“En el buceo encontré una conexión conmigo misma.” Así, con esta frase sencilla pero potente, Claudia Pastorino define su vida, su trabajo y todo lo que viene haciende desde hace ya 15 años. Ella es un referente en el extenso y cada vez más amplio mundo del buceo donde mujeres hay pocas, pero que definitivamente pisan fuerte. Claudia es hoy una de las primeras instructoras de buzos profesionales, una especialidad reservada hasta ahora a los hombres. Dirige el Instituto Argentino de Actividades Subacuáticas, la escuela que más buzos deportivos formó en la historia de la Argentina y como si eso fuera poco, viaja por el mundo llevando a sus alumnos a bucear y descubrir los mundos más inexplorados.

Nació en una familia de Capital Federal. Su padre, un buzo aficionado, la llevó a encontrarse con las profundidades del mar cuando tenía sólo 8 años. Desde entonces, comenzó una relación especial que años más tarde se volvería decisiva. Claudia, una mujer morocha, de ojos grandes y una seguridad que atrapa, don natural que no tardó en descubrir y que tal vez le abrió puertas en un medio tan exigente y masculino como el buceo, no duda en autodefinirse como “una pionera”. Porque en el fondo de eso se trata: de animarse a cruzar fronteras, y animar a otras a seguirla.

¿Cómo fue tu primer contacto con el mar?
Caminé, nadé y después hablé. La primera vez que tuve contacto con el mar fue a los 8 años. Mi papá era buzo aficionado, tenía un pasión especial por el mar y como yo soy la más grande de mis hermanos me llevaba con él. Fui al mar con él antes de la edad permitida. En el mar lográbamos conectarnos de una forma increíble. También me llevaba a bucear a unas piletas de 7 mts de profundidad. Me tiraba monedas en el agua y me decía: “Traeme 1,50”.

¿Y qué se generó en esos primeros encuentros?
Una gran comunión con el mar, una conexión inolvidable. Abajo del agua uno siente su propia respiración y hace consciente algo tan básico y tan humano. Hoy, no puedo ir a un lugar que no tenga agua. Yo siempre digo que no tengo los pies sobre la tierra sino sobre el agua.

¿Cómo llegaste a dedicar tu vida al buceo?
Estudié Ingeniería Electrónica y Sistemas en la UTN. Siempre me gustó bucear, pero jamás pensé que iba a terminar dedicando mi vida a eso. La vida me llevó al buceo. Cuando me recibí empecé a dar clases de computación en escuelas y trabajé en la legislatura de la provincia de Buenos Aires como asesora de un diputado. Trabajaba muchísimo y me gustaba lo que hacía.

¿Y cómo decidiste dejar esa vida e incursionar en el buceo profesional?
Un día mi cuerpo me dijo basta. Estaba casada y me divorcié de mi marido y la pasé muy mal. Tuve una úlcera muy fuerte y mi hermano me sugirió que haciera un curso de buceo para despejarme. El me anotó y me buscó el lugar y el instructor. Y así entre una cosa y la otra, la herencia y lo propio, me anoté y retomé.

¿Y cómo fue ese reencuentro?
Inmediato. Y por esas cosas de la vida, no sólo me enamoré nuevamente del buceo sino que conocí a Tito Rodriguez, un instructor y me casé. Con él armamos años después la escuela de buceo. Lamentablemente él ya no está pero yo seguí su legado. Hoy puedo decir que trabajo de lo que amo.

¿Qué dijo tu familia?
En mi caso, el tema del mandato familiar está dado vuelta. No es que tuve que romper con mi familia para ser buzo. Aunque cuando conocí a Tito y decidí que iba a viajar por el mundo mi mamá decía qu eestaba loca, cómo me iba a casar con un instructor de buceo, cómo iba a vivir viajando…

¿Qué encontrás cuando te sumergís?
Al bucear encontrás una tercera dimensión. Es como volar, escuchar la propia respiración. El contacto íntimo con la naturaleza te hace encontrarte con vos misma. No es lo mismo bucear que respirar bajo el agua. En el buceo encontré una conexión especial, la cura a mi enfermedad. Cada primavera, me emociono al encontrar a una ballena franca en las aguas de nuestra Patagonia. Una bendición del mar, que nos permite acariciar a un animal de 40 toneladas que se acerca a los buzos. Maravillosa magia que nos hace gritar bajo el agua al avistar un delfín o deslumbrarnos por la alocada danza de un lobo marino. 

¿El buceo es un mundo de hombres?
Definitivamente. Hay muy pocas instructoras de buceo mujeres en el mundo. En Argentina somos 5 de las cuales 2 somos mujeres. Cuando hice mi curso de capacitación para entrenar instructores eramos 11: 10 varones y yo. Lo fui a hacer a Brasil. Cuando falleció mi marido y me quedé sola al mando de la escuela, muchos colegas y gente que me rodeaba en el ambiente pensaron que yo iba a abandonar. Sin embargo seguí y formé a más de 3.800 personas.

¿Y tu familia?
El hecho de haber seguido mi sueño me costó una cuestión. Siempre dediqué mi vida a mi profesión. No tuve hijos; mi hijo es la escuela. Estoy ahí de lunes a sábado. Cada día me levanto feliz de ir a trabajar. Mi oficina es el mar, cuando salgo al mar me siento completa.

¿Qué es lo que más te gusta del mundo subacuático?
He ido al Mar Rojo, Egipto. Bahamas… el mar es una fiesta para los sentidos. Ver una ballena abajo del agua es emocionante hasta las lágrimas. Apoyás la mano sobre su lomo y se estremece. Es una dulzura. Nadar con manatíes o con lobos marinos me llena de alegría. Son como cachorros jugetones. Pero el encuentro con tiburones es lo más fuerte. Cada persona que se acerca a tomar clases de buceo tiene su razón. Mi razón, además de curarme, era ver un tiburón.

¿Qué viaje tenés planeado?
En septiempre voy a hacer una expedición para buscar tiburones de más de 5 mts de largo en el norte de las Bahamas. Somos un grupo de diez que vamos a vivir en un barco buscándolos y filmándolos. El tiburón es un animal emocionante. Sin el tiburón no existiría el océano. Son limpiadores del mar y el hombre lo está exterminando. Está en la Tierra desde hace millones de años y no ha mutado. Es como fue siempre. El tiburón nació adaptado. 

¿Qué recaudos tomás con respecto al medio ambiente?
Mientras no rompas el código submarino no hay problema. El 8 de junio es el día de los océanos. Mi compromiso es divulgar el medioambiente y el medio donde yo trabajo. Mis alumnos tienen muy claro cuáles son las reglas. Parte de la formación es estudiar la fauna que uno va a ir a ver. Nada se toca ni se saca. Al mar no se arroja nada. Así como el equilibro es perfecto, la fragilidad que hay ahí abajo es total. Con una pecera podrías estar años para simular el mismo paisaje que encontramos bajo el agua.

¿Qué es lo más sorprendente del mar?
A partir del 8vo metro los colores empiezan a desaparecer para la vista humana. Pero si encendés una linterna todo vuelve a la normalidad. Por eso bucear de noche es como pintar. En esa luz hay color y vos lo pincelás. En el mar hay formas y vidas extrañas. El mar está lleno de enseñanzas. Abajo del agua somos todos iguales. No hay diferencias. El mar nos iguala.