Mendoza tiene estos lugares escondidos. Secretos metidos en medio de la ciudad. Amo esos espacios, a la vista de todos pero conocido por pocos. Eso pasa con esta Bodega de Familia, como a ellos les gusta ser llamados. Y la verdad es que hay una coherencia enorme en ese concepto tan claro. Tanto que los propios dueños estaban haciendo un impasse en el medio de la jornada laboral en la mesa de al lado. Marido y mujer, dedicados sin descanso a la labor de llevar una empresa familiar en medio de esta economía cambiante.
El salón donde uno almuerza, en nuestro caso hacía frío, es muy luminoso y tiene la calidez de las galerías mendocinas, floridas y sencillas. Para almuerzos se ofrece dos opciones. Un menú de tres pasos que incluye dos copas de vino y un menú degustación de seis pasos maridados con cinco copas de vino. Probamos ambos y la experiencia fue muy reconfortante.

Tanto la propuesta gastronómica, como el servicio, hacen que esa sensación de estar en un lugar querido y añorado tome vida. Uno se siente en casa de algún ser querido. Esa sensación en impagable, la luz cálida que se filtra por el techo, los brotes que anuncian la llegada del calor y la conversación que nunca es interrumpida por el servicio. Justo y correcto. Sin reverencias, pero con muchos aciertos. La comida es muy buena, y allí el recorrido es de la mano del chef que, sin chapa ni altos gorros, sorprende con creaciones originales y lúdicas. Aunque el hilo que guía este menú degustación es claramente la sencillez, lo cálido, lo cercano. Algo difícil de encontrar en estas épocas.

Una mención especial merece Juan Pablo Grillo, por su hospitalidad, su don de gentes. Esa calidad humana que también se presiente en sus dueños y en cada una de las personas del equipo. Es la esencia de lo mendocino. Eso tiene este restaurante. Acá uno puede ir y encontrar eso, sin sobresaltos, sin divismo, pero con mucho corazón y autenticidad. En pleno corazón de Chacras de Coria, a 15 minutos de la ciudad, late un lugar lleno de encanto y paz.


Como es habitual, entrevisté a su chef para conocer sus gustos y personalidad:

Estas fueron sus respuestas:
La mejor rotisería de Mendoza es: La casa de alguna abuela
Un vino para sodear en ojotas en verano: Cepa tradicional sin soda, la Íride con dos hielos, Toro viejo etiqueta negra con soda hasta arriba
Un vino para enamorar sería: Cualquiera en Potrerillos, algo fácil de tomar Crios Bonarda Syrah
El mejor delivery de Mendoza: Mi novia siempre saca sorpresas de un tupper de la mochila.
El mejor lugar para tomarse un café: En la parada del micro en esos vasitos térmicos, de la máquina de café de un quiosco
Momento de gula rima con: Asado frío, cortado bien finito en sandwich con mayonesa y lechuga
Lo mejor que comí en mi vida: hongos a la parrilla en El Salto, los ñoquis de la abuela Irma, cualquier asado del Tito
Lo peor: Arroz blanco sin sal en un campamento en Campo Los Andes
Los lomos son de El Lomo Loco (80´s) y no se hable más.
¿Qué vino pido en un bar/ restaurante si tengo $100/$150? Colonia Las Liebres Bonarda, Penedo Borges Chardonnay
Lo que mejor cocino es: Fond de helader
Te quito el saludo si le ponés a la comida pimienta en polvo
Lo mejor que uno puede hacer con un vino malo es denunciar a la bodega, ningún vino es malo
El mejor personaje con el que compartí un vino varios tonaderos en una peña, ahí el vino tiene ese saborcito a contento
Soy capaz de hacer mil km para comer un buen chivo a llama El producto mendocino por excelencia es la combinación de humo, aire de campo o montaña, vino y el trinar de una guitarra
Santiago Daniel Lopez nació en Mendoza en 1981, en el departamento de Guaymallén, estudio Gastronomía en la escuela Islas Malvinas, luego pastelería en el Instituto Arrayanes. Trabajo en Restaurantes, casas de té, bares, pizzerías, bodegas, eventos y viandas. Siempre en la Provincia de Mendoza. Es un gran defensor de que la gastronomía es un gran oficio, que nada tiene que ver con el arte ni la fama.
