, volvió al espejo  “¿Alguien me miraría a mí frente al espejo para pintarme?” Sintió olor a café quemado, fue a apagarlo. “¿Alguien me miraría a mí? a mí, no a la madre de Facundo, no a la esposa de Jorge”. Caminó de vuelta hacia la computadora. “¿Soy algo más que la madre de Facundo o la esposa de Jorge?”  Se volvió a la cocina a tirar el café quemado. Se sentó otra vez frente a la computadora, decidida a apagarla, pero se detuvo. Abrió una aplicación, el Google Maps y se fijó  qué micro la dejaba en el Museo de Bellas Artes. Después sí,  hizo todo el procedimiento de apagado, bajó la tapa de la notebook, agarró su cartera y finalmente, salió.