El martes 13 de enero a las 19.30 en Lobopollito (Olascoaga 829, Ciudad ) se presentará la colección de cuentos “Si te perturba mi mente, no entres en mi alma” (LEO libros, 2025), de Graciela Miranda, una obra que sorprende por su estructura y conmueve hondamente por su contenido. La propuesta es compartir una rica merienda y una presentación y charla sobre estos textos. La escritora estará acompañada por su editor, Alejandro Frias.

La obra está compuesta por  7 nuevos e intensos relatos de la autora de “Todas las veces que me mataron” (LEO libros, 2024). Acerca de ellos nos dice:Si te perturba mi mente, no entres en mi alma habla de personas rotas, que nadie supo ver, que nadie cuidó”.

Además, sobre este encuentro, Graciela Miranda compartió: “La idea, si los presentes ya han leído el libro, es hablar sobre las sensaciones, los personajes, que cuento les llegó, por qué. Si no lo han leído, charlaremos sobre cómo ha sido la escritura del mismo, cómo fue la idea inicial, cómo lo fui construyendo…”.

El Cuento V del libro

Nací triste.
Dice mi mamá que mi llanto fue más bien un sollozo cargado de angustia. Supongo que no quería dejar el calor de su vientre.
Ahí me debí sentir protegida, una sensación que nunca más tuve. Y así fue como, desde ese día, mis lágrimas y yo nunca más pudimos separarnos. Se fueron arraigando en mí y ya no pude demostrar mis sentimientos si no era llorando.
Lloraba de alegría y de tristeza. De enojo y de frustración. Si me elegían primera para jugar o última. Siempre llorando, creo que dentro de mí había una reserva inagotable de lágrimas. La culpa fue de mis padres. Me eligieron un nombre tan triste que evito decirlo para no llorar.
Uno de los lugares al que me gustaba ir era a la casa de mi abuela. Encontrarme con mis primas y jugar a las muñecas.
La mía tenía ojos celestes, pelo negro y un vestido blanco con lunares rojos. Paseábamos a nuestros bebés en cochecito por el patio de baldosas rojas. Les preparábamos la papilla en ollas que eran de juguete, pero parecían de verdad. Los Rasti se transformaban en comida y construíamos tortas de colores.
Jugar a la mamá era lo que más me gustaba, hasta que un día el juego se transformó en realidad y ya no me gustó más. En la casa de mi abuela no lloraba. Reía, me divertía.
Hasta que un día lloré y no quise ir más.

Al jardín de infantes también me gustaba ir. Me encantaba mi guardapolvo celeste y mi corbata blanca. Mi bolsita de higiene, que tenía unos dibujos bordados por mamá.
Jugar y aprender. Me gustaba aprender. Quería saberlo todo. Al jardín también me gustaba ir, hasta que un día ya no.
Fue el día en que llegué de la mano de mi mamá, me fui a subir a la maroma, mientras se hacía la hora de entrar, cuando sentí cómo una astilla se clavaba en la palma de mi mano. Del dolor corrí hasta mi mamá. Ella intentó sacarla. Al oír mis gritos, los demás niños formaron una ronda a mi alrededor.
Me dio tal vergüenza que comencé a llorar. Y entre el dolor y la vergüenza, más lloraba.
Tanto lloré que no me di cuenta en qué momento me sacaron la astilla.
A partir de ese día cada vez que tenía que ir al jardín, lloraba.
Mamá me llamaba la «berrinchuda», pero no eran berrinches, mis ganas de llorar eran reales.

He llorado, por tanto, aunque los demás pensaran que era por nada.
De niña siempre lloraba.
De grande aprendí a hacerlo en silencio, para mis adentros.
De grande me lloraba el alma, pero, como nadie veía mis
lágrimas, en mi familia creyeron que la «berrinchuda» había
madurado.
Nací y viví triste.
Siento que un día mi corazón apagó su luz y nunca más brilló.
Todos dibujan elsuyo rojo, yo imagino el mío gris.
Ni cuando lo conocílatió encolor.
Llegó a mi vida un día de invierno, estaba esperando el micro.
Primero fue una voz que interrumpió mi charla interna. Luego nuestras miradas se cruzaron y me di cuenta de que él también tenía el corazón nublado, desteñido, gris.
Nos encontramos y nunca más nos dejamos ir.
Me sentía protegida como nunca antes me había sentido. Me encantaba su forma tierna de quererme.

Me encantaba todo de él hasta que un día las lágrimas volvieron y no me gustó más.
Pero esta vez no hice berrinche y me quedé.
Nunca supe por qué no me pude ir. Tal vez porque nadie lo hubiera entendido.
Sus abrazos me reconfortaban. En cambio, sus caricias me incomodaban. No sabía explicar bien qué era lo que me ponía tan mal. Era una sensación como de suciedad.
¡Eso era! Me sentía sucia.
Un día llegamos más allá. No sé si lo quería, no sé si estaba preparada, pero sucedió.
Fue terriblemente doloroso. Tanto que sentí como si se hubiera roto una compuerta invisible y un dique de lágrimas guardadas, contenidas, escondidas se derramaran por
mi cara, mis pechos, mi sexo.
Él me miró preocupado y yo solo le pedí que me abrazara. Qué le iba a decir, que cuando entró, no entró en mí, sino que fue como si entrara en la niña que fui.
La niña a la que le gustaba ir a la casa de su abuela y un día no quiso ir más.
La niña a la que un día rompieron y como nadie vio los pedazos diseminados por el piso no pudieron arreglar.
La niña a la que un día, por hacer berrinches dejaron que él se la llevara en su auto hasta un lugar lleno de árboles y la recostó sobre el pasto húmedo.

Que la recostó y acarició por debajo de su vestido blanco con lunares rojos como el de su muñeca.
La niña que ese día entendió que no era bueno llorar y guardó las lágrimas dentro suyo. Tantas guardó, que el corazón se le decoloró.
La niña que ese día en el parque cerró muy fuerte los ojos como cuando veía una película de terror. La que se concentró solo en el sonido melancólico del agua que corría por una acequia que presentía muy próxima a ella. Tan próxima que, al extender los dedos, pudo sentir la frescura del líquido.
Tan próxima que, al extender los dedos, tocó una piedra dentro de la acequia, una piedra a la que se aferró cuando sintió un dolor punzante que le corría por entre las piernas. Y una lágrima se escapó rodando presurosa por su mejilla pálida. Una lágrima que secó cuando él le dijo que ya era hora de volver.
Él, que le acomodó el vestido, le sacudió el pasto del pelo y le ató los cordones de las zapatillitas.

Él, que la miró seriamente y le dijo «este va a ser nuestro secreto». Y esa frase le selló los labios de por vida.
Ella intentó llevarse la piedra, testigo de que lo sucedido no fue una pesadilla, pero él no la dejó.
Muchos años después, casi sin querer la volvió a encontrar, cuando descubrió que en su cuerpo habitaba un monstruo.

Tarde entendí que lo que me mató fue: lo que callé cuando dejé de llorar,
lo que escondí cuando dejé de hablar, lo que olvidé cuando dejé de recordar.

Sobre la autora

Graciela Miranda nació en Mendoza en 1972. Cursó sus estudios secundarios en el Colegio Universitario Central. Se recibió de procuradora en la Universidad Siglo XXI. Participa en el taller de escritura dirigido por Alejandro Frías. En el taller Caja de Herramientas dictado por Marinés Scelta y Victoria Urquiza. Cursó la Diplomatura en Escritura Creativa en la Universidad Católica de Córdoba.

En el 2024 publicó su primer libro, Todas las veces que me mataron”, serie de cuentos realistas, en los que aborda la violencia de género a través de cinco historias que se unen cuando una nena y su pelota roja entran en escena.

En el 2025 salió a la luz su segundo libro: “Si te perturba mi mente, no entres en mi alma”. Un libro que nos advierte desde su título que nos vamos a adentrar en el alma de unas personas tan lastimadas, tan tristes, tan rotas que no vamos a salir indemnes.

Dictó el Taller de Fluidez Lectora en la escuela “Padre Llorenz” junto a Carla Munafor, profesora de Lengua y Literatura en dicha institución. Dictó el Taller de Violencia de Género en la escuela “Río Mendoza”, en el marco del día en memoria de Johana Chacón.

Actualmente, se encuentra en proceso su tercer libro, una novela sobre una mujer de 50 años que vive bajo la sombra de su madre y, al morir esta, decide ella también morirse, iniciando un viaje a su muerte o a una nueva vida.

Para agendar

Presentación de “Si te perturba mi mente, no entres en mi alma”, de Graciela Miranda

Fecha: martes 13 de enero.

Hora: a las 19.30.

Lugar: En Lobopollito (Olascoaga 829, Ciudad ).