El martes 11 de noviembre a las 20 se presentará la antología de relatos Pienso que podríamos haberlo evitado, de la autora mendocina Marian Calvera López. Será en la Biblioteca + Mediateca Pública Municipal Manuel Belgrano (Godoy Cruz ) y contará con una mesa de debate, con la presencia de los escritores Leo Dolengiewich, Mariano Giampietri y Lara Garro. Las narraciones estarán a cargo de Nicolás Nime. La entrada es libre y gratuita.

Pienso que podríamos haberlo evitado es la primera antología de cuentos de Marian Calvera López. Se trata de once relatos que transitan diferentes géneros, pero con una línea en común: la presencia constante de algo que no se dice, que se oculta entre las sombras o detrás de las “buenas costumbres”.

Portada del libro.

El libro puede conseguirse a través del Instagram de la autora o, de forma directa, en la presentación en la Mediateca. Ese día también la escritora firmará ejemplares.

Acerca de los cuentos

Leonardo Dolengiewich, encargado de la contratapa de Pienso que podríamos haberlo evitado, describe el libro: “Son cuentos que te envuelven, que te atrapan. De a poquito, y sin que te des cuenta del todo, te encontrás metido de cabeza en una historia, tomando partido por algún personaje, odiando a otro, preguntándote los motivos que los mueven a hacer lo que hacen”.

La autora, Marian Calvera López, precisa que escribió la mayoría de los cuentos entre finales de 2022 y principios de 2023, entre Argentina y España: “A fines de 2023, empecé a sentir que ya había algo más que relatos sueltos, que había una línea en común, que había un libro. Así que inicié un proceso completamente diferente: el de selección, orden y corrección. En ese período conté con las lecturas de personas a las que admiro mucho, y que pusieron todos sus conocimientos a disposición para llegar a la mejor versión posible. Recién a fines de 2024, y con el impulso de haber ganado el premio nacional Grandes Autores, Relatos Cortos, comenzó la edición e impresión del libro con Macedonia Ediciones (Buenos Aires). La identidad visual se completó con las hermosas ilustraciones de Belén Santis“.

Leonardo Dolengiewich, autor de cuatro libros de cuentos y microficciones y reconocido tallerista de la provincia; y Mariano Giampietri, autor de antologías poéticas y de microficciones, acompañarán a la autora durante la presentación de Pienso que podríamos haberlo evitado, a la que también se suman Lara Garro y Nicolás Nime, narradores orales y teatristas con amplia trayectoria.

“Este libro tiene la frescura propia de una ópera prima, pero parece, a la vez, escrito por alguien que tiene un oficio pulido durante décadas. Son cuentos técnicamente impecables y tremendamente conmovedores”, afirma Dolengiewich.

Sobre la autora

Marian Calvera López nació en Mendoza, en 1995. Se formó en Arte Dramático en la Universidad Nacional de Cuyo. Como dramaturga estrenó las obras Aurora. Historias en Movimiento Vol. I y Estoy esperando que pare de llover.

Desde 2022 participa en el taller de cuento y microficción de Leonardo Dolengiewich, donde ha profundizado en su escritura narrativa. En 2024 obtuvo el segundo puesto del premio Grandes Autores, Relatos Cortos, con su cuento “Los González”. A continuación se puede leer el relato premiado que forma parte del volumen.

Los González

Los jueves siempre comemos pescado. Mamá se levanta temprano, va al puerto, compra tres pescados medianos y vuelve a casa. Yo estoy tomando la leche con la abuela cuando llega. A veces nos trae facturas, a veces no le alcanza la plata. Mamá empieza a cortar las verduras para el almuerzo y yo la miro desde la puerta de la cocina. La abuela le ceba unos mates bien amargos y calientes. A mí no me gustan los mates de la abuela, así que no tomo. Mamá no habla mientras corta las verduras. La abuela, sí. Le cuenta sobre las vecinas y mamá dice que sí con la cabeza. El tema favorito de la abuela son los González. Ella se entera por la Tita y le cuenta a mamá.

Los González viven lejísimo. Como a unas diez cuadras, en el borde del barrio. Yo no los conozco en persona, pero sé mucho sobre ellos. Sé que tenían un perro que se volvió loco y mató a uno de los niños. La abuela me dijo que no tengo que acercarme nunca nunca a un perro. También sé que la hija menor de los González se consiguió un novio que era muy malo y le dejó un bebé. Cuando se enteró, mamá me dijo que yo de novios, nada. Que es mejor estar lejos de los hombres para no correr riesgos.

A los González siempre les pasan un montón de cosas. Al viejo González se le cayó un ladrillo en el pie y ahora usa bastón, por estar tocando cosas que no tenía que tocar en la obra de acá a la vuelta; a su esposa se le quemó el brazo y se quedó sin cejas por estar muy cerca del horno; a la hija mayor la echaron del trabajo por contestar mal y su esposo perdió toda la plata que tenía por no cerrar bien los bolsillos de la mochila. Mamá escucha a la abuela siempre que habla de los González porque dice que no quiere que nosotras seamos como ellos y nos pasen esas cosas.

Cuando mamá termina con las verduras, saca la fuente roja y blanca y arma un colchón de papas y cebollas. Acuesta los tres pescaditos en la cama amarilla. Los pescados duermen con los ojos abiertos porque siempre están atentos a que nada les vaya a pasar, dice la abuela. Yo siempre pienso que igual están muertos así que mucho más no les puede pasar, pero no se lo digo a la abuela para no quitarle la ilusión de que están durmiendo, nada más. Mamá mete la fuente en el horno y se pone a limpiar la
cocina. Siempre limpia después de cocinar para no tener una invasión de hormigas, como le pasó una vez a los González.

Me doy cuenta de que estamos por comer cuando empiezo a sentir el olor a pescado. No me gusta nada como huele, pero después siempre está rico. Pongo la mesa y corto unos tomates al medio para acompañar. La abuela se sienta en la punta, mamá a su derecha y yo a la derecha de mamá. A la izquierda de la abuela se sentaba papá. Pero de papá ya no hablamos, para que mamá no se vuelva loca de tristeza como la tía de los González cuando el marido la dejó. Cada una se come su pescadito y una parte del colchón. Yo aprendí a sacarle las espinas y a masticar despacito para no atragantarme. No
quiero que me pase como le pasó a un primo de los González que se le atravesó un hueso de pollo y le hizo un hueco en la garganta.

Después de comer y de limpiar la cocina, mamá y la abuela se van a dormir la siesta. Yo nunca tengo sueño, pero me meto en la cama igual para que no me lleve el viejo de la bolsa, como se llevó a la Valentina González por andar jugando en la calle. En
la tarde, mamá ordena y limpia y la abuela juega a la generala conmigo. Ella toma de su mate amarguísimo y yo me hago una leche a las seis. A las ocho dan la novela, así que la abuela, mamá y yo nos sentamos frente al televisor. Cuando termina, hay que apagar todo para que no nos llegue una factura de quince mil pesos, como le pasó una vez al Roberto González por dejarse la tele prendida toda la noche.

Después de la novela, me cepillo los dientes porque no quiero que se me pongan amarillos, como a uno de los González, no me acuerdo cuál. Me acuesto y miro el techo hasta que escucho que la abuela y mamá están roncando. Me levanto de la cama, me pongo un buzo y salgo por la puerta del patio, que no hace ruido. Camino hasta la esquina y doblo a la derecha. Sigo unas cuatro cuadras y vuelvo a doblar, pero a la izquierda. Cuento una, dos, tres, cuatro, cinco, seis esquinas y ahí está.

La casa de los González siempre tiene todas las luces prendidas. En verano abren las ventanas y el portón del garaje. Yo sé que lo mejor es esconderme por el costado del patio, donde hay un árbol grande al lado de la ventana. A través del vidrio los veo comer en una mesa larga. Son un montón los González. Y serían muchísimos más si algunos
no se hubieran electrocutado, o no los hubieran atropellado, o no se hubieran envenenado por cortar las Áores recién fumigadas de la plaza. Desde fuera los escucho hablar todos al mismo tiempo pasándose los platos de comida. Se ríen muchísimo y a veces también se enojan. La tele está prendida, aunque nadie le presta atención y, después de cenar, siempre comen postre. Todos los jueves comen cosas diferentes y no sé si algún día pondrán una fuente gigante con muchos pescaditos acostados en un colchón de papas y cebollas. No creo, porque tendrían que llevarse todos los pescados del puerto y los demás no tendríamos para nosotros. En la punta de la mesa, se sienta el papá de los González. Parece que ahora es mucho más feliz, aunque corra el riesgo de que le pasen cosas, sólo por ser un González.

Cuando juntan la mesa y se van a acostar, me vuelvo caminando a mi casa. Mamá y la abuela ni se dan cuenta, porque siguen roncando. Me tapo bien y cierro los ojos. Me acuerdo de las risas y los gritos de la casa de los González, pienso en las luces y en el papá sentado en la punta. Mientras me quedo dormida, me imagino qué pasaría si volviera a buscarme y me llevara con él para convertirme yo también en una González.

Para agendar

Presentación de “Pienso que podríamos haberlo evitado”, de Marian Calavera López

Fecha: martes 11 de noviembre.

Hora: a las 20.

Lugar: en la Biblioteca + Mediateca Pública Municipal Manuel Belgrano (Antonio Tomba 54, Godoy Cruz).

Entrada libre y gratuita. Venta del libro en la presentación o en Instagram: @mar.calveralopez