Foto: Gemini

Tu madre y su marido lo decidieron. No estabas en edad de decir “yo me quedo, yo no voy”. A veces tener dieciséis años te convierte en rehén, las ataduras de la niñez todavía se aplican en tu cuerpo, que ya está desarrollado y con una musculatura y un sentir que ya no pertenecen a la infancia. Pero aún vas a la escuela y no trabajás ni tenés nada demasiado claro con respecto al futuro. Sabés de tu presente, de tus juegos en red con tus amigos, los que conocés en persona porque compartís el aula y esos otros de los que sólo conocés la foto de perfil, que en general es un otaku, la imagen del animé que aman en ese momento. A vos no te entusiasma mucho el manga ni el animé pero son buenos jugadores los que están en tu equipo. La idea no te pareció buena nunca. La cuestión de las posibilidades de trabajo estaba lejos de ser una preocupación para vos, de hecho, vivís bien en Buenos Aires, tenés abuelos, primos, tíos, tenés a tu padre. Al principio estabas convencido de que ese proyecto no se iba a llevar adelante nunca. Tu viejo no autorizaría que te fueras a vivir a otro continente, es un hombre un poco extraño pero creías que no aceptaría la peregrina idea de tu madre y su pareja. Te sorprendió cuando dijo: “que se haga un futuro fuera de este quilombo, sólo quiero que viaje dos veces por año, quiero verlo y que no pierda contacto con la familia”. Tu abuela se muestra contenta, te cuenta por enésima vez que su propia abuela había venido desde Siria con apenas dieciséis años, tu misma edad. Había viajado sólo para cuidar a sus hermanos, para cocinarles, para mantenerles la ropa y la casa en orden. También vuelve a contarte que era analfabeta pero que era rapidísima con los números, que no había ido a la escuela, a pesar de que ella insistía en ir, porque sus hermanos decían que no hacía falta porque “total, es mujer”. Tu abuela cree que cada algunas generaciones, se migra, la sangre viaja, vuelve a su origen y vos no podés entender del todo de qué habla. ¿Qué origen? ¿Cuándo es el comienzo? “Yo soy de aquí”, pensás, “mis amigos también y mi tatarabuela sefaradí que no leía ni escribía no me representa nada, no la conocí, vi alguna foto perdida y nada más”. Casi te trazan un rumbo diciéndote que como sea, te vas a acostumbrar y que además tenés mucha suerte porque el idioma es el mismo, nada que ver con la pobre abuela Celja, que de hablar árabe tuvo que aprender a comunicarse en castellano. “¿A qué me voy a acostumbrar? ¿A cambiar mis horarios? ¿A decir fresa, a decir caña?”.

Hace seis meses que estás en Madrid, tu hermanita de cinco años ya habla con tonito castizo y todo. Te acostumbraste, sí, a algunas cosas. A tomar el subte, a decirle metro al subte, a bajarte en Cuatro Caminos, para ir a casa porque vivís en Tetuán. Te acostumbraste a merodear por la estación Chamberí que está cerrada desde hace como sesenta años y es tan fantasmal y al margen de todo como vos mismo. Te acostumbraste a dormir poco para seguir el contacto con tu gente de Buenos Aires, para seguir jugando a los mismos juegos en red.

Ya pronto viajás, te quedás quince días porque en Madrid no hay vacaciones largas en diciembre. Te gusta, eso sí, pasar la Navidad en el hemisferio norte, que haya nieve y los mercadillos de turrones te resultan divertidos – ¡acabás de darte cuenta de que dijiste mercadillos! -. En julio volvés a viajar, “fue la condición que puso mi viejo”, pensás. De pronto te das cuenta de que vas a vivir siempre en invierno y se te viene a la cabeza tu tatarabuela, esa que llegó desde Siria y pensás si no era más fácil cortar contacto con todo lo anterior, si este ida y vuelta, estos horarios cambiados, estos juegos con gente que casi no ves nunca, no van a terminar haciendo que estés muy solo, que nunca seas de ninguna parte. A veces te dan ganas de agarrar un planisferio, recortarle el Atlántico y tirarlo a la basura y te reís pensando en un documental del National Geographic tratando de explicar la desaparición del océano.

P/D: Quedate tranquilo, según dicen, en algún momento uno encuentra su lugar en el mundo. Ya va a aparecer.