Y claro, están las Fiestas propiamente dichas, con Nochebuena, Navidad, Nochevieja y Año Nuevo, todo incluido por la módica suma de doscientos mails de saludos a responder, un arsenal de “Me gusta” para poner en Facebook, la tarjeta de crédito en rojo por culpa de “Papá Noel”, más las aproximadamente tres mil calorías consumidas por reunión. Todo, en el marco de los treinta y pico de grados que suelen regalarnos estas latitudes que, si encima salen temas candentes en la mesa, más el intenso flujo de carbohidratos y alcohol en sangre, a las dos de la mañana acabarán multiplicándose por tres. Bueno, apenas un puñadito de cifras festivas, como para que parezca que no me llevé a marzo matemática.

Eso, sin contar que estamos invitadas a los cumpleaños de esos pobres que llegaron al mundo un 26 ó 27 de diciembre, buscando la luz en plena algarabía acalorada (y que nos dan tanta pena, porque nunca lograron ese ansiado doble regalo siempre prometido: uno por el cumple, otro en el árbol navideño); seres festivos por naturaleza, por la fecha en que nacieron, o vaya a saber uno por qué extraña razón. Y encima están también los casamientos de quienes se empeñan en contraer nupcias en medio de esta maratón de celebraciones de último momento, y es notable cómo nos queda resto para comer hasta el budín hamburgués de la torta, cuando nos parecía imposible hacer ingresar algo más al cuerpo.

Entonces, de repente, un día, nuestra vida entera entra en un completo estado de jolgorio. Aunque no queramos.

Y no queda otra que hacerse carne y andar por la vida armados con un arsenal de júbilo pirotécnico, y arremeter con todo, a festejo limpio todo el día, 31 días de corrido, como si fuéramos el equipo de porristas de un club de optimistas permanentes.

Bah, que yo no soy festiva. Ni lo seré. Pero ahí voy, tratando de que no se note tanto. O mejor dicho disimulándolo bajo una colorida lluvia de fruta abrillantada, que sin duda terminará dentro de mi abdomen, de puro aburrimiento ansioso, nomás.

Y de pronto veo a esas pobre madres, entre las que todavía –aunque voy en camino- no me incluyo, corriendo al rayo de sol para ir del acto escolar a la muestra de danza, y de ahí al encuentro de fin de curso del instituto de inglés, en donde la hija o el hijo en cuestión apenas si dicen una palabrita, para después permanecer así sin más haciendo número sobre el escenario. Pero hay que comerse las tres horas que dura el envío total, en donde se “lucen” en una obra inentendible tooooooodos los chiquitos que estudian ahí, en total unos quinientos. Divinas criaturitas, sí, pero qué necesidad.

El trabajo, otro tema. Una va de mil amores a los almuerzos o cenas de despedida, pero en el fondo sabe que no se despide nada. Porque se cae de maduro que el 2 de enero estaremos todos ahí, con malestar estomacal, pero tomando café recalentado del año anterior, debatiendo encendidamente acerca de cuál debería ser la temperatura del aire acondicionado. Con posturas sub20 y otras, friolentas o ecofriendly, en contra. Esa eterna lucha de escritorios que, en esta oportunidad, pugna por hacerse con el poder del termostato de la oficina. Hace tiempo y allá a lo lejos, la contienda era otra, ¿te acordás? Fumadores vs. no fumadores se trenzaban mientras cortinas de humo brindaban un marco progre-intelectual y prueba de pulmones.

Aparentemente, si sobrevivimos hasta acá, la cosa va bien. No quisiera tirar abajo el pito y la matraca colectivos, pero –como dice mi amiga Rox- “Diciembre no es para sensibles”. Eso me obliga a hacer un alto para preguntarme qué será de mí cuando den las doce, en esas noches en las que la garrapiñada estará garantizada, pero no así mis ganas de consumirla. “Demasiado dura para mis dientes con bruxismo”, diré, por ponerlo de un modo odontológico que alivie el poder de la metáfora.

–Más duro que el año que se va es el peceto que prepara la tía Nélida– habrá quien diga, en estado de alcoholemia y con una literalidad pasmosa.

Pero te confieso algo: yo creo en la Navidad y en el nuevo año, como el comienzo de un nuevo ciclo. ¿Mejor, peor? Cuánto misterio, ¿eh?… Pero no perderé la oportunidad de pedir unos cuantos deseos cuando asome por el aire a pura chispa y color la primera cañita voladora. Esta vez, dado el año precedente, desearé en primer lugar que la misma no me dé de lleno en un ojo (lo último que me falta sería engrosar otra cifra: la de los que terminan en las guardias oculares).

Pues bien: hasta La Victoria siempre. Que yo soy una de esas retro-festejantes que gustan más de la sidra.

¡Felicidades, chin-chin y hasta la próxima!