A principios de la semana un titular de primera plana en un diario importante rezaba: “La vejez ya no es lo que era: llegar a los 90, pero con agenda completa”. Lo que seguía era un informe en el cual se decía que, si bien sólo un 4 % de los mayores de 95 años de edad mantienen intactas sus capacidades cognitivas, cada vez son más los nonagenarios que, con lucidez y entusiasmo, se mantienen activos en profesiones, oficios o artes que desempeñaron a lo largo de la vida. Rescato dos testimonios que me parecieron significativos.
El del doctor Fortunato Benaim, de 94 años, que impulsó en el país la medicina del quemado y es hoy presidente de la Sociedad Argentina de Medicina Humanitaria, vicedecano de la facultad de medicina en una universidad privada (UCES) y ejecutante de violín y piano. “Creo que el secreto está en querer lo que se hace, dice. Yo nunca dije ‘voy a trabajar’, sino ‘voy al hospital’, ‘voy a tocar el violín’.” Otro testimonio es el de la doctora Christiane Dosne de Pasqualini, Investigadora emérita del Conicet y la primera mujer de la Academia Nacional de Medicina. También nonagenaria, sigue activa en la Academia, forma parte del equipo de una revista científica, va a un taller de escritura, hace yoga y juega al bridge. Tiene 5 hijos, 13 bisnietos y 17 bisnietos. “Treinta y cinco personas, reflexiona, que no existirían si no le hubiera dado el sí a Rodolfo [Pasqualini], pero con la condición de que nunca me impidiera trabajar”.
Dado que, con cierto aire omnipotente y competitivo, la ciencia periódicamente nos promete que viviremos más y más años y hasta especula con la posibilidad de la inmortalidad, cabe preguntarse: ¿Vivir más y más años para qué? ¿Y vivirlos cómo? Porque quizás la cuestión no es batir marcas de longevidad, sino encontrar el sentido de la propia vida. Para haber creado una rama de la medicina que hace bien y mejora y salva las vidas de muchas personas, el doctor Benaim no necesitó vivir 94 años. Lo hizo mucho antes y su vida ya tenía sentido. Y para encontrar el valor de su vida trascendiendo a través de otras 35 que existen gracias a ella, la doctora Dosne de Pasqualini, tampoco necesitó ser nonagenaria. Ya lo sabía desde hace tiempo.
Ser nonagenarios, centenarios o inmortales no debería ser un fin. Proponerse esa meta puede sumirnos en una vida plagada de temores. Somos frágiles, hijos de la incertidumbre, y el propósito puede verse permanentemente amenazado por factores tanto previsibles como desconocidos. No vale la pena vivir con miedo a morir antes de tiempo. Eso nos saca del presente y de la exploración del sentido existencial. La cuestión no es cuánto viviremos, sino cómo viviremos. El cuánto no depende de nosotros. Tenemos fecha de vencimiento, pero la desconocemos. El cómo sí depende de nosotros, de nuestras elecciones y decisiones, del modo en que, en el día a día, de nuestras tareas, de nuestros vínculos, del ejercicio de nuestros valores y del modo en el que entendemos el dolor, nos hacemos responsables de nuestra existencia, sin cargarla a la cuenta de otros o de designios divinos.
En una sociedad productivista, exitista y utilitarista, como la nuestra, se tiende a vivir por objetivos antes que vivir con sentido. Entonces la agenda completa parece un mérito. Por eso, también tenemos chicos con agenda completa, de los cuales pareciera que no se espera que sean niños que experimentan la infancia, sino pequeños productores cuyos resultados tienen que ver más con las expectativas maternas y paternas que con las necesidades reales de un chico (ser campeón de tenis, lumbrera de la informática, estrella de teatro, carita famosa de la televisión o la publicidad, mini Van Gogh, precoz concertista o líder de una banda de rock, un Messi en pañales, etcétera).
En los dos extremos de la vida, niñez y vejez, aparece ahora la agenda completa como mérito o logro. ¿Y en el medio qué? Porque es allí en donde cada uno es responsable de lo que hace de su vida. Los doctores Benaim y Pasqualini, insisto en esto, no son meritorios por haber pasado la barrera de los 90, sino por haber explorado el sentido de sus vidas hasta dar con él. La plenitud de hoy la construyeron a lo largo del tiempo y sin proponerse la longevidad como meta. Quizás, a cualquier edad, se trate de poner el acento en completar la razón de la propia existencia antes que en llenar la agenda.
