Luz de mi vida, madre adorada, ¡qué enferma ha quedado el alma mía desde que huyó tu espíritu de mi alma! Sutil como un vapor que se disipa fugaz, como una ráfaga que pasa como un ensueño de la alborada, así mi alma se apartó de la tuya, así la dicha se apartó de mi alma. Sonar oigo tu voz, veo tu imagen, percibe mi alma el hábito de tu alma errante en un desierto sin oasis. Pensando que la noche nos separa siento tal hambre de tus besos y tan viva sed de tus caricias. ¡Qué triste y qué vacía quedó tu casa, madre mía! Ya ni las plantas florecen con la misma alegría ni el sol ilumina mis días, y al mirar tu ventana ya no me encuentro con tu dulce caricia, madre mía. Y va a ser el primer año que el Día de la Madre no tengo tu compañía. Pero sé que tú del cielo me guías y al escribirte esta poesía el papel se está humedeciendo con las lágrimas mías y sé que del cielo me estás mirando y este es mi regalo, madre mía, en tu día.
