Mesa familiar extendida, durante una noche de la última semana del año. Somos alrededor de veinte. De todas las edades, desde la pubertad en adelante. De pronto alguien propone que, en el sentido de las agujas del reloj y de a uno por vez, cada quien cuente cuáles son sus proyectos para el año que se inicia. Hay de todo. Viajes, nuevos estudios, dietas, nuevos hábitos, mudanzas, etcétera. Sin embargo, en dos o tres de las propuestas hay una cosa que me llama la atención. Aparece la palabra “continuar”.

¿Por qué inevitablemente deberíamos abordar el comienzo de un año como un borrón y cuenta nueva? ¿Por qué depositar en los próximos doce meses la mágica ilusión de que nos dejen en la otra orilla, completamente renovados? ¿Qué es lo que el año hará por nosotros y que no nos hayamos encargado de hacer bajo nuestra propia responsabilidad? ¿Por qué no encararlo como lo que es, o sea un nuevo capítulo del mismo libro, este libro que somos? ¿De dónde esta necesidad de que todo sea nuevo? ¿Por qué nuevo o cambio significa mejor sólo por novedoso o inédito? ¿Quiénes seríamos si fuéramos cada año alguien nuevo? ¿Cuál sería nuestra historia, nuestra huella, nuestra memoria?

Un nuevo año, pensé después de aquel encuentro y de escuchar (y de haber dicho) la palabra continuar, bien puede ser la celebración del camino recorrido, la confirmación de nuestros propósitos, la oportunidad de celebrar el hecho de ser quienes somos. No es necesario sacarse el año de encima como una ropa vieja y sudada. También es posible que el año que termina sea un capullo que se abre. Las flores no nacen del aire, son la culminación de un proceso silencioso, esforzado y necesario.

Si empezáramos con cada año, como si naciéramos con él y careciéramos de historia, correríamos el riesgo de ser como árboles sin raíces. Toda la fortaleza, el esplendor y los frutos de la planta se sostienen en esos rústicos y largos dedos que se hunden en la tierra, que no se ven, que apenas tienen color, que son rugosos y ásperos, pero que alimentan a lo que desde ellos crece. Próspero año nuevo, sí. Pero antes, y quizás por sobre todo, gracias año viejo. Durante 365 días fuimos protagonistas de un doble milagro: el de despertar cada mañana y el de acostarnos cada noche en nuestra cama. Nadie nos prometió ni nos aseguró que así sería, de manera que se impone el agradecimiento. Fue así como pudimos atravesar lo atravesado, lograr lo logrado, recuperar la alegría tras el dolor, amar y ser amados.

Si nos pensamos como partes de un todo, acaso percibamos que no hay años más nuevos ni más viejos que otros, que cada ciclo nos constituye, nos hace ser lo que somos, que el tiempo no va en línea recta, que es una armónica amalgama de ciclos íntima y significativamente conectados. No nos despidamos para siempre del año que se va porque volveremos a pasar por él, sólo que más maduros, con más páginas e historia, con otras perspectivas. Esperemos a que el año nuevo comience a avanzar antes de descubrir que ya lo conocíamos, que no hará de nosotros los que no somos, sino que nos permitirá seguir echando raíces para elevarnos con más sostén hacia nuestra estatura posible. En la espiral del tiempo pasamos una y otra vez por los mismos lugares, sólo que a diferentes alturas y a diferentes distancias. Ahora empieza un nuevo círculo. La línea es siempre la misma. Somos nosotros, no es el año. El año no trae nada. Nosotros vamos hacia él con lo que somos y en su tiempo lo expresamos.

Continuar. Esa es la palabra. Y también agradecer. 

Por: Sergio Sinay