“Tiene la casa puesta como bien de familia, es para estar tranquilo y que nunca se la puedan rematar.” “Ella puso su departamento como bien de familia, tiene el sí fácil, sino le saldría de garante a cualquiera”. “Quedate tranquilo, por más que estés en mora como medio mundo, de tu casa no te sacan, es bien de familia”. Es probable que alguna vez hayamos escuchado o hayamos dicho estas frases. Bien, pero en sentido material, sustantivo, el bien como algo tangible, se toca, se posee, se vende y se compra. Y si es de familia, nadie te lo puede quitar. Es un poco extraño, porque tanto la palabra bien como familia están llenas de connotaciones, generalmente muy positivas pero al combinarse se convierten en una figura legal destinada a preservar lo que se tiene. En distintos países toma un nombre diferente: Casal de familia en Portugal, Patrimonio de familia en México y Hogar de familia en Venezuela. Patrimonio parece más jurídico y hogar o casal suena más amoroso.
Por estos días, también salió una serie documental que se llama así. En ese programa se les hace entrevistas a padres y madres de artistas y personajes muy conocidos, y de cómo es eso de ser mamá o papá manager. Pareciera que los temas se cruzaran porque un algoritmo los pone juntos pero la noticia de que Tini tiene o no tiene acceso a su patrimonio no puede tener que ver con plataformas, ni datos, ni bots que reconocen palabras parecidas. En los últimos tiempos las noticias hablan sobre la economía de Tini Stoessel, del límite de compra de su tarjeta de crédito, el control familiar y la posibilidad o no de decidir. A esto se puede agregar que más de una persona comenta cosas del estilo a “¿y cómo ella no se fijó?”, “¿no se dio cuenta?”, haciendo foco en el comportamiento “demasiado confiado”, como si la chica que descubre que no puede hacer uso del dinero que generó tuviera la culpa de esa situación. Pero eso es harina de otro costal. Más allá de los intereses de cada uno, de la confianza defraudada o no, hay algo en esa manera de nombrar.
Una acepción muy diferente es cuando, hablando de algo muy tradicional que se hace dentro de una familia, se dice “eso es bien de mi familia”. Por ejemplo, en la mía todos los primeros de septiembre comemos pizza, es el “día de la pizza” porque ese día pero en 1946, hace ya ochenta años, se conocieron mis viejos y fueron a comer pizza. Actualmente hijas, yernos, nietos y hasta bisnietos siguen el mismo menú en el lugar del mundo en que se encuentren. Una amiga tiene una costumbre con su familia, cuando se reúnen en Pascua, comparten un huevo duro partido en tantos trozos como miembros tiene la familia, a medida que pasa el tiempo y se suma gente van quedando pedazos cada vez más chiquitos. No importa cuánto te toque, se trata de ser parte de ese todo.
Hace unos años salió una serie que se llamaba “This is us”, la historia de una familia, sus rituales que podían oscilar entre usar un gorro especial cada día de acción de gracias a comer langostinos o hacer una lista de las peores opciones que podría deparar el futuro frente a un determinado tema. This is us, eso somos, primera persona del plural, nosotros. A veces, cuando esas marcas de familia son demasiado profundas resultan un poco pesadas, casi que impiden salir al mundo.
Son tradiciones propias, una sensación de pertenencia que traspasa generaciones y no refiere a lo material, es claramente capital simbólico. Capital, otra vez, las palabras se inmiscuyen en ámbitos diferentes, se entrecruzan en la vida cotidiana en los sitios en que hay que poner atención y cuidado o en donde nos sentimos atendidos y cuidados.
